Los Mau-Mau, por José
Enrique García Pascua
Allá por los años cincuenta
éramos unos niños que veíamos cine, mucho cine, en aquellas salas de reestreno
en las que nos aficionamos al llamado séptimo arte.
Guardo en la memoria que
una de las películas que se proyectaban entonces, tolerada para todos los
públicos, se titulaba Simba, la lucha
contra el Mau-Mau, que nos contaba tremebundas historias acerca de esos
señores, los Mau-Mau, y que hasta el otro día constituyó mi única fuente de
información sobre lo que ahora me entero de que era un movimiento de liberación
que buscaba la independencia de Kenia, en esos momentos una colonia británica.
La imagen del Mau-Mau que
me ha acompañado tanto tiempo retrataba a unos desalmados negros empeñados en
degollar pacíficos blancos y que se juramentaban en una ceremonia satánica en
la que ingerían trozos de carne humana cruda, ceremonia que era presentada con
delectación en el filme y que, desde luego, es la secuencia que recuerdo con
más nitidez.
Sesenta años después, me entero
por la prensa (véase El País del 6 de
junio de2013)
que –tal como reza el título del artículo de referencia– «Londres
“lamenta” las torturas a los Mau-Mau durante la independencia de Kenia», o sea
que, frente a lo que yo venía creyendo por obra de la propaganda
cinematográfica, eran más bien los administradores británicos los que se
dedicaban a cometer todo tipo de sevicias con los que antes se nos presentaban
como peor que animales, pero que hoy se consideran mártires por la libertad de
su patria y que el gobierno británico está dispuesto a indemnizar con veinte
millones de libras a los supervivientes de aquellas torturas y matanzas
perpetradas por los soldados de Su Majestad.
Una descripción de las
prácticas a que los civilizados europeos sometieron a los negros de Kenia
(fuesen o no miembros del Mau-Mau) se recogen en otro artículo, «Justicia para
los Mau-Mau», publicado en El País del
14 de octubre del 2012.
Aquí podemos enterarnos de que dichas prácticas incluían
internamientos extrajudiciales en campos de concentración, castraciones de los
hombres a base de tenazas y violaciones de las mujeres por medio de botellas de
agua hirviendo introducidas en sus vaginas.
En un acto de perfecta
hipocresía, la típica hipocresía con que habitualmente nos manejamos en las
naciones de Europa occidental, el ministro inglés de Asuntos Exteriores, William
Hague, ha lamentado ante la Cámara de los Comunes las torturas sufridas por los
Mau-Mau, en un intento, es de suponer, de distanciarse de lo que hicieron en
Kenia sus padres, como si el asunto no le incumbiera, como si todavía no
estuvieran dispuestos los aliados de la OTAN a bombardear poblaciones civiles
para salvaguardar el suministro de petróleo, aunque, de una forma igualmente
hipócrita, aduciendo que lo hacen para proteger los derechos humanos de esas
mismas poblaciones bombardeadas.
Angela Merkel ha desatado
la polémica (véase «Merkel desata la polémica al visitar Dachau en plena
campaña electoral», El País, 20 de
agosto de 2013)
por ser el primer canciller alemán que ha depositado una corona de
flores en desagravio de las víctimas de un campo de exterminio de judíos. Los
alemanes continúan debatiendo entre ellos cómo asumir el pasado reciente,
quiero decir, la interpretación de su pasado que les impusieron los vencedores
de la Segunda Guerra Mundial, mientras que los franceses no tienen ningún
empacho en rendir periódicos homenajes al Soldado Desconocido bajo el Arco del
Triunfo de París, erigido a la mayor gloria de ese lamentable emperador
Napoleón, famoso entre los peninsulares por los fusilamientos de patriotas y la
quema de pueblos sospechosos de haber ayudado a las partidas, y que no dudó en
ametrallar a los propios ciudadanos franceses cuando, bajo el Directorio,
protestaban por el hambre y la miseria.
Este mismo mes, el seis y
el nueve de agosto, los japoneses han vuelto a llorar por los centenares de
miles de muertos causados por las bombas atómicas caídas sobre Hiroshima y
Nagasaki sin que tampoco en esta ocasión ningún representante del gobierno
estadounidense haya pedido disculpas por la hecatombe. Los japoneses, en
cambio, se vieron constreñidos hace unos pocos años a pedir perdón por su
política expansionista en Asia antes y durante la Segunda Guerra Mundial (véase
«Japón pide perdón a Asia por el “sufrimiento” causado durante la II Guerra
Mundial», El País, 15 de agosto de
2010).
La historia y el juicio
moral son instrumentados por los gobernantes para justificar del modo más
conveniente sus actos de poder. Nosotros somos simples ciudadanos que
difícilmente alcanzaremos posiciones de dominio social, ¿por qué, entonces,
suscitar discusiones entre nosotros acerca de si fueron dos mil o veinte mil
los presos que redimieron sus penas trabajando en la construcción del Valle de
los Caídos? La interpretación de la historia española sirve principalmente para
que unos u otros políticos profesionales enajenen las mentes de los votantes y
consigan, de este modo, que antes les voten a ellos que no a sus oponentes.
En Torrecaballeros, a
veinticuatro de agosto de 2013.