INDICE ANALÍTICO DE ARTÍCULOS

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15 de septiembre de 2017

EL DECRECIMIENTO, SEGÚN CARLOS TAIBO

... por José Enrique García Pascua.



Leo el libro titulado En defensa del decrecimiento (Ed. Los Libros de la Catarata, Madrid, tercera edición, de junio de 2010) de Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.
Dicho libro se articula en cuatro capítulos, I “Amenazas”, II “Decrecimiento”, III “Barbarie” y IV “Capitalismo”. Puesto que el capítulo segundo es el que atañe directamente al tema enunciado en el título del libro, lo dejaré para el final, y algo diré antes de los otros tres.

El capítulo primero enumera las cuatro amenazas que –de acuerdo con el autor– se ciñen sobre la sociedad actual, a saber, la globalización capitalista, el cambio climático, el agotamiento de los recursos no renovables, en especial los energéticos, que obtenemos de la naturaleza y la sobrepoblación. 

Para continuar leyendo trasládate a la sección nuestros libros donde encontrarás el análisis completo e interesantísimo que José Enrique hace del mismo.

11 de septiembre de 2017

ESPAÑA MI PATRIA

...por CESAR NOMBELA CANO. Catedrático e Investigador

El ex-alumno de la promoción de 1963, César Nombela Cano, ha escrito para el blog de nuestro compañero Rafael Dávila unas reflexiones que encontrareis en el enlace más abajo reflejado.
César Nombela

Las palabras que siguen son la introducción al citado escrito que Rafael Dávila, promoción de 1964, escribe como presentación del personaje.

Rafael Dávila

César Nombela Cano. Catedrático e investigador. Debería ser suficiente presentación. Definen la mayor aportación que el hombre puede hacer por sus semejantes. Indagar, enseñar, servir, ayudar. Ese es el catedrático don César Nombela. Humilde servidor de la humanidad. Excelencia en el servicio a la humanidad.
Presidente de la “Fundación Carmen y Severo Ochoa” por designación testamentaria del Nobel, trabajó con don Severo Ochoa en Estados Unidos y forma parte de la saga científica española (F1) de Severo Ochoa. Actualmente es Rector de la Universidad internacional Menéndez Pelayo.  Inabarcable biografía, que no pretendemos abordar en esta breve presentación. Solo agradecer que haya tenido la amabilidad de hablar de España en este humilde blog.
Las palabras que hoy nos deja don César Nombela exigen una profunda reflexión. En todos los ámbitos.
‹‹Yo confío en que nuestra patria, España, siga siendo un país libre en el que todos podamos aspirar a encontrar oportunidades, a educar mejor a las nuevas generaciones y a afrontar los retos del futuro››.
Indagar, enseñar, servir y ayudar. Es en definitiva un hombre sabio que es decir un hombre bueno.
¡Gracias César! Desde el recuerdo de aquellos años de infancia y juventud en nuestro querido Instituto Ramiro de Maeztu de donde salieron hombres como tú gracias a la libertad, honradez intelectual y el conocimiento de nuestros educadores.

ESPAÑA MI PATRIA

Nadie puede elegir dónde nacer, ni en el seno de qué familia y comunidad humana venir al mundo, ello es algo que nos viene dado. Por eso ....(pinchad en el siguiente enlace para continuar)

AFRODITA

...por ILDEFONSO ARENAS


La persecución duraba ya dos horas. Lo habían avistado desde muy lejos. Ape­nas un leve hilillo de humo que surgía más allá del horizonte, delator de motores diesel necesi­tados de un buen recorrido. El capitán Burnett no se lo pen­­só. Aque­llas aguas eran raras para las rutas comer­cia­les, y aún más si se tra­taba de mo­to­na­ves, pues en los primeros años cuarenta casi todo el tráfico del Ín­di­co se impul­saba por va­por. Nuevo rumbo, 1-8-0; má­­qui­nas, doscien­tas ochenta revoluciones, vein­tiocho nudos; cal­­­­deras, má­xima presión; to­rres A y X, mu­nición perforan­te; torres B e Y, granadas ex­plosivas con espoletas de retardo; a todos: preparados para zafarran­cho de combate.
A la media hora de persecución el guardiamarina Boots, nacido en Hobart vein­te años antes, ya veía con clari­­dad el buque sospechoso: una motona­ve ho­lan­­desa bastante grande. Alrededor de diez mil toneladas. No debía de ir a plena carga, por­que rolaba más de lo normal. Tam­bién po­­dría ser que tomaba la mar muy de ban­da y a excesiva velocidad. Diecisiete nudos, estimaba él desde su puesto en la aleta de babor del puen­te de combate, al cargo de los vigí­as. Él también hacía de vigía, con unos prismáti­­cos bastan­­te mejores que los de su gente y que, al no estar fi­jados a la plan­­cha, podía orientar a su an­­­tojo. Gra­cias a eso seguía, sin perder­se una letra, el exasperante diálogo de señales. Diez pies a su derecha, un señalero transmitía preguntas por semáforo. El aparente holandés no se de­mo­­­ra­ba demasi­ado en contestar, aunque siempre lo hacía por medio de ban­­deras. Si hay un código que aca­­be con cualquier pacien­cia, es ése. Lento, impreciso y capaz de dar lugar a irrepara­bles con­fusiones. Al tiem­po, las dis­­tan­cias caían y ca­ían. Podía oír a los telemetristas can­tarlas con monó­to­na desga­na: ca­torce mil yardas... trece mil no­ve­cientas... trece mil ocho­cien­­tas... cambia de rumbo, a babor, se aleja... También oía las órdenes del ca­pitán: rum­bo 1-6-5, vein­­­tinueve nudos, artillería secun­daria en zafarrancho de combate.
A ocho mil yardas varias cosas eran evidentes. La primera, que el capi­tán holandés ha­bla­ba un inglés horrible. Ni entendía de primeras las señales Scott ni sus respues­­tas por banderas solían tener nada que ver con las pre­gun­­tas. Sólo se le había entendido la iden­­ti­dad, Sträat Mala­­ka, navegando de Batavia a Lourenço Marques con carga general y algunos pasa­jeros. Era un dato consistente no sólo con lo que se sabía del tal Sträat Mala­ka, sino con la información compulsada por la Royal Australian Navy en su ba­se de Fremantle, con la que se mantenía un contacto radio un tanto errático, a causa de la distancia y, quizá, del gran calor que hacía en ese final de primavera en el Ín­dico australiano. El supuesto Sträat Mala­ka, al mismo tiempo y por la rad­io que no quería usar en el trato con ellos, transmi­tía sin cesar, en el lamentable inglés de su capitán, un men­saje de aler­ta, el de ser perseguido por un barco de gue­rra no iden­tificado, quizá un acorazado de bolsillo ale­­mán. Lo úl­timo ha­bía causado alguna son­risa en el puente. Muy burro había que ser para confun­dir un pocket battle­ship de quin­ce mil y pico toneladas con un crucero ligero de la cla­­se Leander, apenas siete mil, que otra cosa no era el HM­AS Sydney, pero ya se sabe có­mo son los holandeses. Ahora que lo pen­saba el guardiamarina, el ambiente del puen­te y de la cámara de mando, en el Sydney, no era tenso. Tras dos años sir­vien­do a bordo bien sabía dis­tinguir entre am­bien­tes de puen­te de combate. Allí, sin ir más lejos, ha­­bía vi­vi­do el due­­lo a cañonazos con el Bar­tollomeo Colleoni, frente al cabo Espada. Un crucero ligero italiano tan potente co­mo el Syd­ney, de igual tamaño, simi­lar arma­­men­to y un punto más veloz, pero sin suerte, o sin unos man­dos igual de com­­petentes. Un duelo que acabó con el otro yéndose a pique. Ahí sí hu­bo ten­­sión, como la hu­bo, en general, los mu­chos meses que pa­sa­ron en el Medi­terráneo, hasta que fueron relevados por el HMS Neptu­ne y envia­dos de regreso al Índico, a prote­ger unas aguas que por entonces hervían de corsarios ale­ma­­nes, disfrazados y sin disfrazar. De aquello habían pa­­sa­do varios me­ses. La ten­sión, gracias a los dioses, se ha­bía re­lajado de un modo sig­nificativo, por ya no ha­ber rastro de alemanes en el Índi­co. El HMS Dorsetshire, seis me­ses antes, ha­bía hundido al ca­ñón un corsario ca­mu­­­fla­do, se de­cía que el mí­tico Pinguin, y en cuanto al acora­zado de bolsillo Ad­mi­ral Sche­er, que duran­­te seis meses ha­bía sem­­bra­­do el pánico entre We­lling­ton y Mozambique, se le sa­bía de regreso en Go­ten­ha­­fen. Eran ya tres me­ses des­­de la úl­ti­ma vez que se perdiera un bar­co en la cercanía de Austra­­lia, y la sensa­ción de temor que siguió a la vo­­­la­du­ra de tres cargueros en las boca­nas de Auck­land, por cul­pa de los cien­tos de minas sembradas por el Black Rider, un corsario que real­mente se llamaba Orion aunque se tardó me­ses en saberlo, ha­cía mucho que se había des­­vane­ci­do. Ya no eran tiempos para salir a la mar en un mercante ar­ma­do, lo sabía él y lo sabían to­dos a bordo, pero aún que­da­ban mu­­chos avitualladores y forzado­res del blo­queo, car­­gue­ros aparentemente inofensivos que vagaban por los siete ma­­res pertrechando a los subma­­­rinos y a los corsarios, o llevando y trayendo mer­can­cí­as estra­té­gi­cas en­tre Bur­­deos y Yokoha­ma. El supues­to Str­ä­at Mala­ka, si de verdad fuera un avitua­llador, es­taba de­ma­sia­do lejos de los tea­tros de guerra submarina. Estaba, en realidad, muy lejos de cual­quier parte, porque las islas Abrol­hos, a trescientas mi­llas de Freman­tle, que­da­ban fue­­ra de todas las rutas ma­rí­ti­mas. Quizá fuera, como sos­pe­­­­chaba el capitán, uno de los aún nume­rosos y en ver­dad escurridizos forzado­res del blo­­queo, verdaderos fantas­­­mas de los mares, aun­que a él, guardiama­rina Boots, no se lo parecía. Si no por otra co­sa, por su ta­maño. Los forzado­res del bloqueo eran uniforme­men­te pe­queños, pues rara vez superaban las cinco mil tone­­ladas. También, por­­que no se sabía de tri­pulación femenina en los barcos ale­­manes, ni en los de guerra ni en los de car­ga, y él llevaba unos minutos pen­diente de dos mu­jeres que se tostaban en la cubierta del supuesto Sträat Malaka, junto a lo que parecían ser un bar y una piscina.
            -¿Alguna novedad, señor Boots?
            El segundo comandate. Parecía nervioso. Más que el capitán.
            -Mujeres, señor. Dos, quizá tres.
            -¿Prisioneras?
            -Puede, pero si lo son las tratan de maravilla. Junto a una piscina, en traje de baño, con un camare­ro negro atend­iéndolas en exclusiva, y en apariencia la mar de relajadas. A esta distancia no puedo decir más.
            -No las pierda de vista.
            Agradeció que se lo mandaran, porque le costaba tra­bajo fijar los prismáticos en cualquier otra par­te del bam­­­boleante mercantón. Las distancias seguían cayendo, has­ta más deprisa que antes. El Sträat Malaka, si era ése su nombre, reducía velocidad. Ahora daría catorce nudos. Se notaba en la onda de cabeza, claramente más baja. Rolaba me­nos, también. A cuatro mil yardas ya distinguía muchos detalles, en las cubiertas y en las superestructuras. Nada indicaba que no fuera lo que decía ser, aunque no era cosa de bajar la guardia. Los ale­ma­nes, bien amargamente se sa­bía, eran verdaderos maestros en el arte de disfrazar corsa­rios, de ha­cerlos pasar por ino­fen­sivos cargueros siendo au­­­ténticos barcos de guerra, cuando me­nos a efec­tos prácti­cos. Al menos tres cruceros auxiliares británicos habían si­do hun­didos o puestos fuera de combate por sus disfraza­dí­simos equivalentes ale­manes, y hasta el HMS Dorsetshire, un crucero pesado de diez mil toneladas, se había llevado un cañonazo en la sala de derrota, disparado por un cor­sa­rio que sólo en ese momento había renunciado a su dis­fraz. Si aquel mercante ho­lan­dés era en realidad un corsario ale­mán deberían condecorar al que lo disfrazó, se decía concen­­­trado en las mujeres. Demasiado lejos, todavía, para me­­­dirles las facciones, aunque las silue­tas ya eran claras, ya las podía definir, y a él no le importaría nada, pero que na­da de nada, ser puesto al mando del tro­zo de abor­da­je que lo inspeccionaría, con el co­me­tido prioritario de revisar, bien a fondo, aque­llas dos señori­tas. Empezaría por la del dos pie­­zas negro. Ru­bia, de coleta muy larga, diría él que bastan­te alta y con un ti­po de creer en Dios. De creer mucho, que a sus veinte años era un guardiamarina po­co ex­per­­to. No fue hasta Gibraltar, menos de un año antes, que fuera ordenado caballe­ro por una som­bría meretriz es­pa­ñola de muy poblado entrecejo, tan poblado como todo lo demás; una mercenaria del amor que operaba en una cha­bola del mísero San Roque, a doscientas yar­das del lími­te fron­te­ri­zo. Estaba pro­hibido dejar suelo británico y en­trar en la hos­­til Es­pa­ña, pero las au­­to­ri­da­des eran compre­nsivas, siquie­ra con San Ro­que, al menos cuando se juntaban en el ante­­­puerto el por­taaviones HMS Ark Royal, el crucero de ba­talla HMS Re­nown, seis cruceros ligeros y una do­ce­­­na lar­­ga de destruc­­tores. Dado que Gibraltar era muy pequeño no había pu­tas para to­dos, y como los carabineros españoles parecían mirar hacia otra parte, do­cenas y d­o­ce­nas de marineros camuflados de civiles cruzaban la verja na­­­da más tocar silen­cio, dispuestos a dejarse muy bue­nas li­bras esterlinas en las nada resplandecien­tes ca­sas de leno­­­ci­­­nio de San Roque, La Línea y Los Barrios. Más allá, ojo. Salir a pecar contra la carne a distancia de ir a pie, bue­no, pero de subirse a un autobús, o a un taxi, para bus­car algo me­jor en Alge­ciras, ni ha­­­blar. Eso ya sería deserción, y con suerte, porque igual te pescaban los agentes ale­­ma­nes, que Al­geciras hervía de los tales, y nunca más se sabría de ti. Menos arriesgadas eran Malta, Alexandria y Port Said, pero él no tuvo suerte. Los pocas horas que pasa­ron en la pro­metedora Malta, en el atra­ca­dero de Parlatorio Wahrf, lo hi­cie­ron en zafarrancho de combate, sumándose a la defensa antiaérea, y era que aquel día toca­ba recibir lo peor y más insistente del pesadísimo Flieger­korps X. Alexandria, ya de regreso al Índico, en cierto modo fue peor. A la Luft­waffe de Creta le pillaba demasiado lejos, pero la pla­za esta­ba en alerta sanitaria por una invasión de ladillas gi­gan­tes, o eso se murmuraba, de mo­do que, con buen juicio, el capitán prohibió dejar el barco. Temía, y con razón, hacer frente a una travesía de muchos miles de millas con una tripula­ción incapaz de mucho más que rascarse sus par­­tes puden­­das con frenética desesperación. En Port Said, ya fuera de peligro y relamiéndose con lo que contaban de los fantás­t­icos burdeles egipcios los su­b­oficiales más antiguos, pues casi todos ellos ha­­bían ser­vi­do antes de la guerra en la British Mediterra­nean Fleet, agarró una gastroenteritis que le tuvo tres días en la en­fer­me­ría de la nave, soltando las­tre por ambos extremos y tan de­bilitado que apenas po­día le­­vantarse. Como para ir­se de juerga, explicaba, cabizbajo, al comprensivo capellán.
            Un buen día llegaron a Fremantle, la que sería su ba­se por tiempo indefinido. Él no había estado allí. En rea­li­dad, de su país apenas conocía su isla -Tasmania-, Sydney, donde les habían entregado su bandera de batalla, el horrendo ar­senal de Wi­­­lliams­town y la cerca­na Melbourne. Pensaba de Fremantle que sería una ciudad decorosa, con buen am­biente para jóve­nes y apuestos oficiales en edad de merecer, aunque pronto supo que de tan conserva­do­ra co­mo era no había ni burdeles. Una excelente ciudad, pronto lo dedujo, para morirse de asco; si no tanto, para no salir del barco, ya que sus escasas y disputadísimas beldades no pa­recían in­te­re­sa­das en cometer ninguna clase de pe­cado, y menos con los hombres de la flota, pe­ro sí lo esta­ban, co­mo las de todas partes, en pescar un guardiamarina de pro­ve­cho. Unas cosas con otras, llevaba un año de ayu­no y abs­tinencia, toda­vía más cruel y doloroso al evocar las os­curas habilidades de aquella espa­ñola menuda y silen­ciosa, la cual, lo reconocía con ecuanimidad, le había da­do más, mucho más, de lo que cabría esperar a cambio de dos tristes guineas. Unas habilidades que di­fícilmente fi­gurarían en el catálogo amoroso de la exquisita rubia del Sträat Mala­ka, por entonces a mil quinientas yardas y que gracias a sus excelentes prismáti­cos japoneses, comprados en Singapur, veía como si estuviera paseando no junto a la pequeña piscina del Sträat Mala­ka, sino por el caparacho de la torre B. Qué preciosidad, se repetía. Qué faccio­nes tan di­vinas, qué cuerpo tan escultural. Qué tetas, qué culo, se ad­miraba para sí, consciente de que un oficial de la Royal Australian Navy jamás debería servirse de térmi­nos tan gro­seros para definir las características fisionómicas de una seño­ra. Señorita, me­jor. No tendría ni su edad. Dieciocho, todo lo más. Una verdadera mara­villa de mujer, lángui­da cuan­do se ten­­día en la tumbona, fascinante cuando se levan­taba rum­bo al bar, ele­gan­te cuando pedía desde ahí no veía qué, aun­­que a juzgar por el botellero debía de ser cham­pag­ne fran­­cés, deslumbrante cuando se alejaba contoneándose pa­­­ra buscar una revista, seductora cuando regresaba dándose aire con ella, co­mo si fuera un abanico...
            Así debía de ser Afrodita. No Venus, que los romanos, italianos a fin de cuentas, le caían fa­tal. Afrodita, sí, que los griegos eran aliados y les había vis­to subir a bordo el día que amarraron en la bahía de Suda, destrozados tras vérselas un mes con los terribles paracaidistas alema­nes, pe­ro aún así or­gullosos, indómitos, magníficos. Tan magníficos como aque­lla irreal Afrodita, tan rubia como la que pintara Botticelli, esa del cuadro reproducido en una vieja re­vista con la que, a falta de mejor inspiración, más de un ali­vio se había perpetrado en la intimidad de algún retrete.
            Difícilmente la vería otra vez, cuando acabara la ins­­­pección y el Sydney regresase al rumbo primitivo, aunque le resultaba difícil sustraerse al ensueño de atra­­car en Fremantle, ver llegar al Sträat Malaka de arri­ba­da forzosa, y llegar caminando a su costado en su in­ma­culado uniforme blan­co, subir por la escala, preguntar por ella, que sería la hi­ja del capitán... no, qué diablos, puestos a soñar hagámoslo a lo grande; sería la única heredera de algún imperio del caucho, que los holandeses tienen mu­chos, y allí comen­­zaría, bajo la cálida sonrisa de los dioses, un idilio arrebatado que a su debido tiem­po culminaría en braguetazo colosal.
            Mil yardas. El capitán Burnett se manifestaba realmente irritado con su contraparte del Sträat Ma­laka, se decía escuchando sus maldiciones aunque sin perder de vista el rostro de Afro­di­­ta, que acompañada de la otra, la cual tampoco estaba mal, les miraba desde su cubierta, sonrientes y saludándoles con la mano. Hasta besos, les tiraban.
            -Señalero, transmita una vez más: Díganos Su Identificativo Secreto. Señor Henderson, listos para disparar un cañonazo de advertencia, cien yar­das por su proa.
            Muy burro debía de ser el capitán holandés, viendo al Sydney en rum­bo paralelo, a menos de mil yar­das, las cuatro torres orientadas hacia él en claro display amenazador. Cualquier otro se habría parado, pero aquel no sólo no lo hacía, sino que no dejaba de trans­mitir señales de alar­ma, sin contestar ninguna de las que se le hacían. Parecía convencido, el muy animal, de vér­selas con un panzerschiff, cuando le bastaría un vistazo al último Jane's Fighting Ships para identificar lo que tenía por el través. Ahí bajó los prismá­ticos, sorprendido por el grite­río de la tripulación. Numerosos marineros armados de catalejo, que ha­bían aban­­­­­do­na­­do sus puestos, au­llaban y brincaban muy por fue­ra de toda compostura. Per­plejo, vol­vió la mirada al Strä­at Malaka, y comprendió. Las mujeres, evi­den­te­men­te diver­ti­das con tan marcial entusiasmo, bailaban para ellos. La morena, en su ceñido traje de baño. La ru­bia, su Afrodita, les miraba en escorzo, en un gesto que no podía ser más pícaro, las manos a la es­palda y, no podía ser más extraordinario, haciendo como si fuese a desabrochar su bustier...
            Pedazo de zorra, se susurró con incomprensible pesar, pero ahí la oscuridad eterna se hizo con él y con unos cuan­tos más. Concentrado como estaba en Afrodita no se había dado cuenta de que algunos paneles, o falsas amuradas, se deslizaban imperceptiblemente a lo largo del casco y las superestructuras del Sträat Malaka, lo justo para dejar asomar una docena larga de bocas de fuego. No llegó ni a ver el fogonazo del disparo que le ma­tó. Su cabeza se había interpues­to en la trayectoria de una granada panzerspreng, con fatales resultados. La granada prosiguió su camino, im­­pertérrita, para explotar un metro más allá, en la cabina de radio. El Sträat Malaka ya no existía. En su lugar, el Hilfs­kreuzer Kormoran, de la Deutsche Kriegsmarine, disparaba con­tra el HMAS Sydney con todo lo que tenía, de su­perfi­cie y submarino. A esa distancia no podía fallar, y no fallaba. So­bre el sor­pren­dido crucero australiano se abatía una tor­menta de fuego, de todos los ca­libres. El menor de todos ellos era 7,92 milímetros, el que disparaban dos docenas de ame­tralladoras MG-34, aunque no por ser el más liviano era menos letal. Una de dichas ametralladoras, que había surgido de la nada en la cubierta de la piscina, la manejaba un cabo de prime­ra clase con ayuda de un marinero raso, hasta un minuto an­tes bella rubia que se quita lo de arriba y compañera morena pre­pa­rán­do­se para lo mis­mo. Ahora, las pe­lucas en el suelo, el cabo aún en bra­gas y su ayudante cargador en atavío similar, disparaban con exquisita precisión contra to­do lo que pu­­­diera flotar en la ban­da de babor del in­­cen­dia­do Sydney. Botes, salvavidas, lanchas neumáticas, planchas de madera, cualquier cosa que pudiera sopor­tar el peso de un marino australiano puesto en­cima. La razón era clara: que na­die pudiera explicar cómo era el Kormoran, cuál era su silueta, qué había hecho, qué había dicho, en aquellas largas ho­ras de persecución. Había unos cuantos hilfskreuzer como el Kormoran repar­tidos por los mares, dos docenas de avitualladores y otras tantas de forza­­dores del bloqueo. La mejor ar­ma de todos ellos, si no la única, era el disfraz, y cuanto menos supiera el enemigo de su esen­cia, de sus ma­niobras y de sus ardides, mayores serían sus espe­ranzas de supervi­viencia. Si algo tenían claro los cor­sa­rios disfrazados ale­ma­nes era que, por penoso que resultase, jamás de­bían dejar enemigos a flote.
            El Sydney también disparaba. Por poco tiempo, pues el vendaval de fuego no tardó en de­jarle mudo, aunque para entonces había colocado en el Kormoran cuatro granadas explosivas. Tres no hicieron daño, pero la cuarta incendió los depósitos de combutible de los motores auxilia­res. Un incendio imposible de dominar, aunque al menos se dejaba ralentizar. El marine­ro ayudante se incorporó a los que luchaban contra él, pero el cabo de primera clase siguió dis­pa­rando. De cerca y al natural tenía poco de femenino, pero había cometido la insensatez de disfrazarse de walkyria en la fiesta que todo barco de guerra organiza cuando cruza el ecuador. El atento coman­dante, que se desvivía por la se­guridad de su bu­que, andaba dando vueltas a la forma de mejorar el disfraz. Sabía que nada contribuye más a des­­pis­tar que la pre­sencia de mujeres guapas semidesnudas, sobre todo si se las ve de cerca, y los aviones de re­­co­no­ci­mien­to enemigos so­lían bajar hasta casi tocar los topes de los mástiles. El ani­ña­­do cabo disfrazado de walkyria le dio la idea. De­bi­da­men­te per­­filado, y con un ata­vío mejor hecho, podía dar el pe­go a la dis­tancia de diez metros. Ahí sur­gió el problema: no se de­jaba convencer. Te­mía, y era de com­prender, el in­mi­sericorde cachondeo de sus compañe­ros de sollado. Tu­vo que in­tervenir en persona, y compen­sarle con la prome­sa de un as­censo a la primera oportu­nidad. Des­de ahí todo fue fácil. Siem­pre afeitado, depilado y con las uñas exqui­si­ta­mente pintadas de rojo fue­go. Una peluca mejor hecha y di­versas ro­pas de mujer, sien­do la mejor un dos piezas ins­pi­rado en el que lucía Marika Rökk en Hallo, Janine!, la pelí­cu­la favori­ta de la tri­pu­la­ción. A primera prueba no le sentaba ni medio bien, pe­ro el hábil con­tra­maestre, responsable del dis­fraz del buque, lo perfec­cio­nó con ayuda de buenas canti­dades de goma espu­ma. En su versión final el avergonzado cabo lucía unos pechos de vikinga y un trase­ro por el que hasta el último miem­­bro de la tri­pulación habría mata­do, aun­que nadie se reía. Todos entendían que aquella humi­llan­­te facha era el re­galo que su compañero les hacía para pre­ser­var en lo posible la seguridad ge­neral. Nadie se inco­modó, pues, cuando se­manas después se le ascendió a ca­bo de primera clase y se le concedió la Eiserne Kreuz de se­gunda clase, que le im­­puso el propio Fregattenkapitän Detmers en la cu­bier­ta de popa, no por parecerse a la diosa Ger­mania, si­no por su sacrificio en mejorar la seguridad de la nave. Aún así ni dejó de ser soldado ni de sen­tirse un sol­dado. Cuando el contra­maestre rompió la ca­nas­­ta de la bande­ra de combate, y un segundo después resonara el estampido del primer ca­ño­­nazo, el cabo de primera clase, nacido en Dant­zig veinte años antes, dejó de sonreír, se des­­pren­­dió del bustier, corrió ha­cia la caja que oculta­ba su MG-34, la izó sin ayuda, la mon­tó en su asentamien­to, la cargó y abrió fuego contra los mismos marineros australianos que segundos an­tes aplau­­dían su in­sinuado striptease. Ni siquiera se dijo la vida es dura, camaradas, o la guerra es la guerra. Él era un cabo ametrallador, y ametrallaba. Sólo eso.
            El Sydney, incapaz de disparar, se cernía sobre el Kormoran, con eviden­te ánimo de pasar­lo por ojo, pero el Komandant Detmers dominaba su ofi­cio y no le costó esqui­varlo. Al ha­cer­lo puso la banda de estribor del Syd­ney al alcance de su artillería, y de nuevo los cañones de 152, 75, 37 y 20 milímetros volvieron a la carga. También las devastadoras MG-34, de modo que al cabo de unos minutos no quedaba en el Sydney nada que pudiera flotar. Le vieron alejarse, ardiendo en pompa y escorado a babor. Al cabo de media hora no era más que una nube de humo alzán­­do­se tras el horizonte, aun­que nadie le prestaba la menor atención, pues el Kormoran estaba en tran­ce de saltar por los aires y todo el mundo se afanaba en abandonarlo, del modo más ordenado, eso sí. El cabo de primera clase, ileso y con su ropa bajo el brazo, también.
            Al Sydney nadie le volvió a ver. Su tripulación, 645 hombres, se perdió en su totalidad. Los trescientos y pico supervivientes alemanes permanecieron cinco años en un campo de concen­­tración australiano, bastante menos confor­table que los rusos, según comentarían después, para lue­­go re­gre­­­sar a una Alemania muy distinta de la que habí­an dejado tras ellos a finales de 1940.
            En opinión de no pocos estudiosos de la guerra naval, el combate del 19 de noviem­bre de 1941, cerca de las isl­as Abrol­hos, a trescientas millas de Fremantle, fue el he­­cho más extraordinario de la segunda guerra mundial, cuando menos en la categoría de un barco de guerra contra otro barco de guerra, ya que uno de los dos no era, en sustancia, más que un humilde carguero, en absoluto cons­trui­do para soportar las exigencias de un duelo artille­ro contra un crucero regular, muy superior en ar­mamen­to, velocidad, estructura y blindaje. Un combate del que sólo se conoce un relato, el del lado alemán. Sigue sin saberse qué pu­do distraer, de un mo­do tan desastroso, la atención de los serviolas y vigías australianos, por asom­broso que re­sulte imaginar la gran cantidad de bocas de fuego que asomaban por el costado del sos­pechoso Sträat Ma­laka. Según el relato del co­man­dan­te alemán, no se percibió reac­­ción alguna en el cru­cero aus­tra­­lia­no hasta que las granadas alemanas comenzaron a devastar sus cubiertas. Un com­pleto misterio. Tres cuartos de siglo después, con muy pocos supervivientes aún vivos, es dudoso que se llegue a resolver, aunque quizá también suceda que la explicación es tan frívo­la, tan anticlimática, que se pre­fiere no hacerla pú­­blica. Después de todo, deter­mi­na­das ha­bi­lidades en ma­­teria de camuflaje militar, y sus efectos en una tropa muy hambrienta, sigue siendo material clasifica­do.


© Ildefonso Arenas

Agosto de 2015

5 de septiembre de 2017

EL NUEVO CURSO

...Por Manolo Rincón.


Ya arranca el nuevo curso y atrás van quedando playas y campos frecuentados este verano, para entrar en la cotidianeidad diaria otra vez.

Espero que de nuevo nos empecemos a ver en Aula 64, cuya primera reunión es ya en unos días y tendremos ocasión de saludarnos nuevamente y comentar el verano.

La muerte de Antonio Juez nos ha afectado a todos por lo inesperado de la misma y por haberle visto participando activamente en todos nuestros actos y eventos. Mis condolencias a viuda e hijos.

Este curso se cumple el centenario de la creación del I-E, antecesor de nuestro Instituto, e inspirador del mismo. Esperamos algún acto para celebrarlo.


El curso pasado se celebró una gran exposición sobre Cossio, en la cual había bastantes referencias al I-E y al Ramiro, aún cuando se centrase en El Greco.




En los actos mensuales de Aula 64 os iremos informando de todo lo que vaya aconteciendo, relativo al Instituto y a nuestras actividades.

Desearos que este nuevo curso os traiga felicidad y salud y que sigamos viéndonos como hasta ahora.

Un fuerte abrazo:

Manolo

UN ABRAZO TRANSOCEÁNICO

...por los del Ramiro

Hoy se ha celebrado la misa de funeral por el alma de nuestro querido amigo y compañero de aulas Antonio Juez Martín.
En Santa María de Caná hemos conocido a Itziar, su esposa, y a sus 5 hijos. Ya les han dado diez nietos...
Uno de sus hijos nos ha hecho aflorar la lagrimilla hablando del valor de su padre y la unión de la familia.
Los que allí acudimos, y ha habido quien ha venido desde otra Comunidad Autónoma, le hemos transmitido a la familia nuestras/vuestras condolencias, ya que muchos nos habeis escrito desde todas partes para que asi lo hiciéramos.
Pero ha habido una llamada muy especial que recoge el sentir de todos nosotros.
A las 18:45 de hoy mismo -la misa se celebraba a las 19:00 horas- he recibido una llamada de José Francisco Guijarro desde Tegucigalpa en la que me anunciaba que a las 11:00 -hora de Honduras- él se unía a todos nosotros celebrando una misa en memoria de Antonio a la misma hora en que nosotros estábamos en misa aqui en Madrid.
Y me ha pedido que transmita a familia, amigos y compañeros 


" UN ABRAZO TRANSOCEÁNICO"

Y aqui os dejamos una imagen que recoge a Antonio cuando todos éramos pequeños y sólo pensábamos en la vida y en querer ser mayores, y que también recuerda lo que es nuestro espíritu del Ramiro. 



1 de septiembre de 2017

LA SOCORRISTA

...por Kurt Schleicher


         Agosto de 2017
Carlos  se sentía algo acalorado, según colocaba su toalla en el césped del parque de la piscina; en pleno mes de agosto aquello parecía ser un mes de julio extremo.
Estaba listo para su cotidiana sesión de natación. Desde que se había jubilado, había decidido hacer algo por su salud, tan abandonada durante sus más de cuarenta años de actividad laboral, encebollado con el trabajo. Ahora era diferente, ya tenía tiempo para muchas cosas, tampoco todas las que querría hacer, pero se lo podía tomar con más calma. Así podía dedicarse más a sus aficiones, en especial la fotografía.
No podía quejarse, pues gozaba de buena salud; se había preocupado, sin embargo, cuando un buen día descubrió que padecía unas extrañas arritmias (le decían que era debido al estrés de su trabajo, pero él no se lo creía), por lo que el cardiólogo le recetó un medicamento para controlarlas.
Había acometido la nueva etapa de su vida con ganas; “mens sana in corpore sano”, que él traducía libremente como “mente sana en cascarón sano”. En consecuencia, natación y gimnasio, con buenos resultados. El medicamento para las arritmias le habían bajado sin embargo las pulsaciones, que a veces lo hacían tanto que llegaban a ser parecidas a las de los ciclistas o deportistas de élite; mejor, pues así tenía más margen disponible para realizar esfuerzos. “Efectos secundarios beneficiosos”, se dijo, pues el riesgo de pasar de cien era bastante remoto, por mucho que se machacase en la cinta del gimnasio.
Por las mañanas de los días laborables a primera hora no solía haber nadie en la piscina y podía nadar tranquilo su kilómetro a crowl, que se había puesto como objetivo cotidiano en el verano.
Según se ponía las gafas de nadar en un extremo de la piscina, observó que el socorrista ya no era el mismo de todos los días. Desde lejos no lo veía bien, pero parecía más delgado y moreno, si bien era cierto que con aquella camiseta holgada, pantalón corto hasta las rodillas, gorra y gafas de sol era irreconocible. Al llegar nadando a la otra orilla, se fijó mejor en el socorrista, que le miraba sonriente tras sus gafas de espejo. En la pechera de la camiseta se podían entrever unos “sospechosos” abultamientos; ¡era una chica!
—¡Hola! — saludó Carlos desde dentro del agua — No te he visto antes de hoy…
—Claro — respondió la muchacha, mostrando sus blancos dientes tras una amplia y franca sonrisa — vengo a hacer la sustitución del socorrista habitual, ya que yo estoy normalmente en otra piscina, por lo que aquí sólo vengo ocasionalmente…
“Qué pena”, pensó Carlos; no es lo mismo “un” que “una” socorrista, se dijo. “Encima parece guapa, por lo poco que puedo ver…”
—¿Te gusta eso de ser socorrista? — preguntó Carlos por decir algo.
La chica tuvo el detalle de quitarse las gafas para hablar con él, dejando ver unos ojos negros muy bonitos, que le miraban con simpatía.
—Hombre, pues sí, aunque estar aquí todo el día resulta al final muy aburrido, sin poder charlar con nadie; si acaso, me divierto con los niños, que suelen bajar más tarde…
Carlos se dijo que por él no iba a quedar, de forma que salió de la piscina, acercándose a ella; para nadar, ya tendría tiempo. Cuando se quiso dar cuenta, había pasado una hora de charla con aquella simpatiquísima criatura, que empezó a contarle su vida como si le conociera desde hacía años. Saltaban de un tema al siguiente con facilidad, y se lo estaba pasando de miedo. Ella le contó entre otras muchas cosas que estaba estudiando para ser enfermera. “Es encantadora”, se dijo Carlos, para sí.
Al darse cuenta que se estaba quemando la espalda al estar allí de pie, decidió interrumpir la charleta y dedicarse a sus nataciones, si bien cada vez que pasaba a su altura, ella, que no le perdía ojo sentada en su silla –para eso era socorrista- le regalaba con una de sus amplias sonrisas.

Pasaron varios días; cada vez que iba por la piscina  buscaba con la mirada a ver si estaba ella, pero no; el que estaba allí sentado era el socorrista “habitual”. Había que acercarse, pues el uniforme  era tan “unisex” que de lejos era difícil identificar si era el uno o la otra.
Por fin, al cabo de una semana, ¡bingo! Era ella. Estaban solos, pues hasta cerca del mediodía por allí no bajaba ni Dios. Estupendo; charla al canto, se dijo.
—¿Te importa que me bañe en la piscina? — preguntó ella muy en su papel de socorrista, pues se suponía que el uniforme debía de dejárselo puesto para identificarse como tal — Con este calor y aprovechando que no hay nadie, me doy un chapuzón; imagino que no tendrás inconveniente…
A Carlos le pareció estupendo, claro; así podría compaginar la natación, charlar allí mismo en el agua con aquella simpática muchacha y estar a la vez al fresco. Además, en caso de darle un vahido, estaría así “más cerca del/la socorrista” para sacarle de ahí, aunque eso era poco probable que fuera a pasar.
Carlos la observó con discreción según iba nadando. La socorrista dejó primero la gorra y las gafas en la silla y después se quitó el polo y el pantalón del uniforme, dirigiéndose con paso grácil a la ducha, embutida en el pequeño bikini que llevaba debajo.
Carlos tuvo que parar de nadar en seco, ya con la boca abierta de par en par, según la observaba en la ducha; ¡Qué bárbaro! ¡Vaya transformación! De ninfa a mariposa… La socorrista sin el uniforme ya no era socorrista; era una preciosa muchacha, alta, con tipazo de modelo, sin un gramo de grasa, todo en su sitio… ¡de cine! Carlos se había quedado absorto; además, era mucho más guapa así, sin la gorra y las gafas. “Es impactante”, se dijo. “¡Qué criatura!”
Ella ya había salido de la ducha y se había acercado andando por el borde de la piscina, tirándose al agua desde la orilla y apareciendo delante de él tras bucear unos cuantos metros, alisándose el pelo mojado en la cabeza y echándole una pícara sonrisa, pues tenía que haberse dado cuenta de la impresión que le había causado. Carlos decidió que para atenuar aquél efecto, sería mejor decir lo que sentía, siendo sincero.
—Me parece que deberías quitarte ese uniforme tan poco sexy con más frecuencia… Estás preciosa… — le salió a Carlos del alma.
—Y tú guapo, muchas gracias — le replicó ella con su risa cantarina, sin cortarse un pelo.
—¿Nunca se te ha hecho el ahogado algún señor para que le des un beso de reanimación? Con ese tipo que tienes, seguro que a más de uno se le habrá ocurrido… — continuó Carlos con la broma.
—No, no se me ha dado el caso — respondió ella, ya a carcajada limpia.
A partir de ahí, Carlos se quedó de nuevo sin natación, pero bien compensado por la agradable compañía, tan cercana. El tiempo fue pasando reclinados ambos en el borde de la piscina, disfrutando de la frescura del agua y dándole a la sinhueso sin parar. Era increíble cómo se desgranaban los temas de conversación con aquella personita, hilando unos con otros en simpática y agradable conversación. Uniendo a esto que a veces no podía evitar que su mirada la recorriese de arriba a abajo admirando su mojada y escurridiza contextura, a la charla le acompañaba un magnífico complemento visual.
—¿Estás contenta con tu trabajo? ¿Te pagan bien por ser socorrista? — preguntó Carlos, después de haber profundizado en los aspectos de la vida de cada uno en la larga conversación.
—Pues no me pagan mucho, pero al menos es trabajo; debo tener un sueldo para seguir estudiando, por mucho que mis padres me ayuden — contestó ella — Ahora he pensado en suplementarlo haciendo de modelo para una agencia. El problema es que me piden un “book” de ésos, yo nunca he posado y no tengo tampoco dinero para pagar a un fotógrafo profesional — respondió ella con gesto resignado.
Carlos pensó con rapidez; ¡él podría hacer algo!
—Se me ocurre una idea — dijo Carlos — No soy profesional ni un experto en retratos para un book, pero podríamos intentarlo. Otro día que vengas, me traigo la cámara y te hago aquí mismo una sesión de fotos. ¿Te atreves?
La socorrista se le quedó mirando con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad que lo puedes hacer? Sería estupendo… siempre que no haya nadie mirando, claro; si no, me daría mucha vergüenza siendo la socorrista de la piscina.
—Por supuesto… y yo no te cobraría nada, claro… — replicó Carlos con guasa.
Esta vez ella miró en su agenda de trabajo y le adelantó mirando el calendario cuál sería el próximo día que viniera y Carlos se lo apuntó para llevar su cámara de fotos.
El día resultó ser un domingo por la mañana. No había nadie en la piscina; la gente estaría de excursión de fin de semana.
—Bueno, ya te puedes ir quitando la ropa — dijo Carlos, con la sensación de que esa frase sonaba un poco “atrevida”.
Ella sonrió con timidez y empezó a hacerlo. Esta vez llevaba un bikini aún más pequeño, de fondo negro con algunas irisaciones de color. “Perfecto para las fotos”, se dijo Carlos.
“Ponte detrás del árbol, asoma la cara, sonríe, mira para arriba, ahora mójate en la piscina, apóyate en la orilla, no dejes de reír, saca tu lado pícaro, ponte así, de contraluz, ahora con el flotador…” Carlos la fue guiando empleando el teleobjetivo, ideal para primeros planos desde lejos y de cuerpo entero sin deformaciones.
Tras casi una hora de recorrer la piscina y buscar motivos nuevos para las fotos, Carlos ya se dio por satisfecho. Para no haber posado nunca, lo había hecho muy bien, sin dejar de sonreír y casi siempre de forma natural; seguro que las fotos habían salido buenas.
Carlos las preparó y se las envió; ella ya le respondió que le habían gustado. Ahora sólo faltaba la opinión de la agencia.
A finales de agosto, cuando volvió, era su último día de socorrista en la piscina haciendo de reemplazo del otro.
Cuando apareció Carlos, ella se le acercó corriendo, muy ilusionada y exultante.
—¡¡Me han aceptado el book!! No sabes lo agradecida que te estoy por haberlo hecho posible; me gustaría pagarte o compensarte de alguna forma por el estupendo trabajo que has hecho…
Carlos también estaba orgulloso por haber podido ayudarla; sólo por verla tan contenta y feliz, se sentía sobradamente pagado. Instintivamente, sin pensarlo, se le ocurrió una posible forma de “compensación” y contestar así a la pregunta que le había hecho.
—Pues como no sea que me des un beso, no se me ocurre nada mejor… — dijo él, con guasa.
La socorrista miró primero para un lado y después para el otro, cerciorándose de que no había nadie cerca de allí; entonces, ni corta ni perezosa, se le acercó y le plantó un jugoso beso en plena boca.
A Carlos, poco acostumbrado ya a estas efusiones y menos por parte de una criatura tan bonita como aquella, le sobrevino una arritmia de aúpa, sintiendo que le atravesaba el corazón algo así como una corriente eléctrica. “Será el flechazo”, se dijo.
—¿Te vale así como compensación o necesitas más? — dijo ella, separándose de él con sonrisa picarona.
—Uufff, que uno ya no está para estos trotes — dijo Carlos, impresionado y sonriente — Desde luego, me has dejado bien pagado, con propina y todo. Uno no es de piedra…
La socorrista se había quedado enfrente de él, partiéndose de risa con la salida de Carlos.
Después de aquél día, ya no vino más por la piscina, pues se habían terminado sus pocos turnos.
Carlos alguna vez recordaba aquél efusivo beso y las agradables charlas entre natación y natación con “su” socorrista, pero con el tiempo se le fue difuminando en la memoria. Sin embargo, la sensación aquélla se le quedó muy grabada.

         Agosto de 2022
Carlos, con cinco años más, seguía en buena forma entre el gimnasio y la natación. Durante los veranos como aquél siguió yendo a la misma piscina para hacer sus largos; de vez en cuando recordaba a su amiga la socorrista, pero ya no volvió a verla. Cada comienzo de temporada se decía que quizás apareciera ella, pero no fue así.
Paseando un día por la calle, se sintió con mucho sueño y muy débil;  tuvo que sentarse en un banco a descansar y tratar de reponerse. Se preocupó, pues recordaba vagamente que la noche anterior no estaba muy seguro de si había tomado una o dos píldoras para corregir su arritmia; seguramente había duplicado la dosis por despiste. La sensación de sueño no se le quitaba de encima y poco a poco fue aún a más, tanto, que al final no pudo evitar quedarse dormido sentado en el propio banco.
Se “medio-despertó” de golpe, al cabo de un tiempo que para él ni había existido, dándose cuenta de que estaba tumbado boca arriba en una camilla, rodeado de cables y enchufado a algo que tenía una pantalla. Lo veía todo difuso;  seguía sintiéndose muy débil y con ganas de abandonarse al sueño y perder de nuevo la consciencia. Aquello debía ser un hospital.
Entre brumas, podía oír unas voces que debían de corresponder, por lo que hablaban, a un médico y a una enfermera; no era capaz de fijar la mirada, viendo sólo bultos difuminados.
—Ha entrado aquí con unas pulsaciones bajísimas, no más de veinte por minuto, doctor — decía una voz femenina proveniente de un contorno blanco, por lo que debía ser la enfermera — Parece ser una bradicardia muy severa; se le podría hasta parar el corazón en cualquier momento a este ritmo. Habrá que hacer algo…
—La verdad es que es un caso raro y extremo — respondió el que a todas luces era el médico — El problema con este señor, que ya no es un deportista joven, es que podría ser grave si las pulsaciones siguieran bajando, pues no se le oxigenará el cerebro debidamente; eso pudiera llevar a consecuencias graves o incluso mortales, aunque lo normal es que una bradicardia no desembocase en eso…
—Yo ya he pedido que traigan una inyección de adrenalina, por si acaso; ¿qué le parece doctor?
—Bien, pero con reservas. En este caso y con antecedentes de arritmias como indica su ficha, no conviene abusar de la adrenalina; habría riesgo de un repentino subidón incontrolable. En el peor de los casos y si se parase el corazón, siempre cabría el último recurso de inyectar en él directamente la adrelanina, pero antes de eso habría que pensar en algo alternativo y menos peligroso — opinó preocupado el que debía ser el médico.
Carlos seguía aquella conversación como si tuviera lugar muy lejos y con la sensación de que se estaba alejando cada vez más de ella. Le parecía haber entrado en una especie de túnel en el que se vislumbraba una luz al fondo, hacia la que sentía una enorme atracción y avanzaba hacia ella. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no perder la consciencia del todo. ¿Sería ése el túnel que entreveían los moribundos?
De repente, la voz femenina subió de tono, exaltada.
—¡Mire, doctor! ¡Fíjese en la pantalla! ¡Siguen bajando las pulsaciones, ya están a menos de diez! Como esto siga así, se nos queda tieso aquí mismo… ¡A ver si viene ya la enfermera con la dichosa inyección! Me estoy poniendo muy nerviosa…
—Ya viene la enfermera…  ¡menos mal!  — oyó que decía la voz del médico en la lejanía.
Carlos escuchaba todo aquello como si estuviera pasando a mil kilómetros de allí. Ya no oía nada; ¿Le habrían puesto la inyección? ¿Estaría todavía vivo?, se preguntaba entre las brumas de su consciencia, cada vez más apagada. La luz del fondo del túnel estaba ya más cerca y sentía que era agradable acercarse a ella, de forma que, ¿para qué luchar y oponerse? Mejor sería dejarse llevar…
De repente, en su boca sintió una sensación lejanamente familiar; ¡aquello parecía ser un beso! Pero era un beso suave, cálido y a la vez intenso, impeliendo aliento dentro de su boca y notando la suave presión de unos labios, al tiempo que vibraban y le masajeaban los suyos propios, como un aleteo etéreo acompañado de un reconfortante cosquilleo. Al mismo tiempo, sentía un peso muy agradable y blando sobre su pecho estando tumbado allí, en la camilla.
Aquél beso le provocó la sensación de una corriente eléctrica que le resultaba vagamente conocida, como si se le partiera el corazón. “Debe de ser otra vez un flechazo”, se dijo en medio de la niebla que envolvía a su consciencia.
Por fin, notó que su “joven” corazón se aceleraba, gracias a aquella corriente eléctrica o lo que fuese que había sentido, impulsando de nuevo el ansiado oxígeno a su cerebro. La sensación de avanzar por el túnel había desaparecido, siendo reemplazada por otra de retroceso, con mayor velocidad que antes. Al mismo tiempo fue también saliendo de entre las brumas de su consciencia y recobrando poco a poco la visión.
Notó cómo aquella agradable y misteriosa boca se separaba con suavidad de la suya; una imagen empezó lentamente a tomar forma ante sus ojos al separarse ambos rostros y entrar en su campo de visión. Empezó por distinguir una sonrisa que le era familiar y después unos ojos negros que le miraban alegres, con expresión de satisfacción al haber sido capaz de lograr que reaccionase tan bien.
Era una enfermera, la que había traído la inyección. Había sabido muy bien qué hacer en su caso, decidiendo con rapidez volverle a la vida sin más inyecciones ni historias que con aquél maravilloso beso. Entonces la reconoció.
Era su socorrista.

                                        KS, agosto de 2017

29 de agosto de 2017

MAS RECUERDOS DE ANTONIO JUEZ

...por Los del Ramiro

Hemos recibido esta esquela remitida por la familia de Antonio y la alegre inclusión de sus imágenes junto a la esquela nos induce a publicar algunas otras de los últimos tiempos en su honra y memoria.



En estas dos que siguen lo vemos junto a otros compañeros y sus esposas en una cena en la que se reunieron en La Manga del Mar Menor, donde todos veraneaban. Son, además de Antonio e Itziar, Pepe Blanco, Paco Menchén, Emilio Sánchez Direitinho y Troyano Fernández Sánchez.





En la siguiente le encontramos, el primero por la derecha, en la visita que hicimos a Villaviciosa.




Y en esta más completa y amplia vemos también a nuestro querido Manolo López García, a quien también hemos perdido.



Y en la siguiente y más actual, de Marzo 2017, le vemos cuando nos acompañó en Aula 64, actividad en la que Kurt nos habló de la aviación comercial. Le vemos al fondo junto a Troyano, Enrique Pardo y José Manuel Bretón.  





CURRO

...por Rafael Rebollo López

Va cundiendo el ejemplo de Kurt, y Rafael se ha animado a mandarnos este simpático relato corto con el que ganó un accésit en un concurso convocado por la  Asociación de Ingenieros Industriales de Madrid. 

Mi nombre es Curro, o eso creo entender entre sonrisas, carantoñas e indescifrables peroratas cuando los miembros de mi familia se acercan a saludarme. Aunque también puede ser que me llame Curronó, variante exclusivamente utilizada, bien es verdad, en las muy frecuentes ocasiones que, al parecer, me dispongo a contravenir alguna de las muchas y complicadas reglas que rigen nuestra vida cotidiana.
Con apenas doce meses, soy el más pequeño de la casa y, para mi frustración, el único incapaz de mantenerse erguido, circunstancia que, por otro lado, no me debería causar ninguna preocupación pues, a ras del suelo, me manejo con la soltura suficiente como para poder acceder sin dificultad a cualquier rincón. De hecho, me muevo con mucha más agilidad que mi abuelo quien, aun dándome la sensación de ser el de mayor edad, necesita de un bastón para caminar a duras penas; un artilugio éste que, dicho sea con cierta amargura, también utiliza asiduamente y una vez se ha cerciorado con aviesas miradas de que nadie lo observa, para apartarme con ligeros pero humillantes golpes a mi trasero si me aproximo a una distancia a la que estima que puedo perturbar su tranquilidad. Sin embargo y en su defensa, no tengo reparos en lamentar que a sus opiniones, fruto sin duda de la dilatada  experiencia acumulada en sus muchos años, no se les otorgue ninguna consideración. Que tampoco se les conceda a las mías me resulta, en cambio, mucho más razonable y lo asumo de buen grado, no ya por reconocer su muy limitado valor consecuencia de mis escasas vivencias sino, sobre todo y siendo sincero, por no haber desarrollado todavía la mínima destreza verbal para expresar mis pensamientos. Y también como a mi abuelo, el aburrimiento me invita a pasar gran parte del día dormitando; unas peculiaridades comunes que me sugieren la existencia, en el transcurso del ciclo vital, de un punto a partir del cual se inicia un proceso de regresión biológica que acaba devolviéndonos a nuestros orígenes. A este respecto, debo de confesar que, cuando estoy enfrascado en este tipo de cábalas, se apodera de mí una especie de placentero revanchismo al imaginarme al abuelo en breve a mi altura, precisado de sus cuatro extremidades para desplazarse. Pero, si pretendo hacerme una idea de qué le ocurriría en un futuro algo más lejano, mis sentimientos más nobles reaparecen y, sin saber muy bien el motivo, me embarga la tristeza y la melancolía.
De todas formas, la alegría y el optimismo que transmiten mis dos hermanos disipa el desánimo que a veces ronda por mi cabeza, aun admitiendo que alguno de sus entretenimientos no está exento de infantil malicia como cuando uno me pone en pie y el otro, un poco alejado, me anima a llegar hasta él, causándoles gran regocijo que, indefectiblemente, caiga al suelo sin haber esbozado un solo paso. Mas no siempre impera entre ellos la camaradería y, a ratos, su juego se transforma en pelea repartiéndose patadas y puñetazos con absoluta equidad y contundencia, a pesar de lo cual y para mi asombro, aplazan sus muestras de dolor hasta la llegada de nuestra madre, instante en el que, entre mutuas acusaciones, irrumpen en lamentos y sollozos.
En estas situaciones, los padres ejercen su autoridad al haberse atribuido las funciones del establecimiento de las directrices con las que nos hemos de conducir en nuestra convivencia, así como las de vigilancia de su cumplimiento e incluso las que les facultan para dictaminar sobre la adecuación de nuestros comportamientos; una acumulación de poder propensa, desde mi punto de vista, a arbitrariedades de las que un ejemplo muy característico lo proporciona el seguimiento de la norma relacionada con las comidas y en la que mis progenitores exhiben una amplia escala de flexibilidad que va desde la rigidez más absoluta hasta la relajación más flagrante, dependiendo del sujeto a quien se trate de controlar. De manera que, si a mí me suministran alimentos en unas monótonas e insípidas mezclas de ingredientes imposibles de identificar y en un horario estrictamente predeterminado fuera del cual no me consienten echarme a la boca ni una mísera migaja, para ellos mismos tal severidad se convierte en una desmedida tolerancia que les permite disponer de los más diversos y apetitosos manjares en cualquier momento del día o de la noche. No obstante y para ser justo, debo decir que mi padre ocasionalmente me hace partícipe de sus banquetes, siquiera en minúsculas porciones, en un gesto que interpreto de generosidad a pesar de que algo en mi interior me alerte de estar con ello contribuyendo a la institucionalización de un abuso; eso sí, curiosamente, siempre lo hace una vez ha escudriñado a su alrededor para asegurarse de que no existen testigos. Es, por cierto, muy extraño pero cuando pone esa expresión en su rostro mi primer impulso es huir y resguardarme al creer  estar delante del abuelo, tan idénticos los encuentro.
En cualquier caso, pasando por alto estas concesiones que mi propia flaqueza me empuja a aceptar, tan censurable me parece ese acaparamiento de competencias como contradictorio que sus máximos responsables desaparezcan del territorio de su jurisdicción durante la mayor parte de la jornada en una ceremonia mañanera llena de alboroto y excitación que únicamente por rutinaria ha dejado de sobresaltarme y que concluye forzando a mis hermanos a abandonar también el hogar apresuradamente, con grandes y pesadas mochilas a sus espaldas que doblan sus frágiles cinturas mientras ellos se reservan livianas carteras que portan bajo el brazo sin ningún esfuerzo. Y aunque no logre comprender los motivos de semejante acarreo, sí alcanzo a advertir la injusticia que supone que hayan de ser los más débiles quienes soporten la mayor parte de la carga colectiva.
Siendo difícil de sobrellevar el vacío que deja esta masiva huida familiar que a diario padecemos mi abuelo y yo, me produce en particular un gran dolor la prolongada ausencia de mi madre, más aún cuando, para suplir su falta, viene una señora cuya única misión, aparte la escenificación de este burdo reemplazo, se reduce a poner en funcionamiento metódica y progresivamente diversos aparatos de los cuales todavía no he logrado descubrir otra utilidad que no sea generar una gran variedad de fastidiosos ruidos. Por fortuna, existen algunos periodos de tregua correspondientes al tiempo, no despreciable, que la señora en cuestión dedica al televisor, hierático y misterioso individuo que extiende un hipnótico dominio sobre quien se coloca frente a él, si bien, por su aspecto externo, podría pasar por uno de los muchos elementos decorativos de la vivienda. Además, el permanecer impávido y silencioso hasta no ser requerido, le otorga un falso aire de sumisión y cercanía que encubre la verdadera dimensión de su perversa influencia, la cual se pone en evidencia por la insólita habilidad que posee para cambiar a voluntad su imagen y discurso adaptándolos a los gustos y afinidades de aquel a quien se dirige con el propósito de atraparlo en sus redes. Así, mientras mis hermanos ríen con él jubilosos, a la señora de los ruidos la conmueve provocándole el más desconsolado llanto. En un término intermedio en el rango emocional se sitúan las reacciones del abuelo y la mía que, como era de esperar y confirmando mis teorías, son coincidentes: a ambos, lisa y llanamente, nos arrulla. Por el contrario, la respuesta de mi padre es más compleja y alterna los comentarios críticos y hasta agresivos hacia el intruso con otros de vehemente aprobación y sometimiento durante los cuales, agitado, emite incoherentes exclamaciones, pudiendo llegar al paroxismo cuando se postra ante él y, alzando los brazos, lo aclama enfervorizado gritando ¡goooool!; un comportamiento tan inapropiado para un adulto que me hace dudar si no estará ya, como el abuelo, inmerso en su fase regresiva. En cambio, con una mucho más serena y analítica actitud, mi madre capta enseguida las ocultas intenciones del pérfido embaucador respondiendo a sus mensajes con un escepticismo que la lleva a desviar el interés hacia otras actividades, cuando no a exteriorizar directamente su rechazo con un simple pero enérgico gesto mediante el cual lo obliga a callar.
Yo tengo una especial predilección por ella, no a causa de su preclara inteligencia sino por la amorosa delicadeza que irradia. La dulzura de sus caricias me calma cuando estoy intranquilo y me protege si me siento indefenso y sus tiernas palabras, aunque no las entienda, me devuelven la seguridad cuando tengo miedo y me confortan si estoy triste. Por eso, su proximidad y cobijo me son imprescindibles y lo seguirán siendo siempre ya que estoy convencido de que mis preocupaciones de ahora no representan sino un benévolo remedo de los obstáculos que tendré que afrontar en un mundo en el que, me temo, los fuertes oprimen a los más indefensos y desprecian a los que no les son útiles; donde los conflictos se dirimen mediante el uso de la violencia; el engaño prevalece sobre la honestidad y las obligaciones atan más que los afectos. Pero, después de todo, siento un gran alivio al darme cuenta de que, en realidad, tan sólo soy un perro.