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14 de noviembre de 2018

GORDOS

  ...por Kurt Schleicher



Me he encontrado con una noticia que me ha hecho levantar una ceja, aunque he vuelto a bajarla porque ya han rectificado. De todas formas, merece la pena leerla:

https://interesactualidad.blogspot.com/2018/11/gordos.html

12 de noviembre de 2018

CINCO VISIONES DE NUESTROS EJÉRCITOS: DEL CID A LA CIBERSOLDADO

...por Nicolás Pérez-Serrano


NOTA:  -Por limitaciones de la herramienta en que se soporta el blog, las diferentes llamadas y referencias no se encuentran al pié de cada página, sino al final de todo el texto. Os pedimos disculpas por tal inconveniente-



Cinco visiones de nuestros Ejércitos: del Cid a la Cibersoldado.

Previo:          1. Agradecimientos.
                        2. Poliedro de la Defensa.

I.      Una necesidad de Estado: su conservación. La Defensa del Estado.
1.    El principio en sí.
2.    Siete premisas “convincentes”.

II.    Visiones y modelos de Ejércitos españoles.
1.    Primera Visión de Ejércitos españoles.
Uno.    Un Ejército medieval: el Cid Jefe del Ejército. Predominio de la ce (en la vida del personaje histórico y en el Cantar).
·       Primero: vocabulario.
·       Segundo: el uso de la letra ce.
Dos.     Una España godo/arábiga. El conde, el rey, el caudillo, el califa. (El “Señor” y el “Doctor” en Campo de Batalla).

2.    Segunda Visión de Ejércitos españoles.
Uno.     Un Ejército no ilustrado, sí noble. Clase dominante, pero no dirigente.
Dos.      Una España oficialmente ilustrada. Novatores, viajes al exterior e importaciones para dar “luz” a la Milicia.

3.    Tercera Visión de Ejércitos españoles.
Uno.    Un Ejército de potenciales proletarios (siglo XIX). Riego y una sublevación militar que se niega a ir a las Américas. Al tiempo, empiezan y proliferan los “pronunciamientos”.
Dos.     Una España convulsa en el interior, disruptiva en lo constitucional, colonial en lo exterior.
Tres.    No podemos olvidar la intervención de los ejércitos en las “guerras civiles” del XIX.

4.    Cuarta Visión de Ejércitos españoles.
Uno.   Los “golpes de Estado” de los ejércitos en el siglo XX.
Dos.    Cómo Washington entrega el mando al poder civil.

5.    Quinta Visión de Ejércitos españoles.
Uno.   Un Ejército con muchas cibersoldados.
Dos.     Cambios significativos en la España del siglo XXI: más presencia que nunca en el exterior de sus Fuerzas Armadas; funciones no directamente conectadas con la guerra dentro de su territorio (UME y Misiones ONU, etc.).
Tres.    Algunas -breves- reflexiones acerca de la Ciberdefensa.

III.  Unas conclusiones personales.

IV. Bibliografía.


Cinco visiones de nuestros Ejércitos: del Cid a la Cibersoldado. (También podría ser Del Cid “Jefe de Ejército”; -y sus siete ces, personales y del Cantar- a la Cibersoldado, que es otra ce).

Agradecimientos.

I.         En lo institucional
1º. A la Academia.
2º. A la Cátedra de Derecho Militar de la Complutense.
3º. Al Ministerio de Defensa. Pero con la advertencia de que las instituciones funcionan, y eficazmente, a través de personas.

II.      En lo personal a Luis Cazorla, a cuantos en estas instituciones han hecho posible este acto y la publicación de la Conferencia, a todos los que en las Cortes han permitido que sea Letrado de la Comisión de Defensa y a todos los que nos honran con su presencia.

Siento un cierto pudor ante personas ilustres, que mucho saben de esta materia. Pero he de cumplir un compromiso y trataré de hacerlo de la mejor forma posible.

·       Un previo: para empezar, no teman. No les voy a contar historias de la mili (que por cierto hice; fui C.A.O.C., caballero aspirante a oficial de complemento; de ello subrayo: dos ces; habrá más historias sobre esta letra); tras dos tórridos veranos en el Llano Amarillo -La Granja de San Ildefonso, Segovia, y durmiendo en tienda de indio, sin zócalo de ladrillos- hice mis prácticas como Alférez en el CIR núm. 1 de Colmenar Viejo)[1]. Antes, esa conversación, hablar de esas “batallitas”,  era frecuente; incluso se hacía recurrente en cuanto uno empezaba a cumplir los “tas” (treintas, cuarentas, etc.).

·       La “lógica” de las cosas llevaría a pensar que ustedes están convencidos de que si un Letrado de las Cortes como yo va a hablarles de “visiones” (así reza el título de la Conferencia) acerca de los Ejércitos españoles, es seguro que se va a ocupar de las maneras en que la Defensa aparece regulada por vía de derecho o por práctica en las Cámaras que componen las Cortes.

Pues no.

Esa tarea la dejamos para otro día, aunque sí les adelanto que ese campo da mucho de sí, sobre todo si el foco de atención se centra en las habilitaciones o autorizaciones parlamentarias a la presencia de Ejércitos españoles en el exterior, bien sea por mandato ONU, o por Tratado multilateral de organización de otras características como pueda ser NATO/OTAN, bien por mandato europeo, bien por obligaciones contraídas en Tratados simplemente bilaterales. En este ámbito concreto solo subrayaré que las fórmulas, hoy ya muy reguladas legalmente, pueden ser muy variadas (simple comunicación a las Cámaras; o bien, que es de mayor calado, autorización de éstas o de una de ellas) y que, según se trate, pueden intervenir o una Comisión (Defensa, en el Congreso, para todo lo que es seguimiento de una Misión ya autorizada) o bien el Pleno para cuantas aprobaciones iniciales se refieran a una Misión nueva. Es, pues, rica temática, y alguna capacidad de análisis tengo al respecto si se me concede desde la perspectiva de llevar cuarenta y cuatro años de servicio activo en las Cortes y no pocos de ellos como adscrito a la Comisión de Defensa. Sin embargo, me ha parecido que podría resultarles de mayor atractivo otra manera de acercarse a esas visiones que tengo de los Ejércitos en España.

·       Poliedro de lo militar o de la Defensa (influjo social/político/económico/urbanístico de la Defensa). Déjenme que apunte algunas ideas, cinco o seis en este inicio de aproximación a la cuestión:

   Todo un barrio, como en París. Aunque ¡ojo! Ya desde un comienzo conviene reparar en que las apariencias engañan: su conocido e inmenso Arco de la Defensa es el “Grand Arche de la Fraternité”. Para embrollar las cosas y dar a ustedes qué pensar: ¿qué ejército, durante la Revolución Francesa, defendió esa “fraternité”?

   Un diseño urbanístico, como Haussmann[2]. Antes de ese Segundo Imperio, Napoleón es el primer planificador al crear el plan estratégico de toda Francia.

   Poder/instituto que influye en la sociedad, que nacionaliza, unifica/uniformiza, solidariza, iguala, integra e incluso -según qué épocas- educa a generaciones de quintos.

   La evidencia de lo secreto (los “centros de inteligencia”, con luces y sombras), por muy contradictorias que parezca: la “inteligencia” forma parte sustantiva de los ejércitos; en parte son los “cuervólogos” o “cornejólogos” del Cantar de Mio Cid. Desde este comienzo ya les llamo la atención sobre la letra ce. Luego les expondré el porqué.

   Una manera de testar: Ejército. El capitán se convierte en notario/cónsul. Hay, así -lado quinto del poliedro- hasta una significación específica en el ámbito del Código Civil, el cual, en sus artículos 716 a 721, regula el Testamento militar (toda una Sección, la Séptima del Capítulo Primero -de los Testamentos- del Título II -de las Sucesiones- del Libro I -de las Personas-). Es un “Testamento especial” (son comunes el ológrafo, el abierto y el cerrado); los tres “especiales” son el militar, el marítimo y el hecho en país extranjero.

   Además, otra idea: ¿es la Defensa algo más que un mero servicio público? Parece que sí. Este enfoque, empero, tienen dos aspectos que me atrevo a pensar que son sugerentes. De una parte, y aunque repito que no soy especialista en la materia, no ha sido abordado en profundidad por los tratadistas, acaso por la dificultad -al tiempo, quizá, peligro- que ello entraña, pues al concebirlo como un plus respecto a la finalidad y prestaciones que se esperan de tal configuración más allá del servicio público, es complicado hallar ubicación institucional para la Defensa. Y, por otro lado, hay otra consideración procedente de la teoría francesa del servicio público; con arreglo a la cual -y no me cansaré de repetirlo, aunque sea una construcción de la que en España no se han hecho el pertinente eco nuestros tratadistas del sector- el fin último de esa prestación con cargo al Estado es la solidaridad, dado que solo a través de una activa participación del Estado por medio de esos servicios públicos halla contenido ese principio, tan revolucionario francés de la igualdad. En este ámbito de consideraciones previas ya han salido la fraternidad y la igualdad. Y pregunto ¿es que la libertad se muestra remisa ante la Defensa? Créanme si les digo que desde ésta es fácil dar la vuelta al planteamiento: como veremos en las últimas justificaciones del Ejército encontramos siempre la defensa de la libertad de los ciudadanos.


I.      Una necesidad de Estado: su conservación. La Defensa del Estado.

1.    El principio en sí.

El zoon politikon (ζον πoλιτικόν) de Aristóteles, ese animal social que es el hombre, en esa teoría del filósofo estagirita, igual que en la de los diferentes “pactistas” que explican con un Convenio el nacimiento de la comunidad política, ¿acuerda también atribuir la fuerza para la defensa a estamento, clase o grupo concreto?

Casi todas las fuentes nos dicen que sí[3]. Y de esta manera corren parejos también pueblo organizado y Estado dotado de un ejército que lo sostenga en aras de su conservación. Así pues, el derecho de conservación es el primer deber del Estado. Sobre ello, la fuerza, descansan la independencia y la tranquilidad de los países. Tal poder, siguiendo las metamorfosis producidas en la vida del mundo, ha sufrido desde antiguo alteraciones profundas en su constitución y modo de ser.

El siempre caústico y atractivo Voltaire sugiere algunas reflexiones al respecto. La primera es más bien de extrañeza ante ejemplos contrarios: “Merece llamar la atención que existieran y existan aún en el mundo sociedades sin ejércitos. Los brahmanes, que gobernaron durante mucho tiempo casi todo el gran Quersoneso de la India; los primitivos cuáqueros que gobernaban Pensilvania, algunas poblaciones de América y del centro de África; los samoyedos y los lapones no han formado jamás al frente de ninguna bandera para ir a pelear y a destruir los pueblos inmediatos”[4].

La segunda tiene que ver con otra relación que a lo largo de la historia se ha mostrado preocupante: “además de esos pueblos, en ningún otro los sacerdotes llevan armas, al menos cuando son fieles a su institución”[5]. A ello añade que “sólo entre los cristianos se han visto sociedades religiosas establecidas para pelear, como la sociedad de los templarios, la de los caballeros de la orden de San Juan y la de los Teutones. Esas órdenes religiosas se instituyeron imitando a los Levitas, que peleaban como las demás tribus judías”[6].

Una tercera reflexión volteriana valdría en gran medida para nuestros días, en que no nos es difícil imaginar cómo un muy lejano botón desencadena una conflagración mundial: “en los ejércitos antiguos la fuerza corporal, la agilidad, el furor sanguinario, en el encarnizamiento de hombre a hombre, decidían la victoria y, por consecuencia, el destino de las naciones”[7]. Ya lo preveía él: con los cañones “… los combates no son ya de cerca”[8].

Mi propósito, sé que un tanto similar al que anida en los constructores de puzles, sería a través de piezas sueltas enunciar, antes que otra cosa, toda una serie de cuestiones aparentemente inconexas: Arúspices, funcionarios de la predicción, agoreros, cuervófilos o cuervólogos. Preces antes del combate. Reclusión de mujer e hijas en un monasterio. Pagos en metálico y en especie. De la soldada de la mesnada al salario profesional. Vocación militar o de conquista religiosa. La niña, el Cid, Manuel Machado (efectos colaterales de la guerra). Su hermano, Antonio, esta vez menos inspirado. Territorio, seguridad, repoblaciones, asentamientos y fortalezas. Engaños, táctica, arte militar, estrategia: lo español, lo árabe. Ojeadores, espías, avanzadillas. Jerónimo de Perigord. El escudo religioso de El Cid; de nuevo, otra conexión de la milicia y el altar. ¿Historia imaginaria del manuscrito?; ¿otra protección “religiosa” para las hazañas del héroe militar? Clarisas, Ayuntamiento de Vivar, Consejo de Estado, Pidal, los March y Educación (un Ministro Letrado de las Cortes y Catedrático de Derecho Mercantil Jesús Rubio y García-Mina). Doble sometimiento a un poder civil: Al monarca, Alfonso VI, a pesar de sus desencuentros, que le motivan dos exilios; a las Cortes, como residencia de la Justicia.

            Todo ello, se lo aseguro (al correr de los siglos XI a XXI), son algunos tan solo de los elementos a considerar acerca de los Ejércitos. Y de todos tendríamos que ocuparnos, aunque, por mor de la selección de las especies más fuertes, recalaremos en bastantes pero acaso no con la profundidad que el tema y ustedes se merecen.


2.    Siete premisas “convincentes”.

            Apuntado ya el problema de su necesidad, y enunciado el tropel de cuestiones que me suscita esa necesidad de la defensa, a efectos de tratarla con la contemplación de modelos patrios varios en esos casi diez siglos, desde el XI, del Cid[9], a nuestros días, cabe plantearse cuáles son las premisas básicas en que fundamentar su existencia, su reclutamiento y organización, sus funciones. Estas siete que contemplaré estarían, creo, en la naturaleza misma de las cosas, y encajarían bien en esa enunciación de aquello que sirve o debe servir en aras de la conservación del Estado por medio del Ejército:

   Esa conservación no genera dudas cuando de defender el territorio se trata; más discutible resulta esa intervención para muchos cuando la defensa tiene como objetivo los otros elementos tradicionales del Estado, a saber, población y poder. Y rechazo llega a producir en bastantes la sola contemplación de una hipótesis según la cual el ejército puede servir para defender ideologías, o religiones, o maneras concretas de encarnar las formas de gobierno y aun las formas de Estado. Esta debe ser una de las premisas en que se base cualquier análisis objetivo y, al menos tendencialmente, honesto del Ejército, del servicio de las armas, de la estructura estable mantenida dentro de un Estado como único detentador de la violencia física legítima.

   La segunda premisa acaso tenga que ver esencialmente con su inserción dentro del Estado, y sobre todo la fijación del anclaje de su obediencia. Siendo el mando y la subordinación tan características de un Ejército, éste ¿a quién debe obedecer? Si lo militar es lo opuesto a lo civil (según múltiples acepciones de los diccionarios al uso), ¿cuál deberá estar subordinado? ¿Dónde ha de radicar el poder de mandar, incluso con la fuerza física legítima?[10]. Si la pregunta “¿qué es Derecho?” ha hecho correr ríos de tinta según el Compendio de Derecho Civil de D. Federico de Castro, la que les formulo no le va a la zaga, y hasta han corrido otros ríos a lo largo de la Historia, tratando de hacer valer unas u otras posturas.

   La tercera sería delimitar sus campos de actuación, esencialmente en lo que se refiere a territorio sobre el que puede operar. Piénsese que hoy, además, puede no tratarse de territorio que tenga que ver con el escenario “tierra”, aspecto al que tendremos que dedicar reflexión complementaria más adelante.

   La cuarta tendría que ver con la definición, cuanto más pulcra y detallista mejor, de sus formas de acción. Fuera de ellas sería ilícita cualquier capacidad de acción del Ejército, lo cual da de sí para no pocas prohibiciones (tipos de armas, trato al enemigo y un largo etcétera).

   Luego, en quinto lugar, vendría la adecuación funcional, de manera que cada tiempo y Estado lo configuren con arreglo a esas previas cuatro premisas.

   Es preciso constatar, además, que los ejércitos, una vez creados y organizados, antes de que desplieguen las virtudes de que está dotado su funcionamiento y de que se nutre su espíritu, se configuran como un mal necesario, negado por casi todas las doctrinas del hombre en estado de naturaleza (los “buenismos” que jalonan la historia de la Humanidad): las armas, según la reflexión de Maquiavelo, “deben reservarse en el último lugar, cuando no existan otros procedimientos que basten”. La famosa frase/arenga de Unamuno no deja de encerrar el cuestionamiento intrínseco relativo a los ejércitos: ¿Están llamados a vencer o a convencer? Al fin y al cabo suenan veraces las reflexiones de Anatole FRANCE cuando escribía que “un militarista es una persona que cree que el verdadero poder estriba en la facultad de matar, y que la providencia está del lado de los batallones más numerosos y mejor armados”. En todo caso, y fuera de cualquier postura inserta en o cercana al cinismo, hay como una especie de pensamiento o realidad en espiral o circular, que se acaba mordiendo a sí mismo: un grandísimo militar (que se retiró, una vez viudo joven, a cuidar en París de su hija), San Martín[11], lo exponía señalando sus elementos básicos, pues decía que “la patria no da armas al soldado para que éste cometa la bajeza de abusar de esa ventaja, ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostienen”.

   Séptima, última, y también clave de bóveda de todo el edificio en torno a los Ejércitos: del juego entrelazado de varias de las premisas anteriores se sigue (o tiene que seguirse, aunque no siempre ha sido así) que el Ejército no debe ser una fuerza política, sino neutral, siempre al servicio y con su única misión de defensa o conservación del Estado o, a lo sumo, del sistema constitucional. Claro está que en momentos concretos esa barrera “natural” se ha sobrepasado con creces. Para explicar el porqué de fondo de tal situación basten unas palabras de otro compañero Letrado de las Cortes. José María GARCÍA ESCUDERO, en el capítulo 29 de su obra[12] habla sin ningún tipo de tapujo de “la función política del Ejército”, comenzando por preguntarse si resulta admisible la rebeldía, que, a su vez, justifique la intervención militar. Todo ello -señaladamente, dice el autor, en España desde el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro- tendría la imagen gráfica de un ejército como custodio o guardián del delta nacional, de los tres brazos representados por la unidad política (su antónimo vendría a ser el desgarro producido por el separatismo), la seguridad interior (amenazada por la revolución) y el decoro exterior (que se ventilaba en Marruecos). Esas tres grandes cuestiones, esos tres brazos del delta, son las que, contempladas como realidades por los caudillos de turno en momentos históricos concretos, propician o sirven de excusa para que el ejército se asiente en la poltrona política y decida dirigir un país en lugar de defenderlo.


II.    Visiones y modelos de Ejércitos españoles.

            No pretendo sino dar pinceladas al respecto. Y, complementariamente, se me perdonará que, además de no profundizar en todas y cada una de las imágenes que ofrezco, parciales y circunscritas a subrayar aspectos en los que sí me cabe ofrecer criterios, centre mi atención en momentos que para mí tienen especial interés -amén del atractivo objetivo que puedan suscitar-, como son los siglos XI, XVIII, XIX y XXI, sin perjuicio de que se narren otros acontecimientos del XX bien conocidos, pues nos ha tocado vivirlos. En torno a esos siglos se desarrollan unos modelos de ejército sobre los que quiero centrar las visiones que de los mismos ahora les ofrezco.


1.    Primera Visión de Ejércitos españoles.
Uno.    Un Ejército medieval: el Cid Jefe del Ejército[13]. Predominio de la ce (en la vida del personaje histórico y en el Cantar)[14].

Lo que  vamos a defender a continuación es la interpretación del Cid como primer soldado integral en España (al menos de la Edad Media). Si nos detenemos en siete apartados, dotados de calificativo que ofrecen visión de conjunto, a saber 1. bélico; 2. familiar; 3. geográfico; 4. institucional;  5. personal; 6. religioso y 7. Social, veremos el compendio que podría resumir esa configuración militar integral del personaje. Nada disuena en él si se adopta tal criterio interpretativo de su historia. Y es entonces cuando cuadran todas las visiones (parciales) que se han tenido de él, pues él, ontológicamente, es

-        Sidi = Cid           = C = Señor
-        Campeador       = C = Doctor en Guerra (o campo de batalla)

Hay en juego muchas ces: combate, contienda, campaña, celada, colada, caçar, çaga, carbunclos, cauallo, caualleros, cerca, çervicios, coçeras, colpe, cometar… todas ces que redoblan esa impresión de que tanto el Cantar (quizá menos) como el personaje histórico del Cid rezuman por los cuatro costados el fumus de guerrero. Apuremos, no obstante, antes de analizar esos siete apartados, de lo bélico a lo social, el lenguaje, del cual es obvio salen reflexiones aquí inabarcables. Sí, no obstante, me permitiré alguna referencia al respecto[15].

Primero, pues, parece oportuno ocuparse del vocabulario[16].

Son palabras directamente relacionadas con el combate, o que tienen en todo el contexto del Cantar una significación en que predomina tal sentido en que se vislumbra un Ejército. No figura ejército, ni exército, ni guerrero, ni milicia, ni militar. Sí: mesnada, campaña… Y hay, obviamente, palabras relacionadas con ejército, con guerra, combate (aun dentro de lo subjetivo de toda selección): Hay hasta ochenta, pero sólo apuntaré de viva voz unas cuantas, aunque todas las tienen en el texto escrito.

-        abatir: derribar;
-        adágara: adarga, escudo de cuero;
-        albergada: lugar conde se plantan tiendas para acampar;
-        alcança: alcance, persecución del enemigo;
-        algara: correría de parte de caballeros que se interna en tierra enemiga para robarla;
-        almofalla: hueste acampada;
-        almófar: capucha de la loriga;
-        apretar: (las cinchas de los caballos);
-        arebata: asalto repentino para coger desprevenido al enemigo;
-        arma: ofensiva y defensiva;
-        arobdas: guarda o centinela avanzado de un ejército;
-        arrancada: derrota o victoria;
-        art: ardid de guerra;
-        asta: asta, lanza;
-        astil: palo o mango de la lanza;
-        atamor: tambor usado por los ejércitos moros;
-        batalla: combate de dos huestes;
-        Bauieca: caballo del Cid;
-        belmez: vestidura sobre la camisa para evitar molestia de la loriga sobre el cuerpo;
-        caçar: adquirir o ganar algo en la guerra;
-        çaga: retaguardia;
-        Campeador: batallador, vencedor, usado solo como epíteto del Cid;
-        carbunclos: carbunclos o rubíes que adornaban el yelmo de los moros Galbe y Búcar;
-        cauallero: especie de sacramento militar, cuyo rito esencial era el acto de ceñir la espada el padrino al caballero novel… ese sería el ritual al que alude “el que en buen ora çinxo espada”;
-        cauallo: disigna siempre el caballo de armas;
-        çelada: emboscada;
-        çerca: cerco, asedio;
-        çeruiçio: servicio militar;
-        coçeras: sillas que no daban al jinete buen apoyo contra el empuje de la lanza enemiga;
-        Colada: espada del conde de Barcelona ganada por el Cid;
-        colpe: golpe dado con lanza o espada;
-        cometer: acometer, embestir;
-        campaña: sinónimo de hueste;
-        desarmado: desprovisto de armas defensivas;
-        encaualgados: soldados de a caballo;
-        escudero: joven hidalgo que en el servicio del caballero se preparaba para recibir más tarde el orden de la caballería;
-        escudo: que era de tabla;
-        la adágara era de cuero;
-        espada;
-        espadada: tajo dado con la espada;
-        espuela/espolón;
-        estribera: estribo de montar a caballo;
-        falssar: romper o atravesar las armas defensivas;
-        ferraduras: herraduras;
-        fierros: hierros o puntas de las lanzas;
-        fonssado: hueste, ejército;
-        freno: de los caballos;
-        gallega: sillas de montar que usaban los caballeros del Cid (sillas gallegas);
-        ganançia: botín presa de guerra;
-        guarnir: armarse;
-        guerra;
-        yelmo;
-        lanza;
-        lid: batalla;
-        lidiador;
-        lidiar;
-        loriga: armadura;
-        maçana: pomo de la espada;
-        Mafúmat: grito de guerra de los moros;
-        matança: campo de batalla que queda sembrado de cadáveres;
-        matar;
-        mesnada: conjunto de caballeros vasallos de un señor;
-        moncluras: lazos de cuero con que el yelmo se ataba a la loriga o mallas;
-        pagar: satisfacer la deuda;
-        pendón: banderola que adorna la lanza;
-        peón: soldado de a pie;
-        peonada: tropa de a pie;
-        prear: saquear, robar la tierra enemiga;
-        quinta: la quinta parte de lo ganado en guerra, que correspondía al señor de la hueste;
-        quiñonero: repartidor del botín;
-        raçion: porción en el reparto del botín;
-        rancar: vencer;
-        rebata: asalto repentino;
-        robar: saquear, despojar;
-        sobregonel: especia de gonela o túnica que viste el Cid para correr con armas de fuste;
-        soldada: salario militar;
-        Tizón: espada del rey de Marruecos ganada por el Cid;
-        trasnochada: marcha verificada de noche;
-        vassallo: el que recibe honra et bienfecho de los señores, así como caballería o tierra o dineros por servicio señalado que les hayan de hacer;
-        vençer;
-        veste: ejército;
-        virtos: compañía de gente armada.

En el texto del Cantar la riqueza corre pareja con la belleza del lenguaje. De las ochenta palabras seleccionadas, ¿cómo no retener almofalla, arobdas, çaga, campaña, cauallero, encaualgados, escudero, fonssado, lidiador, mesnada, peón, peonada, veste, o virtos como sinónimos de un ejército o de componentes del mismo? En segundo término, y por lo que hace a tácticas o estrategias, ¿acaso podemos pasar por alto alcança, algara, arebata, art, çelada, cerca, falssar, prear, rebata o trasnochada? ¿Y el tercer bloque, referido a vestimenta, por mucho que hoy estén muchas de sus palabras trasnochadas: almófar, belmez, carbunclo (rubí del yelmo de los moros Galbe y Búcar), coçeras, espuela, estribera, ferraduras, freno, gallega (silla), yelmo, loriga, sobregonel? ¿Qué decir de aquellas que hacen directa referencia a las armas, como adágara, arma, asta, astil, atamor, Bauieca, cauallo, Colada, desarmado, escudo, espada, fierro, lanza, maçana, Tizón?

El lenguaje se amplía con otras palabras de enorme relieve, que reflejan preparativos, fragor, identidad, reparto: así, abatir, albergada, ganançia, guarnir, guerra, lid, matança, matar, pagar, pendón, quinta, quiñonero, raçión, rancar, robar, soldada, vençer.

Puesto que es objeto de mi muy especial predilección, me permitirán que me adentre algo más en las entrañas del Cantar. Tras el poso o precipitado que genera su relectura en las mil versiones existentes, junto a la sedimentación que produce toda la literatura vertida en torno al Texto, me permito subrayar que cobra relevancia la letra ce; y que se atisban esos siete campos, que desarrollaré brevemente -aunque dan de sí para mucho más- susceptibles de combinarse de manera que ante nuestros ojos aparezca el mundo militar del Cid (personaje histórico y Cantar).

Segundo, creo que a ninguno chocará del todo que me ocupe acto seguido de la relevancia de la letra ce y su persistencia en torno al Cantar. ¿No estamos en la Cátedra del derecho militar de la Complutense, con la que está hermanada esta Real Academia? ¿No es Cazorla el inductor de esta Conferencia, que quiso que fuera el Letrado de las Cortes de la Comisión de Defensa quien se sentara ante ustedes a tal efecto?

Dado que sobre el Cid, personaje histórico, y sobre su celebérrimo Cantar, está hoy día casi todo investigado y escrito, a los estudiosos o enamorados de la belleza de su texto conocido, amén del placer de releer una y mil veces sus más de tres mil setecientos versos, no nos cabe sino, en su caso, aportar enfoques novedosos, o curiosidades no destacadas por quienes nos precedieron en esos quehaceres. Y creo que una de esas características, no apreciadas con anterioridad, radica en la persistencia de la letra ce en cuanto rodea al héroe, y en cuanto inspiró al poeta.

Ya empezando por su mera mención, para acercarnos al mito literario, solemos utilizar hasta tres palabras, cada una con una connotación mil veces explicada, y que no requiere mayores digresiones: hablamos del Cantar, nos referimos al Cid y le conocemos como el Campeador, por mucho que otros prefieran Poema, y que Cid originariamente pudiera provenir de otra letra que en árabe no fuera la ce. Ya sabemos que todo en el Cid resulta discutible, a menos que esté documentado en propia vida del burgalés/valenciano.

¿No ocurre otro tanto con la datación del manuscrito que ha llegado a nosotros? A este respecto, y a los efectos que aquí nos interesan, hemos de recordar, primero, que desconocemos cuándo se compuso el Cantar y cuándo fue puesto por escrito por primera vez. Sí sabemos que un Per Abbat lo copió, bien del original o de otra copia previa, y que ese Pedro Abad dató su función (todos, o casi todos, creen que de mero copista) allá por 1207 o 1307. Entre estas dos fechas, ¿cuál es la diferencia? Pues una ce, en este caso mayúscula, cien años en numeración romana: ésta, por cierto, sí resulta dos veces visible en el manuscrito, hoy en la Biblioteca Nacional (desde 1960), en los siguientes términos:


mill. & C.C. _ X LV años”


lo cual nos lleva a ese 1207 (1245 en era romana; 1207 de la cristiana), pero sin olvidar ese espacio en blanco, que me he permitido subrayar, y en el cual podría haber habido otra C, que pospondría en otro siglo la labor de copista del Abad en cuestión[17]. Por cierto, y además, hay quien dice que Per Abbat fue clérigo de Caracena (Fresno de Caracena, en puridad).

            Una última apostilla en esta breve introducción al porqué de este apartado. Sigue siendo un misterio, a mi juicio escasísimamente investigado (yo, al menos, desconozco sesudas y profundas indagaciones que hayan podido hacerse respecto a tan apasionante cuestión), el cómo llegó a Vivar (Concejo y Convento de las Claras) la citada copia del manuscrito del Abad. Pero algunos autores apuntan a un origen que, de quedar verificado, de nuevo nos pondría en contacto con otra muy cidiana ce, a saber, Cardeña: a juicio de relevantes estudiosos, allí habría estado guardado el original o alguna copia del Cantar que hoy conocemos. Cardeña es tan cidiana como Vivar o como Valencia.

            Y de pasada, como el que no quiere la cosa, hemos mencionado otras tres Ces, que nos aparecen por doquier: el manuscrito, o la copia de Per Abbat al menos, estuvo sucesivamente en el Concejo de Vivar, en lo que podríamos decir era la sede de su Ayuntamiento, de alguna relevancia entonces, por marcar la frontera con el reino de Navarra, y en el Convento de Clarisas del propio Vivar del Cid. De allí está documentada su salida (y su no retorno) y su ida a parar a manos de su primer impresor (Antonio Sánchez) y ulteriormente a la familia Pidal, Fundación J. March y Biblioteca Nacional (Manuscrito Vitrina 7-17), pasando por encargado algo trasto (no devolvió el Cantar a sus propietarios) del Consejo de Estado.

            Aunque, si quisiéramos apurar las conexiones del manuscrito con la letra C, aún podríamos hallar otra relevante. En efecto, se ha dicho que el texto, al pasar al segundo de los Pidal en cuyo poder estuvo, a saber, Alejandro Pidal y Mon, hijo del primer Marqués de Pidal, Pedro José Pidal, fue guardado en un arca mandada construir por aquél con maderas de las vigas del templo de Covadonga destruido en el incendio de 1777. ¿No son demasiadas coincidencias?

Puestos a lucubrar, parecióme una línea de investigación que tenía su interés: al menos a mí me suscitaba curiosidad tanta presencia de las ces en torno a todo lo que se relaciona con el Cid. Y así surgieron estas reflexiones, que no pasan de ser divertimento, sin más alcance ni pretensión que la de adentrarnos en perfiles que no se captan a simple vista cuando uno se topa con la copia del Cantar del Cid. Un mero apunte más: con el Conde catalán (el Conde de Barcelona) acaba el Cantar primero. El segundo Cantar acaba con una invocación al Criador. Y el tercero es el relativo a Corpes. Tanta carambola suena a mágico o a cabalístico, como el propio poema en sí mismo. Bendita ce, que tanto placer nos proporciona, que tanta ilusión nos provoca, que tanto entusiasmo nos genera, que a tanta cultura nos acerca, que tanta belleza nos regala.

Por último, aterricemos en el postrer examen de los anunciados siete grandes campos, vasos comunicantes, de lo bélico a lo social, y que incluyen las siete expresiones escogidas, resumen del Cantar y del Cid. Tal atención especial a una figura que no fue Rey (pudo serlo de Valencia; pero no quiso) solo puede concebirse como capitán general, cristiano y conquistador, enfrentado al más afamado ejército árabe de toda la Edad Media, el de los almorávides, que ciertamente, ninguna calma producía cuando aparecía por el Sur o el Levante españoles.

Creo, en efecto, que en el Cantar, sin contar con otros que cabría asimismo traer a colación, podemos encontrar esos siete campos de estudio o de aproximación a lo que quiso contarnos el autor de sus versos. En cada uno de ellos destaca una palabra o expresión que se inicia con una ce, aunque también podríamos encontrar otras, igualmente empezadas por ce, con la suficiente entidad como para que las hubiésemos elegido para encabezar cada uno de esos siete apartados. Por otro lado, considero que éstos no requieren mayores explicaciones a limine: no sólo se entienden por sí mismos, sino que resultarán básicos para cualquier mediano conocedor de los intríngulis de nuestro mayor, y casi único, texto épico. Pues, en efecto, a mi juicio lo bélico, lo familiar, lo geográfico (topográfico), lo institucional, lo personal, lo religioso y lo lo social, en perfecta y entrañable simbiosis, constituyen el entramado del Cantar; su narración va con naturalidad saltando de uno a otro y mezclándolos, hasta ofrecer la belleza de resultado que todos admiramos, y nos revelan un mundo especial, en torno a un héroe y que se desenvuelve en momento determinado (segunda mitad del siglo XI) con relevancia capital para el devenir de nuestra nación.

En una primera aproximación, aun cuando las inclusiones en cada campo pueden resultar discutibles, y ateniéndome en la medida de lo posible a un texto que a priori reflejó lo que sucedía en la “España” del siglo XI, en esos siete apartados deberíamos incluir todo cuanto recojo en el siguiente cuadro sinóptico, que alude a palabras o expresiones contenidas en los versos del Cantar; en cada columna hay varias palabras de la letra ce, expresivas las más de las veces del militar o del entorno castrense en que se desarrolló su vida:


Lo bélico
Cobdo ayuso
Caboso coronado (Jerónimo de Perigord)
Colada
Caballos (para montar; botín de guerra; regalos al Rey).
4
Lo familiar
Casamientos: Jimena, hijas.
Corte
Cobardías (de los Condes de Carrión)
Comes traidores
4
Lo geográfico
Cardeña
Corpes
Carrión
Castilla
4
Lo institucional
Cortes
Corona
2
Lo personal
Cid
Campeador
Combates
Cordón de la barba
Cordel de la barba
Colada
Conquistas
7
Lo religioso
Criador
Corneja
Cluny
Cruzada
Clérigo
5
Lo social
Condes
Clérigos
Campesino
Caballero
4

            Por supuesto que tal acotamiento sería capaz de suscitar, a su vez, ene análisis, que podrían comenzar -y no rechazo de antemano la crítica- con una alusión a lo caprichoso de la selección y de la forma de agrupar esas palabras o expresiones. O incluso la tergiversación que supone, para acomodar la cuestión a nuestra intención, una relación en que figura Colada, pero no Tizona. Corro, pues, y lo hago gustoso, el riesgo de verme sometido a un fuego cruzado de comentarios y hasta de invectivas. Todo sea en aras de nuestro querido Cantar. Pero, si nos detenemos en cada uno de esos apartados, estimo que cobra valor la pretensión que nos anima. Y nadie me quita de la cabeza que estamos ante una figura y un cantar de exaltación de lo que de bueno y de digno de alabanza tiene un héroe militar que hunde sus raíces en lo más humano, no en lo sobrenatural como ocurre con los demás protagonistas de las épicas o epopeyas nacionales.

En lo bélico he elegido la expresión “cobdo ayuso”, o codo abajo. El acierto de tal decisión radica en que el Cantar la utiliza cada vez que quiere mostrarnos cuán encarnizada ha sido la batalla del Cid contra los moros: tanto que las espadas de los cristianos chorrean sangre del enemigo por la empuñadura, la mano, la muñeca, el brazo y codo abajo. No se puede decir más con menos. Y para ello una vez más se escoge una expresión que empieza con ce. Pero no debemos relegar a un segundo plano al caboso coronado, es decir, el cabal o juiciosos obispo Perigord, venido de Francia al amparo de las reformas clunyacenses, ni el papel que juegan en el Poema los caballos, no sólo por lo que antes apuntábamos de la existencia de una clase social derivada de la posesión de un animal que permitía combatir sin ser un mero infante, sino también porque en varias ocasiones es utilizado como presente para congraciarse con el rey Alfonso VI. A éste, además, se le llega a ofrecer a Babieca, rechazado por el monarca con palabras elogiosas para el Cid por considerarle mejor jinete que él mismo; y sin que se nos despinten otros episodios que en el Cantar tienen, como objeto de predilección de unos y de otros, las habilidades de dicho animal, que sirve para epatar a la propia Jimena y a sus hijas, o para capturar a caudillos moros que huían del Campeador montados en poderosos caballos árabes.

            “Cobdo ayuso”. Hemos preferido acotar esos campos y ocuparnos en extenso solo de éste: lo bélico. La imagen más dramática la hallamos, acaso, en la que nos hemos permitido destacar: la sangre del adversario, tal es la cercanía de los cuerpos en el combate, chorrea Cobdo ayuso, codo abajo. No se fija el poeta en la cara descompuesta del moribundo, del vencido; prefiere transmitirnos otra visión: mano, antebrazo y codo se tiñen de rojo fluido de su contrincante, al que se le va la vida derramándola sobre el vencedor. Y no debemos olvidar otra expresión enormemente certera: Jerónimo de Perigod, el amigo del Cid, al que éste inviste obispo de su señorío de Valencia, es el caboso (juicioso) coronado. No se puede decir más con menos. Ni siquiera con ello queda dañada la dignidad de los vencidos, cuya sangre, derramada codo debajo de las huestes cristianas, ennoblece los golpes de espada que abaten al enemigo. La belleza de la narración no quita lugar a ninguno de los contendientes. Las imágenes bélicas muestras todo un esplendor continuado. Piénsese, además, que la lucha no es solo multitudinaria, entre ejércitos, a lo largo del Cantar. Muchos de sus versos relatan también peleas, acaso más desiguales, entre particulares, entre individuos, entre personas que tratan de dominar y de producir escarnio a sus adversarios, como bien refleja la escena de Corpes. El botín se hace presente como recompensa a la guerra o a la pasión, a las pasiones desatadas, incluidas las conyugales.

            Por si el sufrido oyente quiere disfrutar con los textos en que se menciona la expresión “cobdo ayuso”, le diré que en el Cantar Primero la hallará dos veces, en los apartados 24 y 40; una en el Cantar Segundo (ap. 95), y otra más en el Cantar Tercero (ap. 119).

            Los politólogos de hoy día (acaso más los de hace cuarenta o cincuenta años) asumirían que esos siete campos forman un auténtico sistema, en el que cada uno de los elementos cobra aún mayor relieve en el conjunto, hasta el punto que lo modifica si cambia él o se modifica una relación suya con otro de los componentes del todo. Pues bien, en esos siete campos, en esas casi treinta palabras o expresiones (alguna hay repetida; lo sé) se encierra el mundo militar sistémico o sistemático del Cid y del Cantar.

Es ahí, dentro de ese resultado de la interacción recíproca de los siete elementos, donde cuadra -y por eso mismo no desentona- la mesura del Cid, hasta casi un punto de desmesura, propia de una mezcla a la sazón desconocida: pues se podrá coincidir conmigo en que la imagen que el Poema ofrece del Cid se corresponde con una extraña nobleza, a partes iguales compuesta por mérito y capacidad, y sin que lo determinante sea la pureza de sangre y de linaje. De esa “desmesura”, por otro lado, hay otro ejemplo sin par en el texto: se proscribe la venganza privada, y se recurre, como ya dijimos líneas atrás de pasada, a una justicia institucional, de la que es titular el Rey, y cuyo oficio o función manda que se ejerza en una reunión solemne de Cortes, que él mismo preside, y en unas posteriores luchas físicas entre las partes (demandante y demandados) también bajo la vigilancia directa del Rey como garante de que incluso en Carrión se observarán escrupulosamente las reglas del juego.

He de subrayar que el interés por el Cantar, cuando casi va a hacer mil años que nació el personaje histórico que lo inspiró, será por algo, y que cada enamorado de ambos (obra, personaje) arrime el ascua a su peculiar sardina/interés como explicación al fenómeno:

-      hay referencia explícita, y llena de poesía, a los daños colaterales[18].
-      ¿es un héroe/militar invicto?[19]
-      ¿es nuestro único texto épico completo conservado?[20]
-      ¿la literatura rosa de la época, aderezada juglarescamente por los periodistas del momento -informadores/deformadores- que narraba las posibles relaciones incestuosas de Alfonso VI y su hermana Urraca?
-      sigue sirviendo para lo que fue creada y recreada (múltiples posibles juglares y clérigos, acaso): el entretenimiento.
-      se ensalzaba lo institucional por encima o en detrimento de la venganza privada.
-      la explícita mención a las Cortes (como algo, además, distinto a las ·vistas” o a las “juntas”) aunque sea en una imagen que solo congela su antigua función judicial (conservada hoy, por ejemplo, en la Cámara de los Lores de Gran Bretaña) justifica su perpetuación en el tiempo y en el gusto de muchas generaciones, tanto en España como en el universo mundo.
-      es un texto que empieza con la escena de un héroe humano que llora y que siempre aparece dotado de una inagotable mesura.
-      hay un romancero especial sobre la figura, con más de ciento cincuenta romances que celebran sus amores y sus combates.
-      se ensalza incluso como algo que trasciende la muerte, pues algunas versiones narran la leyenda de su victoria post mortem y el reinar o vencer después de morir.
-      tras la figura de Gonzalo Díaz, Societatis Jesus, muy recientemente fallecido, ya se distingue casi a la perfección o milimétricamente lo que en el Cid es historia e historieta/leyenda[21]. Rindo homenaje a este cálido -en lo personal llegué a tratarlo y mantuve con él jugosa correspondencia- y riguroso investigador.

Las Hazañas bélicas del Cid. Las Batallas son de sobra conocidas, por lo que no hago aquí sino remisión a esos sucesos, históricos y recreados en el Cantar[22].

Dos datos más, no obstante: Richelieu se puso al frente de los enemigos del Cid, y mandó a la Academia Francesa que hiciese un examen severo de la tragedia El Cid de Corneille (se representó a partir de 1636). Y, de otra parte es preciso tener sumo cuidado con cualquier análisis, pues hoy del héroe se sabe todo, pero también se inventa todo. Hay quien se atreve a decir incluso -recientemente, 2008- que “nació en el barrio de Villentro, en el pueblo de Vivar”[23].

Hay un pero en todo esto de las ces del Cantar y del Cid. He de hacerme, por ello mismo, una autoenmienda, algo que, por otra parte, es común en las Cortes. En el Cantar y en la vida del Cid, para completar la visión que en ellos se esboza, según mi interpretación, del Campeador como primer soldado integral en España, me falta una ce, precisamente relativa al cantar, o, si se prefiere, a la música militar coral. Ha dicho con percepción aguda, pero creo que también con verdad, MONTANELLI que “los coros son un siglo característico de las sociedades militares y guerreras: a coro cantaban los alemanes y los rusos, en tanto que los franceses e italianos cantan cada cual por su cuenta”[24]. Y me faltan datos para desvelarles a ustedes cómo cantaba la mesnada del Cid.


Dos.     Una España godo/arábiga. El conde, el rey, el caudillo, el califa. (El “Señor” y el “Doctor” en Campo de Batalla).

Señala Oñate, autora conocedora de estas materias militares, especialista en el siglo XVIII, que “En épocas anteriores los nobles reclutaban a sus propios soldados. El número de estos variaba según la capacidad adquisitiva de los primeros, pero en cualquier caso, se establecía un vínculo entre el soldado y su señor que, unido a la falta de normas que regularan el aparato militar en su conjunto, daban a los nobles una gran independencia en su actuación, sin que por ello se pusiera en duda su “servicio” y obediencia al monarca[25].”

            Unas precisiones acerca de estos Ejércitos.

Cuando hablamos de Ejércitos, la milicia de la época del Cid, debemos tener claras varias ideas, cada una de las cuales podría desarrollarse mediante capítulo autónomo, específico, técnica a la que no acudiremos pues lo que ahora nos interesa es ofrecer una visión de conjunto de trazos gruesos: El Rey posee uno; el Cid arma el suyo propio tras su primer destierro, hacia 1081. El Cid es bajo Sancho II su alférez o armiger regis. No siendo el Cid conde[26], sino hidalgo, tal cargo rompe la estructura socio-política habitual de los Reinos de Castilla y León, y puede, antes que el cobro de las parias andaluzas y el apresamiento en Cabra de García Ordóñez, ser el origen de las desventuras del Cid. Es habitual tanto el enfrentamiento de los Ejércitos de los diversos Reinos, como su colaboración frente a enemigos comunes. Fuera de esos dos supuestos suele haber respeto a los respectivos territorios o zonas de influencia. Es en estos dos últimos casos donde aparecen nuevos motivos que algunos consideran como causas de la ira del Rey (ya Alfonso VI, sucesor de su hermano Sancho II tras el alevoso atentado de Bellido Dolfos en Zamora), tanto la defección -no demostrada- ocurrida en Aledo, como incursiones del ejército del Cid por tierras de Toledo. Los prestigios se ganaban en función de la cantidad y calidad del contrincante; y era número uno de la época las sucesivas hordas o tropa de los almorávides. A diferencia de otros, el del Cid copia descaradamente las tácticas y estrategias (ardides, engaños al fin y al cabo) de los árabes[27]. Quizá no hay otro ejemplo de hueste siempre ganadora fuera de la del Cid: por supuesto la del Rey es derrotada en Sagrajas, en Aledo… Consuegra… En el del Cid, el único noble, el único capitán, el único que tiene senna, propia de la comunidad, el único que posee una espada con nombre propio y caballo asimismo con nombre propio es el Campeador.

¿Cómo no mencionar, aun en trance de narrar lo bélico o militar del Cid, su barba luenga é velida? No está -perdóneseme la ironía, la licencia o casi el oportunismo- esta cuestión traída por los pelos. La barba[28] se dice que era símbolo fiero de la masculinidad caballeresca. Y tiene que ver con el combate. El Cantar, cuando trata de la batalla de Tévar, episodio victorioso del Cid tras el cual no solo apresa al Conde de Barcelona y obtiene de él su espada Colada, dice en el verso 1011

y bençió esta batalla por o ondró su barba[29],

por lo que pocas dudas debemos albergar de la conexión por razón de la materia. Metidos así en harina, ¿no resulta fácil evocar la fuerza del cabello de Sansón? Para bien del Cid -y de su ejército- ninguna Dalila osó mesar su barba.

            Pórtico adecuado podrían ser las palabras de un gran historiador de nuestra literatura. Decía con razón José Amador de los Ríos que “El Poema del Mio Cid, así como la Leyenda de sus Mocedades, convida á los doctos con sus no quilatadas riquezas arqueológicas, á ensayar una edición crítica de entrambos, donde, además de sus nativas bellezas literarias, se den á conocer todas esas inestimables relaciones de la vida civil, política, religiosa y militar de nuestros mayores”[30]. Añado yo que en     En esa variadísima literatura hay pocas visiones que centren su foco sobre los Ejércitos. Por eso me ha parecido que sí podría resultar de interés abordarlo, aceptando la gratificante invitación de la Real Academia y de mi compañero de las Cortes y amigo Luis María Cazorla Prieto[31].

            Atractiva por demás resulta la expresión que, referida a lo que hizo el Cid en Valencia, utiliza un autor que estudió a fondo cuanto de jurídico podía haber en el Cantar: así, Pedro COROMINAS, habla de un “Estado errante” fundado por el Cid[32], cuya organización, en su opinión, es “reflejo fiel de la constitución político-social del pueblo castellano”. Los hombres que lo sirven, y de los que el Cid es jefe indiscutible, lo hacen “por su nobleza nativa, por su valor, por su lealtad, por su fuerza y arrojo en el combate… Es el héroe que funda un Estado basado en su heroísmo, un Estado que ha de disolverse a su muerte, porque peones y caballeros no pueden encontrarle sucesor”[33]; en un Estado así constituido no era posible el feudalismo: a sus distinguidos vasallos nunca les da territorios con señorío feudal[34]. Sus hombres pelean con él, pero no le rinden vasallaje, cosa que él sí hace con el Rey, al que en su nombre besa las manos Minaya. Podríamos apostillarle: se trató de un Estado efímero, no por ello menos atractivo; el Cid fue autor del primer Estatuto para Valencia.

Y no deberíamos dejar de apuntar otra idea, aun lejos de toda la instrumentalización que[35] a los términos pudieran darse: el condotiero Cid recurre, para la puesta en marcha inicial de su Ejército, a un ingreso presupuestario poco limpio. En puridad, y muy de acuerdo con prácticas árabes[36], se trata de un engaño, que practica sobre los judíos Rachel y Vidas. Al entregar -como prenda a cambio de un buen dinero que recibe en metálico- un arca sellada, pesada y llena solo de arena, comete nuestro héroe acaso el primer acto documentado/novelado de pillería de nuestra literatura, antes, pues, de la aparición de Lazarillos, Amadises y demás prototipos de pícaros. Luego, eso sí, y de ello da cuenta el Cantar[37], restituirá el Cid el dinero así “prestado”.


La visión árabe del Cid. También homenaje a Dolores Oliver Pérez.

            Un análisis reciente, que rompe muchos de los esquemas anteriores, aun de los más consolidados y eruditos[38], comienza por sentar las bases para demostrar que el autor del Cantar es un poeta árabe al servicio de un señor castellano: una obra de la envergadura del Cantar no se compone para recibir unas perras de la audiencias, ni puede emanar de un hombre nacido en y para el pueblo y cuya característica no es la de poseer una educación esmerada, y menos esa fina ironía que trasluce el compositor del poema y esos claros conocimientos de la tradición islámica[39].

            La autora hace un resumen de otras tesis relativas a la autoría del Cantar. “Para Ángel de los Ríos, el autor era «un francés de los que vinieron a España en la comitiva de don Ramón de Borgoña, quizá el mismo Mal Anda»; para Manuel Alonso (1942, 477-494) pudo muy bien componerlo hacia 1165 el canciller Diego García de Campos, pariente de Rodrigo; para Rudolf Beer (1898, 30 y 40-41) «filé un monje de Cardería que reunió cantos sueltos anteriores y añadió de su cosecha los versos relativos al monasterio»; para Amador de los Ríos (1863, III, 132-33 y 217, n. 1) pudo ser escrito unos cuarenta años después de su muerte por «algunos de los más allegados servidores del héroe», e incluso por «pajes del Cid», aunque confiesa no estar de acuerdo con los que atribuyen la autoría a «dos pajes de raza árabe que entraron al servicio de Rodrigo en la primera juventud». Para Javier Sainz Moreno (1989, 29 y 49) el poema «lo escribió en Salamanca, con la ayuda de asesores y rapsodas, el monje cluniacense francés Jerónimo Visqué, nombrado por Rodrigo obispo de Valencia», quien «iba por los pueblos pidiendo le informaran de las proezas de Mío Cid». Para Lacarra fue compuesto en 1207 por un laico, hombre culto y perito en la práctica jurídica que vivió en los dominios de los Lara de Molina de Aragón, pudiendo muy bien haber pertenecido a su séquito o a su propia cancillería.”[40].

Poniendo el acento en el relato de Alcocer dice Oliver que “no responde a un hecho histórico, sino que se ha fraguado en la mente de un poeta que ha querido engrandecer la figura del héroe haciéndole ejecutar una carrera que, dada su dificultad, solamente era practicada por los hombres a los que todos consideraban los mejores jinetes, los beréberes. En uno y otro caso, el texto que acabamos de presentar tiene para nosotros una importancia capital. Por un lado, su lectura nos sugirió la existencia de relaciones de conjunción entre el árabe haraka y el romance arrancada y, consecuentemente, decidimos iniciar una investigación que permitiría descubrir el étimo de arrancar. Por otro, el convencimiento de que su autor poseía una sabiduría bélica nada común nos impulsó a dedicar algún tiempo al estudio de las descripciones de batallas que aparecen en las fuentes cristianas, trabajo del que hemos extraído la siguiente conclusión: los cronistas y poetas medievales, a pesar de vivir un periodo en el que eran frecuentes las guerras entre moros y cristianos, conocen de manera muy superficial las técnicas bélicas del elemento tribal y los vocablos que emplean los guerreros para definirlas. En términos generales, podemos señalar que describen con bastante corrección las añagazas o tipos de ataque que se repiten con mayor asiduidad, es decir, la celada, el torna-fuye, la algara, el rebato y el alcance, así como los principales movimientos que forman parte de la llamada lid campal, pero cometen graves errores cuando se ven forzados a narrar astucias más complejas o cuando dejan correr su pluma para explicar los pormenores de un enfrentamiento o la manera de conducirse y pertrecharse los guerreros. De la misma forma, hemos de destacar que la lectura de un elevado número de fuentes en prosa y verso nos ha llevado a descubrir primitivos significados de términos militares que únicamente se documentan en el Poema de Mío Cid y nos ha dado a conocer que ningún escritor de origen «hispano» trata el tema bélico con la pericia con que lo hace el autor del Cantar.”[41].

“La lectura del Cantar desde la perspectiva de las fuentes árabes da a conocer que el Cid y sus compañas dominan «la guerra guerreiada de los moros», y en todos sus enfrentamientos utilizan sus mismos métodos de combate a la vez que defienden valores morales y sociales que los árabes estiman. Rodrigo, al igual que otros muchos jefes de tribu, es prudente e intrépido; es franco y leal con sus hombres; es un maestro en el fingimiento y en el empleo de malas artes para vencer al adversario; y es un guerrero que está dispuesto a dar la vida por unos ideales claramente materialistas, comportamientos los dos últimos que, por ser considerados vituperables en Occidente, no son atribuidos a los paladines de las gestas francesas o germanas.

Un último punto concierne al compositor del Cantar, cuya sabiduría bélica ha de calificarse de nada común, sobre todo si se compara con los escasos conocimientos de los «historiadores» cristianos. Este hecho y el que se muestre familiarizado con los modos de pelear de los moros andalusíes y dé a los conflictos armados el mismo tratamiento que los tradicionistas árabes, hace muy difícil aceptar que su creador sea un hispanogodo, y menos un monje encerrado tras los muros de un convento. Por el contrario, el análisis de su extraña personalidad y de sus amplias nociones del mundo de la guerra plantea la posibilidad de estar ante un hombre nacido y educado en tierras islámicas.”[42].

“Para comprender la parte bélica del Cantar de Mío Cid y hallar la fuente de los distintos enfrentamientos, tenemos que olvidarnos de las guerras de la Antigüedad clásica y de las tres o cuatro grandes batallas que en época tardía se dieron en suelo andalusí y volver los ojos a los cientos y cientos de pequeños y medianos combates que se suceden desde la entrada de los musulmanes hasta el periodo vivido por el Cid. Su examen pone de manifiesto que los árabes y beréberes pelean por tradición de la misma forma que el héroe castellano, y que los primeros, al igual que el Campeador, conciben las lides como estratagemas y consiguen vencer al enemigo mediante la ejecución de una serie de maniobras que combinan de manera diferente para poder, de esa forma, sorprender al adversario.”[43].

“En el Cantar se reflejan otras costumbres vigentes en al-Andalus, como la de consultar los agüeros o la de que los guerreros hagan que sus mujeres les contemplen mientras pelean porque ello acrecienta su valor. En la misma línea abundan los detalles que identifican a Rodrigo con los héroes de las epopeyas árabes, y sobre los que no creemos necesario detenernos al haber sido estudiados ampliamente por Alvaro Galmés y otros eruditos. Sólo como muestra recordaremos los siguientes: el Cid recibe un sobrenombre guerrero, «el Campeador»; monta un caballo con apelativo que le es propio; se siente orgulloso de poseer espadas que ha arrebatado al enemigo y se las entrega a sus yernos como símbolo de aprecio, imitando en ello al mismo Mahoma; se enfrenta a un león, tópico árabe que sirve para probar la dignidad de un héroe; en la batalla grita su nombre para animar a las huestes; se muestra jubiloso ante la presencia del enemigo por hacerle presagiar la adquisición de botín; reparte las ganancias ateniéndose a las leyes islámicas que le confieren el quinto; se ve obligado a abandonar su tierra como fruto de difamaciones y calumnias e inicia su andadura hacia el destierro «volviendo la cabeza» y «llorando de los ojos».”[44].

“La lectura del poema desde la perspectiva de la historiografía árabe permite llamar la atención sobre determinadas costumbres que podrían muy bien encontrar su origen en el mundo islámico. Una de ellas consiste en hacer votos para privarse de algo que se considera un placer, sacrificio que durará hasta que uno lleve a cabo el ta'r o venganza o hasta que consiga lo que previamente se ha propuesto. La decisión del Cid de no cortarse la barba tras vencer al rey de Sevilla (v. 1241) es un hábito que, según Emilio García Gómez, no obedece a «estilizaciones juglarescas» ni se tomó de la épica francesa, como defendía Menéndez Pidal. El insigne arabista prueba que estamos ante una práctica establecida en la época preislámica y documentada ampliamente en textos literarios e históricos desde el siglo VII hasta el momento actual. Naturalmente, al pasar a Europa, su sentido cambiará en función de lo que para uno puede considerarse sacrificio. Es decir, si los árabes se enorgullecen de llevar barba y el pelo largo, el rapárselo encierra para ellos el mismo valor que el no cortárselo en Occidente.”[45].

“Para el creador del poema, Rodrigo posee esas cuatro virtudes que desde tiempos inmemorables adornaban a los beduinos: generosidad, coraje, inteligencia y mesura, a la vez que encarna los atributos que se asignan al «héroe» dentro de la tradición épica oriental y entre los que hemos de resaltar como «peculiar» el de ser maestro del engaño, tanto en la guerra como en el trato con comerciantes. Retrato que trataremos de sacar a la superficie a través del examen de comportamientos de Rodrigo y de sus «compañas» que, como más tarde veremos, no fueron admitidos por los cronistas alfonsíes, posiblemente porque respondían a prácticas censuradas por la sociedad occidental. Lo mismo sucede con las relaciones que unen al Campeador con sus «vasallos», que en nada se parecen a las propias del mundo hispanogodo, aspecto con el que iniciamos nuestra exposición.”[46].

¿No es, pues, el Cid todo un árabe? Si es que el Cantar se compuso por un árabe ¿deja por ello de ser tan bello o inmensamente atractiva la figura histórica del Señor (Sidi), Doctor en Defensa?[47]


2.    Segunda Visión de Ejércitos españoles.
Uno.    Un Ejército no ilustrado, sí noble. Clase dominante, pero no dirigente.

Mucho debemos, creo yo, en todos los ámbitos a los novatores del XVIII, aliados del poder, que, bajo la Dinastía Borbón entronizada entre nosotros con Felipe V, se propusieron fortalecer el Estado con la fórmula del Despotismo Ilustrado, una vez superados los desastres de la Guerra de Sucesión. Destacaré un aspecto puesto de relieve por algunos estudiosos[48], el de los viajes, que realizaron por España y fuera del territorio. Gómez de la Serna se refiere a esta cuestión; cuenta cómo el autor de uno de los primeros en realizarse, llevado a cabo por el marqués de Valdeflores, que rendía tributo al que primero concibió la idea, el monarca Fernando VI, al que seguiría en su misma actitud su hermano también rey Carlos III, señalaba que, a la vez que se promovían los viajes por España, se enviaban al extranjero “personas hábiles que trujesen a su Patria los nuevos conocimientos relativos a la Milicia, a la Legislación, a las Artes y a las Ciencias”[49]. Un apunte más, aunque sea aprovechando este Pisuerga de Valladolid: ¿hemos reparado lo suficiente en que las famosas Sociedades de esa época huyen hablar del Estado, de la Nación, y de vínculos jurídicos y giran con la denominación de Amigos del País? A veces no nos damos cuenta de que tienen siglos expresiones que hoy usamos como casi recién inventadas.

En este apartado los puntos clave a retener podrían ser los siguientes: 1º El modelo reformista tiene clara inspiración francesa[50]. 2º Como ocurre casi siempre las innovaciones crecientes afectaron a los avances técnicos y a los tácticos. 3º Con todo, el cambio más significativo fue el crecimiento de su tamaño. 4º Nada desdeñable fue otro cambio esencial: la relación cada vez más directa que se fraguó entre el rey y el ejército[51]. 5º Aunque se sigan contratando mercenarios, se apuesta por reclutar soldados entre los súbditos propios. Bajo la esperanza de así poder reforzar los vínculos de fidelidad[52]. 6º Las tropas de “continuo servicio” han de estacionarse necesariamente en el territorio peninsular, y ello a diferencia de lo ocurrido bajo los Austrias, en que las principales campañas miliares se desarrollaron bien en nuestras posesiones italianas, o en las provincias del Norte[53]. 7º Se están sentando las bases de un ejército profesional, organizado y controlado por el Estado (o Rey: El Estado soy yo). 8º Aparecen también, y ya más detallados, los cuerpos normativos que van a regular y unificar todos los aspectos relacionados con la organización, la administración y el funcionamiento de las armas y cuerpos del ejército[54].


Dos.      Una España oficialmente ilustrada. Novatores, viajes al exterior e importaciones para dar “luz” a la Milicia.

Entre nosotros resultan de aplicación esos puntos clave que en el apartado anterior señalé como provenientes de Francia. Y debe apuntarse que a partir de 1713 habrá menos guerra en España. Desaparecerá en su integridad durante el reinado de Fernando VI. Tal extremo no pasa desapercibido. La falta de conflicto bélico en la península, unida al hecho de que sus costas, a excepción de enclaves concretos como Cádiz, apenas corrían peligro, explicaba la carencia de tropas permanentes afincadas. La defensa del territorio se organizaba a partir de milicias locales, y tan sólo los acontecimientos de 1640 en Cataluña y en Portugal requirieron la puesta en marcha de mecanismos más desarrollados.”[55]. De ahí hay un paso hacia otra gran cuestión, que tendrá un aparatoso cambio de dimensiones en el siglo siguiente, pero que ahora no es objeto de especial preocupación. La citada autora, de Oñate, nos lo narra así: “Como los milicianos habitaban en sus propias casas, tampoco fue necesario construir cuarteles o habilitar recintos donde albergar a la tropa. A pesar de que a lo largo del XVIII los regimientos se iban estableciendo de manera fija en la península, tampoco permanecían con continuidad en el mismo territorio, sino que por el contrario, se desplazaban cada dos o tres meses de un lugar a otro, alojándose en las viviendas de la población civil, lo cual, como es de suponer, traía consigo numerosos descontentos y la oposición generalizada de esta última. Esto no cambiará hasta que, bien entrado el XIX, los regimientos queden adscritos a territorios determinados y se empiecen a habilitar conventos para el alojamiento de los soldados. Los primeros cuarteles militares pensados para alojar a las tropas de “continuo servicio” datan de la segunda mitad del XIX.”[56].

Y tal afirmación conecta con lo que sin miedo a equivocarme podría calificar de reflexión curiosa: Las sedes religiosas, siempre de dimensiones al menos tendencialmente más que notables en España, albergan sucesivamente -según el siglo en el que nos detengamos- a las Cortes cuando eran itinerantes[57], o a determinados cuarteles cuando (esta vez en el siglo XIX) el ejército ve cómo sus regimientos quedan adscritos a territorios determinados, de manera que, como acabamos de ver, los primeros cuarteles militares pensados para albergar a las tropas de “continuo servicio” quedan instaladas en conventos durante la segunda mitad del XIX[58]. En la Edad Media es la pujante Iglesia la que presta sus locales a las Cortes de cada Reino. Llegado, en cambio, el siglo XIX es la desposeída Iglesia (como efecto de la desamortización) la que aporta locales amplios en los que se instalarán cuarteles para albergar a una tropa ya estable en un territorio concreto. La Historia de España no para de ofrecernos pintorescos retruécanos[59].

Cambia, además, y como también dijimos en el anterior apartado, el sistema de reclutamiento: “el número de efectivos se multiplica, pero a diferencia de los Tercios, integrados en su mayor parte por mercenarios extranjeros, se intentó crear un ejército de base “nacional”. Para ello se puso especial interés en los sistemas de reclutamiento: El tradicional alistamiento de voluntarios, se vio acompañado por las levas de vagos y por las levas honradas, más comúnmente conocidas como “quintas”, que consistían en reclutamientos obligatorios de jóvenes elegidos por un sistema de sorteo. En realidad estas formas de reclutamiento se conocían ya en la época de los Austrias, pero sólo se habían puesto en práctica en situaciones de extrema necesidad. Lo novedoso es que bajo los Borbones se acudirá continuamente a dichos sistemas.”[60].

Pero con ello no se agota la rica temática que nos ocupa: “Otras de las huellas de la influencia francesa en el nuevo ejército borbónico, fue sin duda la implantación del regimiento como unidad administrativa y de combate frente a los antiguos tercios, la sustitución del Maestre de Campo por el Coronel, y la introducción de un empleo nuevo, el de cadete, como vía de acceso a la oficialidad reservada únicamente a aquellos que pudieran demostrar su condición de nobleza.”[61].

Ese último aspecto tiene gran relevancia, y oculta el significado del juego de palabras que hemos consignado en el apartado uno anterior, pues estaremos en presencia, sí, de una clase dominante; pero en ningún caso creo que sea de verdad clase dirigente, que hasta muy finales del XVIII vendrá de la colaboración entre Rey y novatores o ilustrados. Y ello choca -una más de las contradicciones en que está inmerso el siglo de las “Luces”- con esta otra reflexión, importante. Se nos dice por quien más se han ocupado de la cuestión que “quizá la novedad más importante de este nuevo ejército, es la creación de un cuerpo de oficiales. Es decir, de una jerarquía militar que empieza a basarse en los méritos propios y en las capacidades de los individuos a la hora de determinar su puesto en dicha jerarquía, frente a épocas anteriores en las que esto dependía únicamente de su condición nobiliar. Esto permite que la “función militar” vaya siendo considerada como un oficio. Sin esta profesionalización, los cambios que permitieron una evolución de esta institución a lo largo de todo el XVIII y un cambio más brusco ya en el XIX habrían quedado minadas.”[62].

            Consignaré, además, algo del “entorno” del momento, que desde Madrid mira más allá de los Pirineos: tuvo Floridablanca que dar instrucciones a aduanas, para que se vigilase qué cosas venían de Francia, redoblándose las precauciones con objeto de impedir la entrada de “propaganda”. Dice ANES que “ante las medidas de aislamiento, redoblaron su astucia los revolucionarios”[63], de manera que pretendieron introducir en España otros productos, no ya papeles, alusivos a la Revolución. Y ello provoca una resolución del Gobierno español de 6 de agosto de 1790 por la que se prohíbe la entrada en España y posterior exportación a América de unos chalecos con la palabra “liberté” y todos aquellos efectos que tuviesen “pinturas alusivas a las turbaciones de Francia”[64]. Floridablanca, dando muestras de su talante ilustrado (todo debía ser progresivo, y no revolucionario), en no pocos escritos (por ejemplo en el informe autógrafo que lee al Rey en 1791) habla con profusión de que “el Yncendio de Francia va creciendo y puede propagarse como la Peste[65].

            Visión que complementa lo dicho: una pincelada, pero cargada de significaciones, hemos de dar a la VISION de los Ejércitos en España durante el siglo XVIII. Es una milicia a la que hemos de denominar “Ejército de la Ilustración”. Los ejes de la cuestión son conocidos, aunque nuestra labor es relacionarlos, para ofrecer una imagen real del campo que analizamos. Al margen de otro elemento que, por razones de espacio hemos de dejar de lado aunque nos pese[66], recordaré, por una parte, que, por los estudiosos de la materia, se subrayan las carencias respecto a la estructura política-administrativa del Estado: “no había Estado, el Despotismo Ilustrado tuvo que irlo creando prácticamente de la nada, no sin vencer las resistencias de quienes se beneficiaron durante más de un siglo de su inexistencia. Ni administración civil, ni Ejército, ni Marina”[67].
           
Decía Jovellanos, en la carta que dirige en  mayo de 1774 al cónsul inglés en la Coruña (Alejandro Hardings), que “una nación que se ilustra puede hacer grandes reformas sin sangre”, a lo cual, con referencia explícita respecto al momento histórico que vive procedente de más allá de la frontera de los Pirineos, añade que “y creo que para ilustrarse tampoco sea necesaria la rebelión[68]. Es decir, que se hará la reforma, a la maniera española, a saber, desde arriba, mediando el propio Estado, sin burguesía ni pueblo, impulsada y dirigida por la nobleza/realeza.
           
Ello se topa con la Revolución Francesa. Jovellanos se define como “apasionado de la libertad y enemigo de la demagogia”. Pero los acontecimientos son tozudos y de la enorme fuerza que todos conocemos. Ya hemos visto la anécdota que narra ANES. Se tiene que prohibir mediante Decreto importar de Francia unos chalecos, ejemplo de la modernidad, pues incorporan mensajes en sus telas, y hacen publicidad pionera.


3.    Tercera Visión de Ejércitos españoles.
Uno.    Un Ejército de potenciales proletarios (siglo XIX). Riego y una sublevación militar que se niega a ir a las Américas. Al tiempo, empiezan y proliferan los “pronunciamientos”.

Y ¿cómo no hablar aquí de pronunciamientos, palabra genuinamente española del XIX,  y que se acuña teniendo como referente la conducta de ciertas partes y personajes del ejército patrio de esta época?

Da mucho de sí el siglo XIX. Enunciaré unas cuantas materias en el campo acotado:

1. Luchas varias. A. En España y Portugal hay guerras (algunas ya han sido, pero hay que traerlas a colación) internas; contra Gran Bretaña; contra el invasor francés; guerras civiles (tres en ese siglo, más otra muy cruenta en el XX). B. En Estados Unidos (a partir de 1776…) en algo de guerra participamos y les acuñamos moneda (origen del dólar[69]). C. En toda Sudamérica. D. Filipinas (Asia). E. En África. De alguna manera somos récord guiness por acumulación de guerras dispares (4 continentes) para tan poca población y ejército tan exiguo en números.

2. Aparición de militarismo, especialmente en su versión de pretorianismo. Hasta el parlamentarismo se convierte en pretoriano, según veremos sostienen algunos autores.

3. Ósmosis -impuesta, que no voluntaria- entre vidas civil y militar.

4. La caída de nuestro imperio acabará imputándose a los Ejércitos (y quienes los organizan y los mandan), y generará el caldo de cultivo para la filosofía antimilitarista, “milesfobia” podríamos acuñar el neologismo. De ese desprestigio aún no se han repuesto nuestros uniformes militares.

Pero aunque sea con brevedad, centremos por un momento el foco de nuestra atención en los pronunciamientos.

Nos lo contó en su día SÁNCHEZ AGESTA: en la parte segunda de su “Historia del Constitucionalismo” desgrana -pues en el tipo genérico caben modalidades diversas- cuáles son los subtipos que se dieron en el XIX, desde el del general Llauder en Cataluña, y hace concreta referencia a éstos tipos de pronunciamientos:

·       “de guante blanco” (el alarde de fuerza sólo está simbólicamente representado por la jerarquía militar de quienes firmaron las exposiciones…” (pág. 174).
·       el motín de “La Granja”: los clubes progresistas de Madrid enviaron unos miles de duros a la Granja, con los que se compraron a los sargentos y se emborrachó a los soldados (175) coaccionando a la Corona (el sargento García a la Reina).
·       modelo Pozuelo: plante de oficiales que piden o se toman licencias para no servir a los que eran según ellos ministros ineptos y odiosos, que va seguido luego (tras que el General en Jefe restablezca con blandura la disciplina) de un cambio en el Gobierno[70].

A esas clases añade que es un “instrumento patológico normal del parlamentarismo del siglo XIX”[71]. El Ejército (177) se acaba convirtiendo en un ejército político que respalda y tutela las instituciones y la organización militar se habitúa a actuar como fuerza política[72]. Podríamos, pues, decir que el ejército se ideologiza y deja de ser neutral respecto al poder político, pues él mismo se convierte en poder político, y se obedece a sí mismo en lugar de prestar obediencia a dicho poder político, y depende de sí mismo en lugar de depender del poder civil.

Y esas reflexiones acaban con este corolario: los pronunciamientos, en el siglo XX adoptan un nuevo nombre: son golpes de Estado[73].

Con todo, no es preciso ahondar mucho más para subrayar cómo se ha producido la evolución ni sus elementos esenciales: “Pocas instituciones sufrieron un cambio tan profundo durante la guerra de la Independencia como el viejo Ejército borbónico, hechura de la sociedad estamental y vivero al mismo tiempo de las ideas ilustradas en los últimos años del siglo XVIII. Tras el colapso de la Monarquía absoluta en 1808, la creación de la guerrilla daría origen a un nuevo Ejército nacional al que acabaron integrándose los cuadros de mando de las partidas guerrilleras, muchos de ellos de origen popular. Se puso en marcha de esta forma un proceso de democratización social del cuerpo de oficiales que fue sancionado por un decreto de la Regencia (17-VIII-1811) autorizando que se diera mando militar a «cualquier individuo por inferior que sea su grado». La estructura del nuevo Ejército quedaba esbozada en la Constitución de 1812, que, en sus artículos 356-361, regulaba la organización de una «fuerza militar permanente», cuyo número y composición serían fijados por las Cortes.[74]”.

Pero volvamos la vista un poco antes. No se puede olvidar lo que dice un clásico constitucionalista, SALAS para explicar el pronunciamiento de Riego, pues alude al gran número de prisioneros que pasaron varios años en Francia leyendo libros a los que en España quizá no hubieran tenido tan fácil acceso: “como estos prisioneros eran militares, las ideas liberales se extendieron más rápidamente en el ejército que en el pueblo, y por eso yo no he extrañado que el ejército haya tomado la iniciativa en la gran causa de la libertad en España”[75].

La tentación de hacer algo más que un ejército en circunstancias normales, de convertirse en otra cosa, está ahí.

Dice MADARIAGA que “el desvío del soldado español hacia la guerra de América, la infiltración de la francmasonería y la fermentación revolucionaria reinante transformaron gradualmente aquel instrumento de reducción de Hispano-América en uno de liberación de España”[76]. A lo que COMELLAS apunta adicionalmente que “por primera vez la tropa consentía en hacer la revolución. Así fue como el Ejército Expedicionario de Ultramar se convirtió en «Ejército de la Isla», artífice y símbolo del nuevo régimen”[77].

            Por mi parte, no es nueva mi preocupación al respecto. En su momento comparé las letras de los himnos de Riego, la Marsellesa y la Internacional[78]. Era aquella época de intrigas y contraintrigas. Nadie está seguro de lo que piensan incluso los que se consideran correligionarios. De ahí, acaso, la necesidad (hacer de ella virtud), o cuando menos la conveniencia o explicación de su proliferación, de las sociedades secretas, como intento de preservar así la pureza de las propias convicciones. El ejército, lo hemos dicho, es pro liberal, pero quizás no es del todo pro constitucional (la pelea de Riego y Quiroga así lo demuestra), sin que por ello haya que dejar de valorar el arrojo de una tropa que se jugaba su carrera profesional con tal de defender los ideales. Y, a todas estas, pensemos que hay epidemias, una carencia casi ontológica de pertrechos con los que hacer eficazmente la guerra o una revolución, lluvias, caminos pantanosos que se convierten en intransitables y por los cuales ha de ir pueblo a pueblo pregonándose la vuelta al régimen constitucional…

            Con esos mimbres es con lo que se hace el inicio del Trienio Liberal. Y llaman poderosamente la atención unos cuantos aspectos, que conviene mencionar, aún sin entrar en los jugosos detalles que cada uno de los apartados nos podrían deparar, caso de ser éste del presente trabajo lugar adecuado (por su necesaria limitación de páginas dejaremos volar la imaginación del sufrido lector, sin dar por el momento más detalles) para ello. En todo caso, cabría mencionar 1. Los motivos alegados para desobedecer la orden del Monarca de embarcar rumbo al Nuevo Mundo. 2. Las disensiones, dentro de la propia jerarquía militar. 3. La parsimonia con que se suceden las proclamas en favor del cambio de orientación de la política nacional. 4. Las razones del porqué de nuevo Cádiz, esta vez sin estar el suelo patrio infestado (todavía) por la tropa invasora francesa, es cuna del movimiento en favor del constitucionalismo. 5. El pronunciamiento de Riego. De todo ello nos ocuparemos seguidamente.

            Es fácil, en primer término recopilar en unas pocas las razones que constituyen la ratio decidendi de los sublevados. Hasta tres se manejan habitualmente: uno el mal estado de los barcos, otro, las crueldades de los nativos y criollos para con los combatientes realistas y, el mejor manipulado de los tres, que era la vuelta al régimen constitucional instaurado por las Cortes de Cádiz. El propio Riego, al hacer su proclama en Cabezas de San Juan el 1 de enero de 1820 se hace eco de la situación y habla de buques medio podridos, aún no desapestados, con víveres corrompidos, sin más esperanzas (para los pocos que lograsen arribar a buen puerto) que morir víctimas del clima aun cuando resultasen vencedores. A lo cual debía añadirse[79] que los soldados habían de acordarse de las injusticias cometidas sobre ellos por el Gobierno, ya obligando a los que ya habían cumplido su servicio a continuar con él, ya atrayendo batallones enteros con engaños hasta la orilla del mar.

            De otro lado, y en segundo lugar, destacan las disensiones que en el seno de la propia jefatura del ejército se producían respecto al alcance del movimiento. Riego y Quiroga no parecen entenderse, por mucho que se lancen recíprocas ¡Vivas! al tiempo que dirigen sentidas arengas a sus respectivas tropas. Acaso la contienda principal entre ellos versó sobre el hecho de haber puesto Riego en su bandera, y de haber proclamado en todos los pueblos por donde había pasado, desde las Cabezas hasta el Puerto de Santa Maria, la Constitución de 1812. Ello contrasta con la conducta observada por Quiroga, al cual, no obstante estar en pacífica posesión de la isla de San Fernando desde el día 3 hasta el 7 de Enero, no se le había ocurrido proclamar en aquel punto dicho Código político[80]. El uno al otro se ocultaron, además, relevantes documentos o proclamas, como ocurre señaladamente[81] con la exposición que dirige a Fernando VII Antonio Quiroga con fecha 7 de enero de 1820 en su condición de “órgano” del ejército, en la cual se queja de los “personajes” que rodean al Monarca; le dice que “las luces de la Europa no permiten ya, Señor, que las naciones sean gobernadas como posesiones absolutas de los reyes”; proclama que “el Gobierno representativo es el que parece más análogo a las vastas sociedades, cuyos individuos no pueden materialmente congregarse todos para promulgarse leyes”; sin duda pide “resucitar la Constitución de España”, pues constituye el objeto del ejército sublevado el que sea la Nación, legítimamente representada, la que tenga el derecho de darse las leyes a sí misma. Y pocos días más tarde se reproduce el episodio: Quiroga no consulta a Riego otro documento tan crucial como es el manifiesto del ejército de la Isla de León al pueblo español, de fecha 13 de enero de 1820. En dicha alocución se contienen atinados párrafos que tratan de enervar la idea de un ejército sublevado como sinónimo de desorden (se han respetado las propiedades; se ha mantenido con severa disciplina la tranquilidad pública; y debe esperarse de corazones españoles el respeto a todas las instituciones religiosas). Hay una apelación contundente a la sujeción del ejército a los poderes civiles (“los soldados no son legisladores”). Y termina con una advertencia al pueblo (“si no os aprovechais de semejante ocasión, si no comprendeis todo el valor del rayo de felicidad que comienza a verse, no suspireis, no os quejeis”) y exaltando el valor de la intentona: “cualquiera que sea nuestra suerte, deberá ser envidiada por aquellos mismos que se humillan bajo el soplo de corrupción, y que en su ignominia no escaparán a las persecuciones de un eterno remordimiento”. Lo firma en la citada fecha Quiroga “como jefe y órgano del ejército”[82].

            Hay, además, y lo decíamos al enunciar las cuestiones de las que queríamos ocuparnos, una cierta parsimonia en el devenir de los acontecimientos, aunque el paso del tiempo no tiene para todos los estudiosos de la época la misma significación. Lo cierto es que desde la proclama de Riego hasta el triunfo de las tesis que harán variar de talante a Fernando VII pasan meses, en los cuales hay tropas que deambulan básicamente por el Sur de España, tratando de captar voluntades en favor del Código de Cádiz y designando alcaldes constitucionales en cuanta población se decanta en su favor; hay tropas realistas que de alguna manera rehuyen el enfrentamiento armado con los sublevados. Parece en todo caso cierto que el levantamiento pierde sobre todo en el Sur fuerza y se diluye. Aún así hay autores de primer orden que hablan de la “rápida propagación”, atribuyéndola a que “en el clima de descontento existente a fines de 1819 la aureola legendaria de Riego, que recorre Andalucía, provoca diferentes levantamientos en la Península. Uno en la Coruña (21 de febrero), que se extiende rápidamente por Galicia entera, que queda en poder de los insurgentes; otro en Zaragoza (5 de marzo), otro en Barcelona (10 de marzo), otro en Pamplona. En suma, el movimiento triunfará ante la reacción poco adecuada del poder central frente a este levantamiento general”[83].

Podría dedicarse no poco esfuerzo, desde luego un capítulo largo y sesudo a analizar -y cuál ha sido, marcando, así, su evolución histórica hasta llegar a nuestros días- la naturaleza jurídica del Ejército y su inserción en el seno del Estado Constitucional. Pero en todo caso no parece que hoy pudiéramos repetir la narración y la preocupación de HELLER al dar cuenta (lo estudia en la sección que en su libro dedica a Las ideas monárquicas) de cómo el absolutismo había sentado las bases del moderno Estado nacional. Rescatemos, aunque sea a pie de página, ese texto relativo a esos hipotéticos roces entre Constitución y Ejército en la Alemania de mediados del XIX[84].


Dos.     Una España convulsa en el interior, disruptiva en lo constitucional, colonial en lo exterior.

Unas cosas van seguidas de otras. No es fácil sentar criterio acerca de todo ello, de si unas fueron causa de las demás. Cabría decir que nuestro constitucionalismo nació débil. Que el parlamentarismo se abrió camino con fórceps. Que el peso de la historia del Imperio nos superó. Y que, llegado este siglo XIX y su final, no teníamos Ejército ni suficiente, ni centrado en verdad en su misión única, la Defensa de España. Toda la crisis nos venció, en lo exterior y en lo interior, hasta en el pensamiento. Sí, la frase me parece que resume mucho de lo que entonces se superpuso, ofreciendo una imagen de España convulsa en el interior, disruptiva en lo constitucional, colonial en lo exterior y con un Ejército insuficiente y descentrado.

Acaso sea el momento, siempre como aspecto parcial de interés dentro de lo ya esbozado en apartados precedentes, de dedicar alguna atención complementaria al militarismo/pretorianismo. Y especial mención hemos de hacer al análisis de Madariaga.

“La palabra militarismo no corresponde muy exactamente al fenó­meno español que pretende describir. Adóptase aquí tan sólo para conformarse a un error tradicional que le da, hasta cierto punto, carta de naturaleza. No se trata en España de un fenómeno comparable al de países, como la Prusia de anteguerra, en que una casta militar dominaba la política nacional, sobre todo en materia de defensa y relaciones exteriores, con un espíritu y una intención belicosos. El mal que aflige a España merecería con más exactitud el nombre de pretorianismo, puesto que un cuerpo de oficiales, sin la menor pretensión de formar casta, domina la vida política nacional con poca o ninguna pre­caución en materia extranjera y atento tan sólo a asegurar su propio poder sobre el Estado y a gozar de una proporción desmesurada del presupuesto nacional.”[85].

Tras ese distingo señala nuestro agudo autor otra idea con la que se podrá o no estar íntegramente de acuerdo, pero que tienen su enjundia, como integrante de los posibles “caracteres nacionales”: “El mal es relativamente reciente en España, mas no sin raíces en una tradición añeja y hasta en el carácter nacional. Empiezan a figurar los generales en la política española durante la guerra de la Indepen­dencia. Pausa y meditación merece este hecho: que el pretorianismo aparece en la política española al propio tiempo que España da sus primeros pasos como pueblo libre.”[86].

“Castaños, el vencedor de Bailén, y Riego el primer conspirador, son los primeros nombres de una lista que había de llenar todo el si­glo XIX y aun prolongarse inesperadamente en el XIX. La guerra civil, que, con cortos intervalos de precaria paz, constituyó la ocupación más absorbente de los españoles de 1800 a 1876, y las guerras coloniales, proporcionaban pretextos plausibles para sostener un pie militar que permitía a un buen número de oficiales elevarse a los cargos más altos del Estado mediante el escalafón militar. Hombres como Espartero y Serrano, que llegaron a ser regentes del reino por una combinación de audacia militar, valor personal y éxitos de campaña relativamente fáciles, no se habrían elevado a alturas comparables de haber seguido carreras que necesitasen un ejercicio más que mediano de la fuerza cerebral.”[87].

“El Ejército, además, al establecer la costumbre, que él mismo se encargó de convertir en necesidad, de confiar los Gobiernos generales de ultramar a jefes militares, acaparó cierto número de puestos envidiables, a la par que por medio de audaces intervenciones en la política se alzaba también de cuando en cuando con altos cargos del Estado.”[88]. El elemento trasnacional, qué duda cabe, se convierte en algo con peso específico en nuestro campo de análisis.
 



resumen
 
Pero tampoco hay que magnificar la cuestión. Añade MADARIAGA que “sería erróneo imaginar al Ejército español como una vasta máquina militar poderosamente organizada para alcanzar el mayor rendimiento posible en la guerra a base de la fuerte proporción del presupuesto que consume. Se trata, por el contrario, de una máquina burocrática que gasta la mayor parte del dinero que recibe en personal superior de generales y oficiales, una proporción más pequeña en material y una proporción todavía menor en la prepara­ción técnica de la guerra. De hecho, el Ejército español importa más como instrumento de política interior que como arma de guerra.”[89].

No deja, empero, de haber juicios de valor negativos: “Por un proceso de selección natural atraen a su seno hombres de más temperamento que juicio.”[90], así como otra conexión, esta vez de ámbito interno: “Es natural que el Ejército en todo país tienda a considerarse como la encarnación de la patria, y así el de España se sintió ofendido por las formas nacionalistas que el progreso ciudadano vino a tomar en Cataluña, y en las que veía, no siempre sin causa, un peligro para la unidad de la patria.”[91].

No me detendré mucho más en la cuestión, aunque sí apuntaré, de nuevo con el citado autor, que “el conflicto comenzó a manifestarse en Cataluña cuando, en 1905, una caricatura de pésimo gusto en un periódico catalanista sin impor­tancia produjo una excitación tal en la oficialidad, que la redacción del periódico, invadida por un grupo de oficiales, quedó poco menos que destruida en unos minutos. Las autoridades no tomaron ninguna medida disciplinaria contra los oficiales culpables; lejos de ello, la agi­tación militar así iniciada culminó, tras dos crisis ministeriales, en la llamada ley de Jurisdicciones, que entregaba a los tribunales militares a todo aquel que de palabra o por escrito atacase a las instituciones militares.”[92]. “Desde aquel día el poder de la clase militar en el Estado —poder que en asuntos puramente militares había sido siempre predo­minante— franqueó los límites profesionales y empezó a intervenir imperiosamente en el terreno civil.”[93].
 



Tres.    No podemos olvidar la intervención de los ejércitos en las “guerras civiles” del XIX.

Necesidades inherentes a la restricción de espacio y tiempo impiden analizar con detalle la cuestión. Pero subrayo que es este otro de los elementos que en la España de ese siglo contribuyen poderosamente a ideologizar los Ejércitos españoles, sujetos, así, a más banderías de las existentes hasta ese momento. Ya no serán, por ejemplo, solo ejércitos monárquicos o republicanos, sino ejércitos dinásticos, enfrentados entre sí por obedecer a una u otra sección dentro del sistema monárquico dominante durante todo el siglo[94].

En todo caso, también quiero decir que el “pueblo” estaba más o menos informado al respecto. Un ejemplo ilustrativo: hacia 1869 (en ese momento ya se habían producido las dos primeras guerras carlistas, 1833/40 y 1846/49) un Catecismo político de los que ilustraba con preguntas y respuestas acerca de las cuestiones esenciales constitucionales, contenía este diálogo, relativo al para qué del Ejército: “Maestro. Asunto es este, Manolito[95], que afecta al pobre pueblo como ninguno otro. Para defender nuestro querido hogar, nuestra persona, la de nuestros hijos; para defender nuestro pueblo, nuestra provincia, nuestra Nación; para que se nos administre justicia y no estemos á merced de los malvados; para que se nos eduque en el bien; para fomentar nuestros intereses, preciso es pagar á los hombres que se consagran á la custodia y mejora de tan amados objetos, que exponen su vida por nosotros, que por nosotros se desvelan; á más que estos gastos pueden ser reproductivos, porque los que invertimos en ilustrarnos, nos recompensan con usura; los que empleamos en beneficiar nuestros campos, en enriquecer nuestro país, nos valen más de lo gastado; pero como esto se hace con el sacrificio de nuestro sudor, es preciso evitar gastos supérfluos, y que se hagan poderosos á nuestra costa, hombres sin conciencia, holgazanes y ambiciosos, que sumergirían al pueblo en la miseria por gozar ellos. Por esto, los representantes nuestros, los Diputados á Cortes, tienen la misión patriótica y caritativa de discutir y aprobar ó desaprobar los presupuestos de gastos de la Nación; de tomar medidas para que nada se cobre sin estar autorizado por las leyes que ellos hacen; para determinar las fuerzas de mar y tierra que necesitamos; para no gravar en demasía á los infelices trabajadores, sobre su penosa suerte.”[96].


4.    Cuarta Visión de Ejércitos españoles.
Uno.             Los “golpes de Estado” de los ejércitos en el siglo XX.

En contra de esta intervención activa de los militares en la política, recordemos cómo Pérez de Ayala[97] trata de aherrojar su conducta para asimilarlos al lema de San Ignacio con arreglo al cual tienen los jesuitas que permanecer siempre perinde ac cadáver, disciplinado como un muerto, que se traduce esencialmente en el imperativo de “abdicación definitiva del juicio propio” dado que el militar pertenece no a un organismo sino a un mecanismo, máquina respecto de la cual no es posible al tiempo depender y discurrir críticamente; hay un contrato tácito en cuya virtud se entrega el derecho exclusivo de las armas al soldado y éste abdica de su derecho a opinar en materias sobre las que funciona el régimen gubernamental[98]. Nos narra GARCÍA ESCUDERO[99] una anécdota que acaso cabría elevar a categoría, en el plano que la filosofía de Platón y Aristóteles hacían respecto al asombro. El asombro está en el origen de la filosofía: asombro ante las cosas, ante la realidad, ante la vida; y añadimos nosotros: ¿asombro ante el cinismo? Esta es la anécdota como allí se cuenta: “«El Ejército, que puede alzarse cuando causa tan santa como la de la Patria está en inminente peligro, no puede aparecer como árbitro en las contiendas políticas ni volverse definidor de la conducta de los partidos ni de las atribuciones del jefe del Estado». El texto corresponde a la carta que Franco dirigió a José María Gil Robles, a requerimiento de éste, el 4 de febrero de 1937, para desmentir la «fábula», como se califica en la carta, de que Franco hubiese propuesto un golpe de Estado a Gil Robles cuando éste era ministro de la Guerra.”.

Dos.              Cómo Washington entrega el mando al poder civil.

Sé que en abstracto, en frío, es muy difícil poner coto a esas posibles intervenciones de un jefe militar en la política de un país concreto, sobre todo si éste atraviesa por circunstancias singularísimas, tan especiales que aquél se siente llamado a convertirse en salvador de la Patria, en libertador del País y justo para volver a unas esencias que dicho militar considera definitivamente perdidas o en trance de inmediata desaparición. Pero permítaseme que frente a ello, simplemente lea cómo describe Maurois el momento en que Washington entrega el poder a los representantes del pueblo americano, de forma sobria, llena de símiles y guiños, pero que reflejan que el único sin destocarse es el poder civil[100]: “Washington se despidió de sus tropas en Nueva York el 4 de diciembre de 1783. Los oficiales de su Estado Mayor se reunieron en una taberna. Abrazó a varios de ellos, a la francesa, y luego, en silencio, le acompañaron hasta su barco y, desde la orilla de Nueva York, contemplaron cómo se alejaba hacia la de Nueva Jersey. Muchos lloraban. Se trasladó a caballo a Annápolis, donde estaba reunido el Congreso, y resignó solemnemente sus poderes de coman­dante en jefe. Como todas las ceremonias en las que par­ticipó Washington, también ésta fue solemne. Para poner de relieve la supremacía del poder civil y la soberanía de la Unión, los diputados permanecieron cubiertos. El general pronunció un discurso muy breve. Entregó sus cuentas mi­nuciosas y precisas; recomendó el país a Dios y los ejércitos al Congreso. Unos días después, ya estaba en Mount Vernon, donde pensaba acabar sus días modestamente. En cuan­to al Ejército, el Congreso ordenó su desmovilización, a excepción de veinticinco hombres, que debían guardar las armas y el equipo en Fort Pitt, y otros cincuenta, que de­bían hacerlo en West Point. Para pagar a los soldados, se imprimieron certificados; pero éstos perdieron muy pronto su valor, y más de un beneficiario los vendió a bajo precio.”[101].


5.    Quinta Visión de Ejércitos españoles.

Uno.   Un Ejército con muchas cibersoldados.

La cibersoldado, dirigida por mente privilegiada, capaz de absorber toda la información del potencial o inventado enemigo, servida por una unidad de inteligencia, y auxiliada por distantes/cercanos y en todo caso sofisticadísimos medios técnicos y tecnológicos, está preparada para los tipos de guerra susceptibles de darse hoy. No es futurología, ni ciencia ficción, por mucho que hoy no lleguen en España las mujeres, creo, al 15% dentro de los Ejércitos.

Todo ese entramado de novedosísimas, muy atractivas e inquietantes materias o cuestiones, cuya comprensión y alcance está, creo, al alcance de muy pocos (ello no deja de ser otro motivo de preocupación), está, además, inmerso en varias luchas internas, intestinas, que en muchas ocasiones tampoco se manifiestan al exterior. Suele haber dos vectores en pugna: por una parte, puede haber oposición entre seguridad y derecho. La seguridad la entendemos todos. Respecto al derecho, quiero especialmente subrayar sus dos más importantes elementos: el derecho como norma objetiva que rige nuestras conductas y delimita o limita las capacidades de obrar de ciudadanos y de poderes públicos; y también como derecho subjetivo, como derecho humano, cuya faz más conocida tiene que ver con la dignidad del ser animal racional, al que le son atribuibles haces de capacidades, a respetar por acciones y omisiones de los demás (y, en primer lugar, por todos los poderes públicos que encarnan las competencias que se les encargan por parte del Estado). Por otro lado, la pugna se manifiesta también con otra pareja de elementos: Secreto versus publicidad podrían ser las otras dos representaciones de lo que hablamos. Todo ello constituye riquísimo acervo del Estado en nuestros días. Por ello no puedo sino apuntarlo, dada su relevancia, sin dejar de señalar que hoy, por desgracia, no son ni lugar ni tiempo para el desarrollo de sus mil detalles.

Dos.     Cambios significativos en la España del siglo XXI: más presencia que nunca en el exterior de sus Fuerzas Armadas; funciones no directamente conectadas con la guerra dentro de su territorio (UME y Misiones ONU, etc.).

En reciente intervención[102] he puesto de relieve las dos cuestiones sobre la materia: de un lado, cómo esas Misiones y la dedicación a otras tareas han supuesto cambios de toda índole en nuestros Ejércitos. Y, de otra parte, cómo tal concepción, del todo novedosa en muchos de sus perfiles en esta materia, puede afectar a lo que son considerados por muchos los “principios esenciales” que definen a nuestras Fuerzas Armadas en los diez preceptos que, de forma directa o interpretando el artículo a sensu contrario, les dedica el Texto constitucional español de 1978. Enumeremos, sin más comentarios por nuestra parte, esos cambios y esos principios.

Uno. Los cambios podríamos enunciarlos así:

1.    funcional/territorial.
Se ha pasado de un ejército de sistema nacional, borbónico (incluso anterior), decimonónico, a otro ejército de sistema supranacional, o de vocación internacional; en todo caso, un ejército en que pierde fuerza lo nacional y aumentan exponencialmente las vinculaciones o elementos casi ontológicos de esa índole trasfronteriza.


2.    finalístico/teleológico.
Cubren hoy los ejércitos misiones no estrictamente bélicas de guerra. Se abandona ese campo que antes definía en exclusiva a los ejércitos para adentrarse en otros: restablecimiento, imposición de la paz o mantenimiento de la misma, prevención de la piratería internacional[103].

3.    en la recluta.
Antes “recluta”, y así lo recoge el RAE como tercera entrada, significaba “mozo alistado por sorteo para el servicio militar”. En cambio hoy la selección es entre voluntarios y con proyección a la profesionalidad por muy transitoria que ésta pueda ser y pérdida absoluta del clasismo. De la gleba o conscripción a la vocación por mor de la voluntad.

4.    ideológico.
Los principios de la institución se trocan también de forma sustancial (aunque no pierde jerarquía, lealtad ni obediencia): se cambia el contenido del servicio, al asumir como propios otros en principio pertenecientes a terceros. Y acaso quepa apuntar que se acercan a lo que durante décadas ha caracterizado a la izquierda (solidaridad esencialmente) en muchos aspectos. Tal tendencia se cuestiona por parte de algunos mandos (críticas, por ejemplo, a la U.M.E.)[104].

5.    metodológico.
Creo yo que ahora se analizan más las características ajenas que no las propias: éstas, acaso estandarizadas, no requieren mayor estudio, y sí en cambio las cambiantes del enemigo o potencial escenario de actuaciones.

6.    patriótico.
Abandono del exclusivismo patriótico. Sobre todo propiciado por la imposición -especialmente a través de Textos Constitucionales- de sometimiento al poder civil. La Ley Constitutiva del Ejército de 1821 decía que “el Ejército nace para defender al Estado de los enemigos exteriores y para asegurar la libertad política, el orden público y la ejecución de las leyes”.

7.    en la formación.
Abierto a enseñanzas civiles, sin miradas solo de autcomplacencia hacia sus propias entrañas, y necesitado de cada vez mayor, más amplio y más profundo poliglotismo con el que poder entenderse en unidades u organizaciones donde todos los días se convive con otros Ejércitos de países aliados. Hay, complementariamente, sensación de necesidad de acercar/integrar la enseñanza militar al sistema educativo general, sufriendo, así, un proceso de des-caste.

8.    en el interés por la política (“militarismo”, “pretorianismo”, “cesarismo”).
Ni derecha conservadora o incluso golpista, ni propensión a apoyos pro-revolucionarios. Aunque de todo ha habido (sin ir más lejos hay ejemplos conocidos en todo el siglo XX en España y Portugal), hoy predomina en los Ejércitos una formal asepsia política.

9.    en la indumentaria, símbolos e identificaciones.
Bastará con mencionar casos y brazaletes, su color y el lema “cascos azules” para apreciar lo que queremos significar. Hay uniformes y carros de combate de Naciones Unidas.

10. en el mando (no nacional).
Antes resultaría inconcebible, aun cuando asistiésemos a guerras en que en un lado había un ejército conjunto. Al menos en la intensidad (si no también ontológicamente) ha cambiado la percepción del mundo que tienen los Ejércitos, acostumbrados hoy a esa jerarquía rota en su unidad nacional.

11.en el incipiente asociacionismo.
Hay estructuras “sindicalizantes”. Y además son necesariamente oídas, por imponerlo así su legislación específica, dentro del marco de un Consejo asesor del Ministerio de Defensa.

12. en la “morfología” (si es que se puede utilizar la palabra) o “fisonomía”.
Hombres y mujeres integran hoy, con cierta naturalidad que se va imponiendo progresivamente, los ejércitos de los diversos países. Esa morfología (“forma de los seres orgánicos”) es muy reciente.

13.en la “técnica” usada en todos sus materiales.
De la lanza a la lanzadera. De la adarga al escudo antimisiles. Esos dos simples ejemplos bastarían para constatar la evolución. Se dice que hay 3 erres que cambiaron el Mundo: Roma (y su Derecho) (una gracia, sabiduría); Renacimiento (otra gracia, belleza), y Reforma (otra gracia, armonía).

Hoy habría una cuarta erre, transformadora del mundo (Ejércitos incluidos), la Robótica (que podría incluso englobar esas tres gracias de la sabiduría, la estética y la armonía) que permite minimizar o acaso erradicar el riesgo -otra erre- o exposición, al menos directa, a la acción del enemigo. No olvidemos, además, que según todos los indicios, esa robótica estará accionada por ordenador… o algo parecido.

14. en los acuartelamientos, desconociéndose muchas veces la utilidad de mantener si no la totalidad de los mismos, sí muchos de ellos, pues se duda de cómo serviría tal estacionamiento de tropas respecto de la mayoría del tipo de “guerras” de hoy.

15.de las trincheras y la Línea Maginot al ordenador y al espacio sideral.
Esas dos formas de defensa fijas, ocupando mucho terreno, nos parecen hoy altomedievales o incluso antediluvianas.

16. en el grupo humano al que sirve.
Se crearon los ejércitos -en cualquier etapa de la historia- para la supervivencia de un grupo humano (tribu, pueblo, estado, nación). Hoy ese marco se aleja de lo “consanguíneo/nacional”. El “recipiendiario” del servicio público Defensa no es hoy -al menos en esas Misiones- un con-ciudadano del militar que lo presta.

17.en la igualdad (supuesta).
De las levas, y de la idea revolucionaria de que al ser todos ciudadanos iguales ante la ley todos deben por igual defender a la Patria, pasamos a los ejércitos en que la voluntariedad trabaja unida con la especialización de unos pocos.

            Dos. Y los principios esenciales que pueden deducirse de esas diez citas de artículos de nuestra Constitución de 1978 (8, 25.3., 26, 28.1., 29.2., 30, 62.4., 97, 117.5. y 149.1.4.): su permanencia; su estatalidad; sus vínculos con la violencia legítima; su ser orgánico especialista en el supremo poder de defensa coactivo del Estado; su subordinación al poder civil; la juridicidad/constitucionalidad exigible a todo su actuar y hacer; el predominio en ellos de la disciplina antes que la razón.

            Una última reflexión nos podría llevar muy lejos. Por eso me limitaré a enunciarla: muchos puristas[105] consideran que stricto sensu no es de índole militar la tarea asignada a la U.M.E. Una mirada estrictamente constitucional podría a priori dar la razón a tal concepción, pues será difícil de encajar como servicio que garantice nuestra soberanía e independencia nacional o defienda la integridad territorial o nuestro ordenamiento constitucional.

Tres. Algunas -breves- reflexiones acerca de la Ciberdefensa.

1ª. Dicen que es el quinto de los escenarios posibles como ámbito de operaciones: alfabéticamente ordenados serían aire, ciberespacio, espacio, mar y tierra. Para un pisahormigas,  letrado y poco hábil con los ordenadores como yo, todo lo que no es tierra ya me supera.

2ª. Las operaciones se desarrollan en y a través de los ordenadores. La semántica aquí tampoco ayuda a la comprensión, pues a priori nadie pensaría de primeras dadas que de ahí puedan surgir unas batallas sofisticadas.

3ª. Hoy existe una alta probabilidad de que se produzca y consume una ciberamenaza de enorme impacto.

4ª. Aunque el ordenador sea cauce para algo accesible, público en definitiva, parece que quienes preparan o ejecutan esas posibles ciberamenazas buscan de propósito el sigilo. Otro retruécano de la historia, esta vez por medio de ordenador (¿tendríamos que usar ya la palabra desordenador?).

5ª. En cada país, y en el ámbito de la Defensa, ya empiezan a existir, con tendencia a proliferar, organismos específicos, cuya tarea no es solo defensiva, pues abarcan también el estudio y desarrollo de misiones ofensivas. Enumeraré los más conocidos. Por sus siglas serían cuando menos estos cinco: CCN (Centro Criptológico Nacional, dentro del Ministerio de Defensa), CNPIC (Centro Nacional de Protección de Infraestructuras y Ciberseguridad, Ministerio del Interior), DSN (Departamento de Seguridad Nacional), INCIBE (Instituto Nacional de Ciberseguridad, Ministerio de Economía y Empresa), MCCD (Mando Conjunto de Ciberdefensa, Ministerio de Defensa), amén de la GDT (Grupo de Delitos Telemáticos, de la Guardia Civil) y la Unidad de Ciberseguridad también de la Guardia civil. Es algo desconocido y no por ello menos apabullante.

6ª. Se insiste por los expertos en que somos muy vulnerables y a la vez superciberdependientes.
Seamos o no de Kundera, se nos viene a la cabeza la levedad del ser, y tal flaqueza nos produce un sincero estremecimiento, que, por muy profundo que sea, no puede justificar una postura de desconocimiento del problema.

7ª. Especialmente me llama la atención la denominada “ingeniería inversa”, aunque no deba resultarnos tan raro dentro de nuestro actual panorama,  en que todo, incluido el mundo de los fogones, ollas y cocinar, se deconstruye con facilidad y nos llega con visos de canon, de propuesta atractiva y legitimadora de la práctica que su utilización comporta. Y conste, aviso para los más incautos, que el posible “nihilismo” a que ese uso debería conducir tras tanta operación de destruir sólo debe afectar a los demás.

III.  Unas conclusiones personales.

            Tras mucho recorrido, vayan al final unas reflexiones desde mi personal postmodernidad (acaso un imposible ontológico, dada mi edad y mi formación). Pero, bueno, por si sirven:

   Reflexión propia (quizá desde el desconocimiento): en los cuentos clásicos (Perrault, Grimm, Andersen entre otros) ¿por qué no hay héroes infantiles vestidos de uniforme, a excepción, quizá, del inerme Soldadito de plomo?
Hoy los críos combaten en miles de episodios bélicos en el ciberespacio y con juegos de ordenador. ¿Quién no está seducido -acaso, incluso, abducido- por la Guerra de las Galaxias? ¿Supone cambio de tendencia? Hace 60 años, cuando en la “Prepa” del Instituto Ramiro de Maeztu teníamos que jugar en el recreo, sólo recuerdo dos modalidades “bélicas”: de un lado, policías y ladrones; de otro, indios contra americanos.

   Relectura de “Hazañas bélicas”. No los dibujos -de Boixcar- pero sí los textos de las postguerras -mundiales y civil española- producen sonrojo en nuestras meninges y entendederas de hoy. En todo caso, y a la vista de estas dos primeras píldoras, concluyo que el Ejército no se vende bien, no da con la tecla de lo atractivo para mucho. Y el Dios de la Publicidad gobierna el mundo.

   El localismo, visto a todas horas en las imágenes universales de cualquier televisión, prima sobre un universalismo que rechaza la idea de guerra total, terrestre y extraterráquea. ¿Se impone una guerra desde lo individual?

   Códigos de guerra y de relación: el reciente descubrimiento por el C.N.I. español de las señales encriptadas que recíprocamente se enviaban Fernando el Católico y el Gran Capitán, Rey y Comandante en Jefe de la Fuerza Nacional española (en “misiones” fuera del estricto territorio del ya territorio del “Estado nacional” de la España emergente). El Ejército hace otra Defensa del Estado. En ocasiones, pues, y de nuevo para bien, descubrimos otra utilidad de los Ejércitos y sus maneras de hacer (internet, en el mundo global de hoy, no es ajena a tal imagen)

   “Ejércitos «subnacionales» frente a un “Estado opresor”.”
La Cataluña de la “D.U.I.” versus un Estado europeo. No consuela, pero es verdad: Da por válida la 1ª premisa de la consecución de la necesidad del Estado y la ontológicamente necesaria creación de un ejército permanente, esta vez precisa para servir a la creación de un Estado insurgente, aun conocedor de que supone una huida hacia el vacío. Así las cosas, queda constancia en cualquier caso, aún dentro de episodio desagradable como pocos desde la vigencia en 1978 de la Constitución Española, de esa necesidad de los Ejércitos para el Estado, esta vez puesto de relieve en el marco insólito del “quinquenio secesionista de Cataluña 2013/2017”.

   Que yo conozca, aún no se han multiplicado los emojies de guerra, o vestidos de soldado. ¿Me equivoco? Si es así, pido disculpas, por mi ignorancia, por ser ágrafo en la materia. En todo caso, si los hay no son mayoría. Por eso cabe preguntarse: ¿tiene la humanidad un atisbo de esperanza de que vamos hacia un mundo mejor, o, al menos, no tan destructivo, incluso menos plagado de gestos pre-bélicos? Me someto al veredicto de la realidad, pero creo que la tendencia es a que en esas redes predominan los mensajes amables; y

   Aun dentro de mi ser pacato -en lo personal, social y constitucional de orden- siempre me ha fascinado, he de reconocerlo, el lema revolucionario de 1968 “la imaginación al poder”. Y habrá quienes propongan dar un salto y sustituirlo por un “ejército al poder”, tras reconocer las virtudes (individual y colectiva) que una tropa disciplinada atesora. Yo, por mi parte, celebro tanto el orden competencial que asigna a los Ejércitos el artículo 8 de nuestra Constitución, como las “derivas” que sus misiones internacionales les han impuesto, y esos nuevos partidos que se sacan (internet; descifrados) a los Ejércitos y sus formas de hacer y trabajar.

Ganivet, en su Idearium, opinaba acerca del “espíritu guerrero” y del “espíritu militar”. Y escribía lo siguiente: el espíritu guerrero es espontáneo y el espíritu militar reflejo; el uno está en el hombre y el otro en la sociedad; el uno es un esfuerzo contra la organización y el otro un esfuerzo de organización. Quizás en la mezcla de ambos, y con dosificación adecuada, esté la clave de bóveda del Ejército ideal. Pero ese ejército ideal, hoy, tiene incluso sin resolver su cuestión capital acerca de a qué sirve o para qué debe servir, una vez que se cuestiona si pertenecen a su esencia las dos tareas básicas ya mencionadas de mantener la paz en países extranjeros y restablecer la normalidad tras una emergencia social.

Final:

Y nada más. Muchas gracias… bueno, una cosa más, sí. “A la orden” de todos ustedes; estaré en el primer tiempo del saludo hasta que manden bajar la mano, deseoso de que hayan sacado datos o imágenes sugerentes que vienen de la evolución de nuestros Ejércitos a lo largo de los más de novecientos años desde que en 1099 falleciera el Cid. Y ahora sí, muchas gracias.




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[1] Siempre serví en Infantería. O sea, que fui “pisahormigas”. De tal oficio de armas ha dudado (de su eficacia) el refranero español; basten dos muestras de ello: “caballo ligero, en guerra; hombres de armas, en paz; infante nunca jamás”; “hombres de armas sin jinete, no hacen buena guerra”.
[2] Vid. artículo de la Revista de Derecho Privado de 1961, de J.L. de los Mozos, en el cual subraya esa conexión urbanismo/defensa a partir del modelo del Barón Haussmann durante el Segundo Imperio.
[3] Nuestra vieja Ley Constitutiva del Ejército, de 29 de noviembre de 1878, establecía en su artículo segundo que “la primera y más importante misión del Ejército es sostener la independencia de la Patria y defenderla de enemigos exteriores e interiores”.
[4] Diccionario filosófico, Edición Ana Martínez Arancón, Tomo II, Madrid, Ediciones Temas y hoy, 1995. Voz Ejércitos. Armas. Pág. 16. Es curioso el dato: al publicarse por primera vez se añadía al título un segundo adjetivo calificativo, “portátil”.
[5] Ibid., pág. 17.
[6] Pág. 17 también.
[7] Ibid., pág. 20.
[8] Ibid, pág. 20. Recordemos que el maestro Maurice HAURIOU (Principios de derecho público y constitucional, Madrid, 1929, pág 171) decía que el primer servicio público que se ha pedido al Estado ha sido la defensa de la población civil. Hoy -y así apostillaríamos al cátedro de Toulouse- el Estado internacional reclama ese servicio a Fuerzas reclutadas bajo bandera ONU, o lo prestan los aliados en el seno de organizaciones multilaterales de Defensa. Pero no podemos olvidar el fondo esencial del asunto según el profesor francés: es el servicio público donde tiene cabida y se practica la solidaridad.
[9] Recordaré que el Cid muere el penúltimo año del siglo XI, justo al acabar -en 1099- la Primera Cruzada (otra ce).
[10] Nos dice de No que “lo que distingue a un ejército de una muchedumbre armada es la organización, que constituye con la estrategia y la táctica de las tres ramas fundamentales de arte militar. (Eduardo de No Luis, Nueva Enciclopedia Jurídica, voz Ejército, Tomo VIII, Editorial Francisco Seix, S.A., Barcelona, 1956, pág. 144).
[11] Vid. John LYNCH, San Martín. Soldado argentino, héroe americano, Crítica, Barcelona, 2009.
[12] Historia Política de las dos Españas, Editora Nacional, Madrid, volumen II, 1975, pág. 737 a 753. Los subrayados son míos. El propio autor señala más adelante (ibid., pág. 741) que “un Ejército convertido en pieza clave del sistema político, aunque sólo sea momentáneamente, ni es solamente un Ejército, ni deja que ese sistema sea un sistema normal”.
[13]  Algunos autores y documentos le asignan la consideración de “capitán general del Rey Don Fernando” y “Alférez” del ejército de su hijo Don Sancho el Fuerte. Vid., por ejemplo, parágrafos 144 (pág. 413) y 159 (pág. 421) de Antigüedades de España, propugnadas en las noticias de sus Reyes y Condes de Castilla La Vieja en la Historia Apologética de Rodrigo Díaz de Bivar, dicho El Cid Campeador, y en la Coronica del Real Monasterio de San Pedro de Cardeña, Parte Primera. Compuesta por el R.P.M. Fr. Francisco de Berganza, Madrid, por Francisco del Hierro, 1719, reimpresión facsimilar, Burgos, octubre de 1992.
[14] Aunque la trama y muchos episodios del Cantar son de sobra conocidos, recordaré que a Menéndez Pidal le debemos, qué duda cabe, un elevadísimo porcentaje de cuantos análisis certeros o verosímiles se han hecho sobre el Cid y sobre el Cantar. Breve pero espléndido resumen lo encontramos en estas palabras, apenas ocho líneas: “Rasgos dispersos que la historia conserva nos dejan entrever algo de la impresión que en sus coetáneos había de suscitar la actividad prodigiosamente exaltada del Campeador: sus marchas incesantes y extraordinarias; su ágil acudir a todas las almenas y defensas de la vida por donde el peligro da imprevisto asalto; su rápida y clara visión de las circunstancias más enmarañadas; su certera iniciativa e impetuoso esfuerzo para domeñarlas y conducirlas al arbitrio de la propia voluntad; su incansable pelear; su siempre seguro vencer; su maravilloso espíritu organizador, que de las humeantes ruinas de la guerra hacía nacer en un día, como por encanto, la ciudad floreciente.” MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, El Cid en la Historia, Jiménez y Molina Impresores, 1921, Madrid, pág. 44-45.
[15] Los que inserto a continuación bien podrían ser los versos iniciales del Cantar de Mio Cid (versión propia, febrero de 2018), como contenido de la página primera, perdida, del manuscrito.

1.               Una intriga palaciega                              ha urdido García Ordóñez
contra el Cid, tan fiel vasallo;             que en buen ora cinxó espada.
Ha de dejar casa y tierras,                    de orden del Rey su señor,
                    del que ha perdido la gracia,              muy grande su ira es.
5.               Con sus leales y amigos                         parte el Cid para el destierro.
Es el rey quien se lo manda                 pues los malos mestureros
a Alfonso pronto convencen               de que el Cid se ha apropiado
de las parias sevillanas                           que no todas ha devuelto.
El rencor del rey se plasma en           carta, sello y mensajero
10.            que tras Vivar llega a Burgos              poniendo en conocimiento
de todos los sus vasallos                       un mandato, no un consejo,
de al Cid no darle comida                     ni cobijo ni festejo
que facilite su vida                                    o le eviten el aprieto;
quien tal voluntad no acate                 quede de sus ojos ciego.
15.             Manque el Cid encuentra injusta     esta condena sin riepto
sabe bien que no hallará                       más que envidia y no perdón.
Se lleva sus pertenencias                      las que habrá de usar mañana,
manda ensillar los caballos                  y piensa de cabalgar,
tiene que partir en breve                       el plazo pronto se acaba;
20.            en nueve días no más                              Castilla ha de abandonar.
Hacia Cardeña adeliña                            ha de hablar con el abad
de su mujer y sus hijas                            para las allí guardar.
Comida y también dinero                     no sabe dónde hallará
con los que poder pagar                        a quien le acompañará.
25.            - “Convusco al destierro parto;         -al Criador plegará-
que vuelva mi casa a ver                        y a mi mujer hondrada.
A Elvira y a Doña Sol                                bien las quisiera casar
con buena hijodalga gente                  y de familia cristiana”-
                    No vuelve su vista atrás                         cuando de Cardeña sale,
30              atento está a los augurios                    su mirada puesta al frente.
                    Un manto su yelmo cubre,                  espolea a su caballo
su mano sobre la silla                              tras picarle sus espuelas.

Es posible que los perdidos (en el centro del manuscrito faltan otras dos hojas) sean más. Pero he querido que esos versos fueran 32. Homenaje a mi querido hijo Javier, que nos dejó a esa edad, en su personal “destierro”, inmisericorde para nosotros, seguro que para él glorioso.

[16] MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, Cantar de Mio Cid, Texto, gramática, vocabulario, Espasa Calpe, 3ª parte: vocabulario, pág. 423 y siguientes; 4º parte: texto del Cantar, pág. 907 y siguientes, 1954, Madrid.
[17] La cuestión, no obstante, parece definitivamente zanjada. En 1993 el extraordinario especialista de estas materias cidianas Alberto Montaner pudo tener en sus manos el códice único de la Biblioteca Nacional, y analizó esa zona de la copia con ayuda de un videomicroscopio de superficie y una cámara de reflectografía, y ello, dice, le permitió determinar que en realidad no había nada raspado en esa zona o parte del manuscrito, por lo que no pudo haberse eliminado la supuesta tercera C.
[18] Es conocida la lírica descripción que hace Manuel Machado del episodio de la niña al comienzo del Cantar:
Castilla.
El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde. Al pomo de la espada,
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
“Buen Cid, pasad…! El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!”
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: “¡En marcha!”
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.”
Antonio Machado, más triste que su hermano Manuel en la evocación de nuestro héroe, en el poema A orillas del Duero del libro Campos de Castilla (1907-1917) dice a partir del verso 49 esto sobre España y Rodrigo:
“La madre en otro tiempo fecunda en capitanes
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
Castilla no es aquella tan generosa un día,
cuando Myo Cid Rodrigo el del Vivar volvía,
ufano de su nueva fortuna y su opulencia
de regalar a Alfonso los huertos de Valencia”.
[19] Incluso los títulos de los estudios nos revelan a veces aspectos de esa tendencia: por ejemplo Andrés RÉVESZ, Mio Cid Campeador, primero capitán de España. Hijos ilustres de España, Lecturas para la juventud, Editorial Sánchez Rodrigo, Cáceres, 1ª edición, 1942.
[20] Paula ARENAS MARTÍN-ABRIL, El Cantar de Mio Cid, Edimat Libros, Madrid, 2006, pág. 5 y ss. da cuenta de haber quedado demostrado que ya en 1042 se escribieron veinte jarchas en lengua romanee, por lo que el Cantar habría dejado de ser nuestra primera obra de literatura escrita en vulgar.
[21] Ya a finales del XIX, sin embargo, había documentos que -en contra de Masdeu y de cuantos se empeñaron en negar historicidad al Cid- probaban la biografía de nuestro personaje: los Gesta Roderici Campidocti, la Crónica general, el manuscrito árabe 266 (de Ibn-Bassâm, hacia 1109) que encontró R. Dozy en la ciudad alemana de Gotha permitieron a la crítica separar lo fabuloso de lo real, el Cid de la historia y el Cid de la leyenda. Y recordemos que Dozy era más bien detractor de todo lo cidiano.
[22] Sin más que la mera mención, podríamos enunciarlas así: al servicio de los Beni-Hud reyes árabes de Zaragoza; contra el conde de Barcelona; contra el rey de Aragón; contra García boca de tortuga; guerra de Sancho de Castilla contra el rey de Navarra; alguna posterior a la batalla de Golpejar: Sancho y él atacan a los leoneses victoriosos; el sitio de Zamora; batalla contra los granadinos (Abdalan) por las parias; antes de los destierros, durante ellos, y tras los mismos; en las luchas entre Mutamín y su hermano Mondhir, hijos de Moctadir de los Beni-Hud; la conquista de Valencia; tras su ausencia de Aledo; pero nunca jamás contra el Rey: “no hace armas contra su soberano”; más que la epopeya de nuestra patria propiamente dicha es la primera de la epopeya española.
[23] Poema de Mio Cid, edición de E. Freire, dirigida por José Más y Mª Teresa Mateu, Cátedra, Madrid, 2008, pág. 14.
[24] Indro MONTANELLI, Historia de los griegos, Novoprint, Barcelona, 2010, pág. 90.
[25] OÑATE ALGUERÓ, Paloma de, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, en el libro “El cambio dinástico y sus repercusiones en la España del siglo XVIII”, Universidad de Jaén, 2001, Jaén, pág. 113.
[26] El conde, nombramiento personal y no hereditario, ejercía por delegación del Rey atribuciones militares, judiciales y económicas. Vid Eduardo HINOJOSA, El Derecho en el Poema del Cid, Homenaje a Menéndez y Pelayo en el año vigésimo de su profesorado, Tomo I, Madrid, 1894, pág. 543 y ss.
[27] Sobre la materia especialmente atractivo -en su conjunto- resulta el libro de Dolores OLIVER PÉREZ, El Cantar de Mio Cid. Génesis y autoría árabe, Fundación Ibn Tufayl de Estudios Árabes, Almería, 2008. La autora es hija de quien fuera gran arabista y mi maestro de Literatura en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, Jaime Oliver Asín.
[28] Vid. COROMINAS, op. cit., pág. 241.
[29] Aquí venció la batalla, por lo que se honró su barba.
[30] José AMADOR DE LOS RÍOS SERRANO, Historia Crítica de la Literatura Española, Tomo III, pág. 216, 1864. El subrayado es mío. Amador de los Ríos fue Diputado por Almería en 1863, aunque su presencia en las Cortes no llegó a un año.
[31] Soy ya tan antiguo en esa Casa que formé parte de su Tribunal de Oposiciones, pues a la sazón era Secretario General del Congreso, cargo al que -al jubilarse en octubre de 1979 nuestro antecesor Felipe de la Rica- acumulé el de Letrado Mayor hasta que me sucedió Fernando Garrido Falla, de feliz evocación, especialmente en esta Real Academia.
[32] Pedro COROMINAS Y MONTAÑA, Las ideas jurídicas en el Poema del Cid, Revista General de Legislación y Jurisprudencia, Tomo 97, 1900, pág. 234. Es casi coetáneo con otro clásico de la materia: Eduardo de HINOJOSA, El Derecho en el Poema del Cid, publicado en el libro Homenaje a D. Marcelino Menéndez y Pelayo en el vigésimo aniversario de su profesorado, Tomo I, Madrid, 1899, pág. 593 y ss. El subrayado es mío.
[33] Ibid.
[34] Ibid. pág. 236.
[35] Desde que por primera vez la usara (no con el tinte peyorativo que tuvo después en otros autores) el poeta Quintana, por cierto con ecos muy parlamentarios desde su Coronación, asociada con el Senado, con su hemiciclo.
[36] Vid. María Dolores OLIVER, El Cid
[37] Vid. verso.
[38] OLIVER PÉREZ, Dolores, El Cantar De Mío Cid, Génesis y Autoría Árabe, edita Fundación Ibn Tufayl de Estudios Árabes, España, 2006.
[39] Ibid, pág. 175.
[40] Ibid., pág. 150-151.
[41] Ibid., pág. 129.
[42] Ibid., pág. 118.
[43] Ibid., pág. 79.
[44] Ibid., pág. 25-26.
[45] Ibid., pág. 25.
[46] Ibid., pág. 15-16.
[47] En todo caso, y acaso con su sola figura, ya queda subrayada la relevancia en España del siglo XI. Pero además -y lo pone de relieve José Antonio ESCUDERO cuando analiza la obra de Las Cortes de Martínez Marina (vid., por ejemplo Administración y Estado en la España moderna, Consejería de Educación y Cultura de Castilla y León, Valladolid, 1999, pág. 404)- en ese siglo se producen tres hechos fundamentales: de un lado, que la monarquía se transforma de electiva en hereditaria; de otra parte, que se unen los reinos de León y Castilla; y por último, que la curia recibe nueva organización y mejoras considerables hasta convertirse en Cortes.
[48] Vid, a título de ejemplo el libro de mi compañero Letrado de las Cortes Gaspar Gómez de la Serna, Los viajeros de la Ilustración, Alianza, Madrid, 1974. Coincidencias de la vida, ese es el año de su fallecimiento, vacante que dio lugar a una ampliación en las plazas ya  convocadas para la oposición de Letrados y en la que me cupo el honor de ingresar al cuerpo como número 1 de la promoción, que tomó posesión el siguiente día 2 de enero de 1975.
[49] Gómez de la Serna, Los viajeros, op. cit. pág. 72 y 73. El viaje se hizo en 1752 y sus resultados se publicaron, ya con Carlos III en el trono, como Las empresas literarias del reinado de Fernando VI.
[50] Subraya Paloma de OÑATE ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, en el libro “El cambio dinástico y sus repercusiones en la España del siglo XVIII”, Universidad de Jaén, Jaén, 2001, pág. 109, que bajo el ministerio Louvois el francés se había convertido en uno de los más poderosos de Europa.
[51] Vid. también las dos monografías más relevantes en esta materia en el campo de la España del siglo XVIII: Francisco ANDUJAR DEL CASTILLO, Los militares en la España del siglo XVIII. Un estudio social. Biblioteca Chronica Nova de estudios históricos, Granada, 1991, y Cristina BORREGUERO BELTRÁN, El reclutamiento militar por Quintas en la España del siglo XVIII. Orígenes del servicio militar obligatorio, Secretariado de publicaciones de la Universidad, Valladolid, 1989. También puede consultarse Fernando PUELL DE LA VILLA, El soldado desconocido. De la leva a la “mili”, Biblioteca Nueva, Madrid, 1996.
[52] Paloma de OÑATE  ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, op. cit., pág. 109-110.
[53] Paloma de OÑATE  ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, op. cit., pág. 110, apunta que los tercios de hecho estaban afincados en Italia, desde donde se desplazaban, cuando las circunstancias así lo requerían, a otros puntos de la geografía europea.
[54] Una vez más, vid. Paloma de OÑATE  ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, op. cit., pág. 113.
[55] Paloma de OÑATE  ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, op. cit., pág. 110.
[56] Ibid., pág. 110.
[57] Vid. mi libro En un lugar de las Cortes, Congreso de los Diputados, Madrid, 2006-2007; en él estudio las sedes de Congreso y Senado antes de encontrar definitivo asentamiento o sede fija en Madrid en sus respectivos Palacios de la Carrera de San Jerónimo y la Plaza de la Marina Española (ambas sedes antiguos conventos).
[58] Paloma de OÑATE ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años de reinado de Felipe V, en “El cambio dinástico y sus repercusiones en la España del siglo XVIII”, Universidad de Jaén, Jaén, 2001, pág. 110.
[59] Dice Felipe PÉREZ CAPO, Curiosidades parlamentarias. Anécdotas, sucedidos e historietas, Biblioteca de El Mundo Taquigráfico, Madrid, 1902, pág. 9, que “En España -en Madrid sobre todo- la mayor parte de los edificios públicos, algunos ya desaparecidos, habían sido conventos hasta bien entrado el siglo XIX. Esto prueba tres cosas. Que los conventos menudeaban, que eran excelentes edificios y que estaban situados en los mejores puntos de las poblaciones”.
[60] Paloma de OÑATE  ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, op. cit., pág. 110.

[61] Ibid, pág. 114.
[62] Paloma de OÑATE  ALGUERÓ, Nueva dinastía, nuevo ejército. Los primeros años del reinado de Felipe V, op. cit., pág. 116.
[63] Gonzalo ANES, Economía e Ilustración en la España del siglo XVIII, Ariel, Barcelona, 1969, pág. 148.
[64] La resolución está en el Archivo del Ministerio de Hacienda, Colección órdenes generales de Rentas, tomo 34, folios 75 y 76, según anota el propio ANES, Economía e Ilustración, op. cit., pág. 148.
[65] Ibid., pág. 184. Los subrayados son míos. En ese mismo informe (vid., pág. 186) asegura a su majestad que “estamos rodeados de Franceses en nuestras casas y pueblos…”, mencionando entre otros a “… Militares, literatos, viajeros y otros…” que forman “una multitud capaz de seducir toda clase de Personas y estados, y especialmente en los Pueblos y Vasallos atrahidos de las dulces esperanzas de libertad, de no pagar tributos, y de igualarse las gentes más humildes a las más Grandes y elevadas”. De nuevo los subrayados son míos.
[66] Me refiero a las Ordenes Militares.
[67] Gaspar GOMEZ DE LA SERNA, Los viajeros de la Ilustración, Alianza, Madrid, 1974, pág. 116.
[68] Lo cita el propio GOMEZ DE LA SERNA, Los viajeros, op.cit. Los subrayados son míos.
[69] Lo cuenta Raúl GUERRA GARRIDO, en Canal, 1998.
[70] Luis SÁNCHEZ AGESTA, Historia del Constitucionalismo español, I.E.P., Madrid, 2ª edición, 1964, pág. 173 y ss.
[71] Ibid., pág. 176.
[72] Ibid., pág. 178.
[73] Ibid., pág. 182.
[74] Voz “Ejército” en Diccionario político y social del siglo XIX español, directores Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes, Alianza editorial, Madrid, 2002, pág. 263-264.
[75] Lecciones de Derecho constitucional, 1821, Prólogo, pág, XVI.
[76] Salvador de MADARIAGA, Bolívar, Tomo II, Madrid, Espasa Calpe, 1975, pág. 76.
[77] José Luis COMELLAS GARCÍA-LLERA, El Trienio constitucional, Madrid, Rialp, 1963, pág. 22-23.
[78] Nicolás PÉREZ-SERRANO JÁUREGUI, El Himno de Riego (que fue presidente de nuestras Cortes) como símbolo político. Los hijos del Cid, en el Libro del Segundo Centenario de la Constitución de Cádiz, Senado, julio 2011.
[79] Vid. Fernando ÁLVAREZ BALBUENA, Rafael del Riego, op. cit., pág. 17 y siguientes.
[80] Véase para todo ello Manuel Fernández Martín, Derecho Parlamentario Español, op. cit.,  pág. 692.
[81] Lo recuerda el propio Fernández Martín, Derecho Parlamentario Español, op. Cit. Pág. 696-698, en que puede leerse íntegramente.
[82] Tomo de nuevo las citas de Manuel Fernández Martín, Derecho parlamentario español, op. cit. pág. 714-716.
[83] JOVER ZAMORA, José María; GÓMEZ-FERER MORANT, Guadalupe, y FUSI AIZPURÚA, Juan Pablo, España: Sociedad, Política y Civilización (Siglos XIX y XX), Madrid, Debate, 2001, pág. 57-58.
[84] Hermann HELLER, Las ideas políticas contemporáneas, Labor, Barcelona, 1930, páginas 47 a 49. “En la política interior prusiano-alemana no ha podido abrirse nunca paso en el ideario de los monarcas, la idea del Estado Constitucional de Derecho que pug­naba con la creencia de que el Monarca era anterior y superior a la Constitución. Federico Guillermo IV aquel monarca de quien proviene la famosa frase de que la Constitución era una hoja de papel, y de que en Prusia no debían jamás gobernar el Rey y el pueblo ateniéndose a sus artículos, hubo de decidirse finalmente en 1850, después de haber violado repetidamente sus promesas de Constitución, y ante los insistentes requerimientos de sus ministros a jurar la nueva Constitución. Ahora bien, quería, cuando menos, establecer una reserva en el párrafo final del discurso del trono, que casi hubiera equivalido a la pretensión de poder, en caso dado, su­primir la misma Constitución, Finalmente incluyó en el discurso del trono la siguiente frase: «En Prusia el Rey tiene que gobernar, y yo no gobierno por ser este mi capricho ¡bien lo sabe Dios! sino por mandato del Altí­simo». Guillermo II habló con Hintze, en una ocasión, de cierto testamento político de Federico Guillermo IV, que había de ser presentado a cada uno de sus sucesores inmediatamente después de subir al trono y antes de prestar el juramento de lealtad a la Constitución. En este testamento se exhortaba con gran insistencia al futuro monarca a que no se atara las manos con un juramento constitucional. Guillermo I, siendo Príncipe de Prusia, pidió en 1857 consejo a Bismarck, de si al comenzar a reinar tenía que reconocer la Constitución, y al subir al trono quiso que los Estamentos de las provincias le rindieran homenaje, según las formas del ab­solutismo feudal. Al advertírsele de lo inconstitucional de tal proceder se contentó con una coronación solemne, que por cierto no tuvo lugar en Berlín sino en el tradi­cional Königsberg, donde, tomando la Corona del Altar por su propia mano, declaró netamente que la debía a Dios, y añadió que por su propia voluntad renunciaba al obligado homenaje. Aun en 1866 jugaban círculos muy influyentes con la idea de un golpe de Estado ab­solutista, y hasta parece ser que la mayoría del Minis­terio de entonces se mostraba inclinado a la realización de esos planes.
Es posible que este caso se diera, porque, según la concepción prusiano-alemana, la fuerza más poderosa del Estado, el ejército, no estaba incluida en la organización jurídico-política. En el ejército predominaba la idea de que era un séquito personal feudal del Monarca, con­cepción que ya en el Estado federiciano se tenía por anticuada. Guillermo I declaró, en una ocasión, que era «odioso» que el Landrecht de Federico calificara a los oficiales de funcionarios del Estado, cosa que debía rechazarse en atención al juramento de la bandera. Esta concepción era aún corriente en el cuerpo de oficiales durante la guerra mundial. Esta mentalidad se explica sabiendo que para el nombramiento de los jefes del ejército no regían preceptos constitucionales. Pues constitucionalmente el ministro de la Guerra de Prusia hubiera debido refrendar los nombramientos y ascensos, y responder de ellos ante el Landtag. Pero, en reali­dad, en la parte más importante de la administración militar subsistía el absolutismo, es decir, que dependía sólo del absoluto «Jefe Supremo del ejército». Federico Guillermo IV creó para este fin, bajo la forma de «jefes del gabinete militar », un organismo central sometido directamente a sus órdenes, que supeditado al prin­cipio sólo formalmente al ministro de la Guerra, desde 1861 de hecho, y desde 1883 de derecho, fué transformado por Guillermo I en inmediata dependen­cia del monarca. Así quedaba completamente fuera de la Constitución todo lo relacionado con la composición del Cuerpo de oficiales”.
[85] MADARIAGA, Salvador de, España. Ensayo de historia contemporánea, undécima edición, Espasa-Calpe, 1978, Madrid, pág. 136. Apunta Rodrigo BORJA que militarismo “es la abusiva injerencia de las fuerzas armadas, como institución, o de sus miembros in­dividualmente, en la conducción política de un Es­tado. Es también el sistema de privilegios que, en algunos países, se concede a los elementos militares.” (Enciclopedia de la Política, Fondo de Cultura Económica, 1997, México, pág. 648)… “Pero el militarismo es más que eso: es el afán por el poder político, por el mando social y por los privilegios. Considera que “lo militar” es la esencia misma del Estado y entrega a los militares poder de mando y decisión. Eleva el gasto militar y promueve el armamentismo. Lleva implícita la trans­posición de principios y formas de comportamiento específicamente castrenses a otros ámbitos socia­les, en que resultan extraños e inadecuados. Por tan­to, el militarismo no solamente es la toma del po­der sino también la imposición a la sociedad de los valores y categorías castrenses.” (Ibid.).
[86] Ibid., pág. 136.
[87] Ibid., pág. 136-137.
[88] Ibid., pág. 137.
[89] Ibid., pág. 137.
[90] Ibid., pág. 137-138.
[91] Ibid., pág. 138.
[92] Ibid., pág. 138.
[93] Ibid., pág. 138.
[94] Dice Juan Francisco FUENTES en Diccionario político y social del siglo XIX español, Alianza editorial, Madrid, 2002, pág. 265, que la “con­fluencia entre la guerra carlista y la Revolución liberal —y la decisiva participa­ción de los militares en una y otra—, más el rápido descrédito de los partidos po­líticos y el prestigio que el Romanticismo otorgó a valores como el heroísmo y el sacrificio personal contribuyeron a hacer del Ejército la principal referencia de la sociedad española en un momento de vacío de poder y aguda crisis social. Los sectores más progresistas verían en él una institución de raíz popular y, como tal, el único cauce que permitía expresar, siquiera fuera por la vía del pronunciamien­to, la verdadera voluntad nacional.”
[95] ¿No es un delicioso y digno precedente del inefable: “Manolito gafotas” creado por Elvira Lindo?
[96] La cita pertenece a La Constitución española puesta en sencillo diálogo, y con explicaciones convenientes, para la inteligencia de los niños y del pueblo, se destina a las escuelas de primera enseñanza y a las de adultos, por D. Gabriel Fernández, Director del periódico La Educación, Imprenta M. Minuesa, Madrid, 1869, pág. 328-329 y está contenida en el volumen Catecismos políticos españoles, arreglados a las Constituciones del siglo XIX, edición facsímil, Comunidad de Madrid, 1989. Para observar la actitud popular en el transcurso de las guerras carlistas, y cómo cambiaba según qué ejército atacara (el de los carlistas o el de los “constitucionalistas”), vid. el testimonio personal que presta C.F. HENNINGSEN en su biografía sobre Zumalacárregui, Colección Austral, Madrid, 1947, núm. 750, traducción y prólogo de Román Oyárzun. Tomo de  nuevo la voz de J.F. FUENTES en Diccionario político y social del siglo XIX español, Alianza editorial, Madrid, 2002, pág. 265; para cerrar la idea de que “El comienzo, a partir de 1840, de lo que se ha dado en llamar parlamentarismo pretoriano (R. Carr) o régimen de los generales (J. Pabón), con Espartero y Narváez como principales protagonistas, complicó aún más el encaje de las fuerzas armadas en el nuevo Estado liberal, cuya propia existencia empezaba a ser consi­derada por algunos militares como fruto del sacrificio del Ejército en la guerra y en la Revolución.”
[97] Ramón PÉREZ DE AYALA, La nueva historia de España, dentro del volumen “Escritos políticos”, que editó Alianza, Madrid, 1967, pág. 149-151.
[98] Ramón PÉREZ DE AYALA, La nueva historia de España, op. cit., pág. 151.
[99] José Antonio GARCÍA ESCUDERO, Historia Política, op. cit., Tomo II, pág. 743.
[100] Obviamente antes de eso, a finales de 1781, Lord Charles Cornwallis, general de la tropa británica, se rinde a George Washington y le entrega su espada tras la definitiva batalla de Yorktown.
[101] MAUROIS, André, Historia de los Estados Unidos, en “Obras completas”, en “Los Clásicos del Siglo XX”, Plaza & Janés, 1961, Barcelona, 1355. El ya citado GARCÍA ESCUDERO nos aporta -Historia política, op. cit., volumen II, pág. 748- una posición interesante respecto a cómo ese excesivo militarismo puede estar más o menos justificado desde posturas de izquierda en la historiografía militar y tras haber traído a colación a Balmes (en su artículo sobre la preponderancia militar de 1846): “La preponderancia militar es también el tema que estudia Payne en su libro «Los militares y la política en la España contemporánea». Pues bien; Payne, que era ya conocido por su historia de la Falange; que, sin ser de ninguna manera un sectario, tampoco es un amigo de la Falange, ni del Ejército, ni del régimen de Franco, y cuyo testimonio no puede ser sospechoso de militarismo, tiene que poner al principio de su libro estas palabras: «el Ejército se convirtió en un factor fundamental de la política, no tanto porque los militares fuesen ambiciosos o voraces, sino porque la sociedad política española se había quebrado»; y al terminar su concienzudo estudio, lo resume así: «el vacío institucional existente... hizo casi inevitable que la fuerza, organizada o no, ejerciera una influencia primordial».”. Sólo un poco más allá en el tiempo, el 4 de mayo de 1802, se dirige Napoleón al Consejo de Estado y sostiene que “L’armée c’est la nation”, nueva versión de la conocida expresión de Luis XIV, esta vez pronunciada por el “Soldado Sol”: el ejército es la nación. En todo caso, en la narración de Maurois lo que está en juego es la devolución, al poder civil de la legitimidad para actuar. Y ello me recuerda lo que nos cuenta ZSCHIRNT, Christiane, Libros, Todo lo que hay que leer, Editorial Taurus, 2004, Madrid, acerca del tránsito de dinastía en Gran Bretaña tras la Revolución de 1688: ““Los dos tratados de Locke constituyen un impresionante ejemplo de cómo la teoría y la realidad se influyen mutuamente. La «Gloriosa Revolución» de 1688 transformó Inglaterra en una monarquía cons­titucional mediante un golpe pacífico: varios renombrados dirigentes (entre ellos, el propio Locke) solicitaron ayuda a Guillermo de Oran- ge, yerno del monarca en funciones Jacobo II, y le instaron a ocupar el trono. Desde Holanda, Guillermo atravesó con su flota el Canal de la Mancha, arribó al sur del país y se dirigió a Londres. Ante semejan­te despliegue, Jacobo se dispuso a huir, no sin antes arrojar al Támesis el símbolo de la legitimidad del rey, el «gran sello». Es probable que, con este acto, Jacobo pretendiese impedir que su sucesor gozara de legitimidad. Sea como fuese, el hundimiento del sello real en el agua resultó una metáfora de la transformación política que se aveci­naba en Europa.”
[102] Mesa Redonda. San Lorenzo de El Escorial, en el Seminario Paz, Seguridad, Derechos Humanos: Las Misiones de las Fuerzas Armadas en el Exterior, julio de 2018.
[103] Con su fina ironía nos recuerda el Marqués de Tamarón lo siguiente: “Hoy en día los ejércitos se toman muy en serio eso de que el primer deber de un militar no es morir por su patria sino procurar que el enemigo muera por la suya. (Santiago de Mora-Figueroa, Pólvora con aguardiente).
[104] No puede olvidarse que “Las Fuerzas Armadas son, por su propia naturaleza, depositarías de los medios de fuerza y administradoras de la violencia; son constitucionalmente las responsa­bles de la defensa material última del Estado.” (SUÁREZ PERTIERRA, Gustavo, La reforma de la enseñanza militar en España, en el libro “Constitución y Derecho Público. Estudios en Homenaje a Santiago Varela”, Tirant lo Blanch, 1995, Valencia, pág. 484).
[105] En las actuaciones de la Subcomisión de Tropa y Marinería creada en el seno de la Comisión de Defensa del Congreso, y que tras dos prórrogas, tiene prevista concluir sus trabajos a 30 de septiembre de 2018, hay opiniones de expertos que se expresa en esos términos.