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7 de abril de 2014

ALFONSO AIJÓN

De la promoción 1948 del Instituto Ramiro de Maeztu, un referente en la difusión de la música clásica en Madrid
Dos artículos de el País, recopilados por José Luis Cerdán
El País, 14 de Junio de 1988 y 22 de Diciembre de 2012
ROCÍO GARCÍA y Daniel Verdú  Madrid 

Tiene una historia casi de ensueño, en la que se entremezclan la música, los viajes y la suerte. Ha sido minero y enterrador en el Rhur, agricultor en Francia, leñador en Austria, canciller en Rumania, pastor de búfalos en Japón y periodista radiofónico en distintos países. Desde 1970, año en el que promueve la agencia musical Iber música, se dedica a traer a nuestro país a las mejores orquestas del mundo, lo que le ha acarreado enormes deudas que espera cubrir en 1992 y retirarse a las Alpujarras. Montañero y caminante incansable, se muestra más orgulloso de haber sido el primer español que coronó una cima del Himalaya, en 1962, que de haber traído a España a la Orquesta Filarmónica de Viena.
Este madrileño de 57 años reconoce que la suerte ha sido uno de los elementos esenciales de su vida.
De suerte califica su paso por el instituto Ramiro de Maeztu con estupendos maestros, donde le llevaban dos veces a la semana al Museo del Prado y donde, con 11 años, oyó por primera vez los cuartetos de Beethoven. De suerte califica también la época en la que ha vivido, "mejor que la de ahora", donde no existían los vuelos charter y donde cada semana se podía trabajar en un sitio distinto. Esto fue lo que hizo cuando, en 1956, salió de nuestro país agobiado por la situación interna, iniciando entonces sus aventuras viajeras que le han llevado a conocer todo el mundo. "Con techo y comida era capaz de ir a cualquier sitio", dice mientras cuenta maravillas de la Rumania que conoció en 1958, en la que todavía no existía Drácula ni la doctora Aslan"; de la China de Mao Zedong, en 1961; del Nepal de 1962, donde el rey sólo tenía un kilómetro de asfalto en Katmandú, y sobre todo, de sus caminatas interminables desde Turquía a Nepal, acompañado solamente de guías y unos cuantos porteadores, la última de las cuales la ha realizado en el mes de marzo.Y entre medias, el mundo de la música, otra de sus pasiones desmedidas. Fue secretario técnico de la Orquesta de la Radiotelevisión Española de 1965 a 1968, y trabajó en Radio Nacional, donde consiguió en 1970 el Premio Nacional de radio por sus programas del aniversario de Beethoven. Para explicar otra de sus aventuras, la de promover una agencia musical, Ibermúsica, se remonta a los años sesenta y cuenta que entonces venían a España jóvenes entonces desconocidos y hoy grandes figuras, como Claudio Abbado, Zubin Mehta y Daniel Barenboim, a los que después de sus actuaciones, "nadie les hacía ni caso, se quedaban solos en el escenario y entonces yo me acercaba a ellos y los llevaba de copas, a conocer Madrid y los metía en mi casa" Posteriormente, estos contactos le ayudaron al éxito de Ibermúsica, con la que reconoce haber logrado que la vida sinfónica en Madrid y Barcelona sea superior a otras ciudades europeas, y la imposición de una condecoración muy especial: su ingreso en la Orden del Imperio Británico.
Ibermúsica se fundó en 1970, al principio con recitales de solistas —“son más complicados que una orquesta de 100 músicos”— y más adelante como ciclo sinfónico. Antes había sido el primer director técnico de la orquesta de RTVE y un montón de cosas más por medio mundo. Apunten: enterrador, pastor de búfalos en Japón, minero, cónsul honorario, periodista, obrero de la carretera panasiática y… banquero. “Esa fue la peor experiencia de mi vida”. A la vuelta de todo aquello, se embarcó en la promoción musical en un país donde la gran referencia hasta la fecha había sido el legendario Ernesto Quesada, un cubano de “cerebro prodigioso”. Siendo representante de los pianos Steinway montó un imperio: Conciertos Daniel. “Tenía los mejores artistas, pero también la mala fortuna de las guerras. Es el padre de todos: el de la agencia Vitoria, de Felicitas Keller, y el mío”.
A la mayoría de estrellas que han desfilado por alguna de las salas de Madrid donde se ha celebrado el ciclo (María Guerrero, Teatro Real, Auditorio, La Zarzuela) les conoció cuando empezaban. A su gran amigo Barenboim, a Zubin Mehta, Zimmerman, Maria João Pires… A muchos otros, como Pierre Boulez, les trajo él por primera vez. “Ha cambiado el panorama musical en España y, por consiguiente, en Europa. Tiene una creatividad, un gusto y una elegancia excepcionales”, dice de Aijón el director y compositor francés. Simon Rattle le llama “el Obama de la música de hace 40 años” y Evgeny Kissin, simplemente, “el mejor impressario del mundo”. La única gran espina que ya nunca podrá quitarse es la del pianista retirado Alfred Brendel. “Felicitas [la gran agente de músicos, ya fallecida] nunca me lo quiso dejar”, lamenta.
Los rusos, en cambio, se le dieron muy bien. Una mañana recibió una llamada. Al otro lado, un soviético le contó en inglés que era violinista y su agente le había dejado tirado en el hotel Palace, sin un duro y sin billete para continuar la gira por EE UU. En el minibar no quedaba una maldita almendra: “Me han dicho que usted puede ayudarme”. Era el violinista Vladimir Spivakov y Aijón le pagó la estancia y el billete. Cuando el músico volvió a la Unión Soviética y habló de su generosidad, las pesadas puertas de la agencia estatal rusa se abrieron para el empresario español. “Traje a la orquesta del Marinski por primera vez, cuando era el Kirov. Y a Baryshnikov, que no lo conocía nadie y venía vestido de mala manera... Pagábamos a un artista 5.000 dólares por concierto y lo máximo que recibían, incluso el mismo Rostropovich o Richter, eran 175 dólares. Estaban muy vigilados, pero cuando veíamos un hueco, daban un concierto que no declaraban: le llamaban ‘tocar con la mano izquierda’. Muchos de los músicos vivían de eso y su gratitud ha sido infinita”.
Así fue construyendo un gran ciclo y una fiel afición: una de sus grandes obsesiones y decepciones con el tiempo. “La música antes era una necesidad. Se trataba de aficionados más sacrificados, entusiastas y agradecidos. Todavía en los 70, cuando empezó Ibermúsica, había gente que dormía a la intemperie y daba dos vueltas alrededor del Teatro Real para tener una entrada. ¿Los jóvenes hoy? No necesitan la música. Empiezan a ir a los 40 y tantos. ¿Por qué nos gastamos tanto trabajando para ellos? Es pura demagogia. Yo regalo las entradas a escuelas de música y no vienen a no ser que sean Zubin Mehta o Barenboim. No es un problema económico. Las nuevas generaciones, en general, no tienen concentración de más de tres minutos. ¿Cómo van a ver una sinfonía de Bruckner? Es una cuestión de evolución y un gasto inútil”.
Y lo que circunda la música también. Por ejemplo: la crítica, cuya decadencia llega, según él. con la irrupción de Federico Sopeña y muchos otros que, salvo algunas excepciones, tiraron más de reflejos y literatura que de conocimiento musical. “Además, ¿a quién le importa que un señor ponga mal a la Filarmónica de Nueva York cuando ya están en su país y la gente les ha aplaudido a rabiar. No sirve para nada”, sostiene. ¿El futuro de los conciertos? Bajará la calidad. Sin abonos, sin compromiso, no se puede programar como este año, cree. Vamos a menos y a una apuesta por los grandes títulos y nombres del repertorio, que son los que llenan la sala. “Lo nuestro se acaba. La gente se apunta a lo conocido. La integral de las sinfonías de Bruckner o Mahler se ha vuelto inviable. El pasado domingo vino la London Philharmonic con Jurowski y la Quinta de Mahler: 250 entradas sin vender”. Aunque parezca increíble, programar a Mahler todavía es arriesgado.
La mayoría de orquestas españolas han pasado por Ibermúsica (no lo han hecho ni lo harán la ONE y la de RTVE, “son de Madrid y se puede ir a verlas por precios baratísimos”). Pero para Aijón hay demasiadas formaciones y no cumplen su función. Una burbuja. Y los músicos de nivel siguen yéndose fuera. Por muchos motivos. “Los catedráticos de conservatorio han sido músicos fracasados. Faltan buenos profesores y sobran orquestas. Durante mucho tiempo se trajeron músicos del este de aluvión para llenarlas. Intérpretes mediocres que luego se han repartido las audiciones. La Filarmónica de Berlín ha contratado en plaza fija a un viola murciano que dos semanas antes había sido rechazado por la ONE”.
La primera vez que Aijón trajo a la Joven Orquesta Mahler, Claudio Abbado se extrañó de que no hubiera una nómina de buenos intérpretes jóvenes en España. “¿Dónde están?”, preguntó el maestro. Hoy, la formación tiene a 26. Todo ha cambiado. Pero no del todo. “El problema ahora es otro. ¿Dónde van a ir todos los jóvenes instrumentistas de Europa cuando las orquestas están desapareciendo de cinco en cinco en cada país? Si esos chicos piensan que van a vivir del instrumento lo llevan claro. No hay posibilidades, es otra cultura”.
A menudo, se le escapa ese tono apocalíptico escondido en alguna de las frases. Como si estuviera cansado de todo. Como si este ya no fuera su mundo. Pero ni él mismo acaba de creérselo. Tiene planes para los siguientes 10 años. Y la temporada próxima, ya lo verán, ha vuelto a cometer otra de sus fantásticas locuras.
"Socialista de corazón y no de cuerpo", Alfonso Aijón, separado de una pianista y padre de dos hijos dedicados a la música, es partidario de que el Estado no subvencione los buenos conciertos. 'El que quiera oír un buen concierto, que lo pague, como se paga un partido de fútbol, o una buena comida, o una corrida de toros", y que, en cambio, el dinero público se destine a la educación musical







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