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16 de abril de 2013

El mejor regalo para un nieto: un perro, por Ildefonso Arenas


A nuestra edad ocurre de vez en cuando que nos regalan un nieto. No es frecuente porque hoy en día la gente se reproduce mucho menos, pero aún así es un episodio generalmente inevitable. En otros tiempos, aquellos patriarcales tan olvidados como extinguidos, el abuelo común solía juntarse con al menos una docena de temerosos retoños en tercera generación, con lo cual no quedaba más remedio que adoptar una prudente actitud distante, pero en estos que vivimos raro es el yayo que padece más allá de dos o tres nietos, con lo cual, y a veces hasta con placer, nos involucramos en sus vidas mucho más de lo recomendable. Influye poderosamente que ahora vivimos bastante más tiempo (en general), y solemos hacerlo en mejor forma, y también que nuestros hijos andan peor de recursos que nosotros en nuestras etapas reproductivas, que no a sus mismos años (otro vicio de la gente moderna es procrear a edades un tanto desaconsejables, con lo que a veces parecen más los yayos de sus hijos que sus padres), y como aquellos dulces tiempos de casoplón con siete chachas se han ido para no volver, a la que les surge una necesidad, o una conveniencia, se le enchufa el nieto al yayo/yaya y a otra cosa. No solemos gruñir mucho, porque además de comprender sus dificultades lo cierto es que acabamos por coger cariño a los mamones (también es verdad que hoy en día tampoco maman mucho, los pobres; desde que la teta mercenaria cayó en desuso, y dado que sus madres trabajan -una desdicha más de la liberación femenina, un día u otro caerán las mujeres en la cuenta- se crían a fuerza de química), lo cual nos lleva a interesarnos no sólo por su salud (al igual que los abuelos que en su día padecimos nosotros mismos, los cuales rara vez pasaban de ahí), sino por su educación y su seguridad. De estas dos últimas cosas era de lo que pretendía charlar un rato. En nuestros tiempos era frecuente padecer un considerable número de hermanos, los cuales, sumados a los primos, que también eran muchísimos, nos enseñaba desde pequeñitos que no estamos solos, que no vivimos solos y que no queda más remedio que acostumbrarse a compartir. El grupo, además, te protegía. Si bajabas a la calle solía ser en compañía de la manada familiar, de modo que los indeseables/adorables amigos y compañeros de juego que nos esperaban en La Calle sabían que formábamos parte de un clan, de modo que se tentaban bien la ropa en la poética hora de las agresiones. Hoy en día todo eso ha desaparecido. El niño normal que hoy en día disfrutamos suele estar solo (en el sentido de ser hijo único), y cuando hay suerte rara vez pasa de tener un hermano, y eso cuando no es el fruto de una pareja rota y se ve forzado a compartir casa, y a menudo cuarto, con otro fruto de pareja rota que se ha ido a vivir con papá/mamá. Eso da lugar a que los nietos de hoy tiendan a ser difíciles, mostrando en general una tendencia muy acusada al egoísmo y a la intolerencia que les pasará factura el día de mañana, en su vida personal, en su vida social y en su vida profesional/laboral. De ahí que os recomiende un tipo de regalo no ya opuesto a las consolas y las playstations, que si algo fomentan es esa misma introspección, antesala del egoísmo más helado: un perro.

Un perro es un ser pequeñito con el que se juega y al que se le suele coger cariño de un modo instantáneo, pero al que una vez se pasa la novedad deja de hacérsele caso, de modo que la infortunada madre o el infeliz padre (el astuto yayo debe quitarse de en medio cuanto antes) han de ocuparse de sus cosas. Esto es lo usual cuando se regala un perro de raza inadecuada, lo cual es el error más grave que se puede cometer, pues el efecto que se consigue es el contrario del que se persigue. El perro, para un niño pequeño, además de ser una cosa con la que se juega y a la que se quiere más o menos desmayadamente, debe tener una utilidad funcional, y la primera y principal es proteger al niño. Un cachorrito de dos meses no protege a nadie, pero un perro de año y medio, si está bien elegido, es el compañero perfecto, y no sólo por devoción, sino porque lo será hasta un edad en que su propósito funcional ya no será tan necesario.

No pretendo largaros un rollo sobre perros y sobre razas. Prefiero ir a las conclusiones y sacaros de dudas: si queréis regalar a vuestros nietos un seguro de vida ambulante, que les vacune de egoísmos y egocentrismos, compradles un perro de pastor. Si además queréis que no se vuelva loco entre las paredes de un piso pequeño, que no sea de gran alzada. Si queréis que les proteja y les quiera de verdad, que sea de una raza estable, antigua y demostradamente inteligente. Si además queréis que la protección sea eficaz, al punto de que sea capaz de matar por el nieto, o dejarse matar por el nieto, ya no vale cualquiera. No son muchos los que cumplen con este pliego de condiciones. Simplificando, yo diría que sólo las cumple uno: el puli.

Muchos de vosotros ahora diréis 'y qué carajo es un puli'. Bien, pues ahí va: es un perro de pastor húngaro, de unos quince kilos cuando es adulto, extremadamente inteligente (capaz de reconocer hasta 70 palabras, dicen sus criadores), cariñoso y dulce con sus amos, desconfiado y hosco con los extraños, capaz de conducir él solo rebaños de 500 ovejas (lo normal es que lo hagan entre dos o tres pulis), asombrosamente saludable, por completo multiclima (le dan igual las estepas heladas que las praderas soleadas) y, llegado al caso, capaz de cargarse un lobo de una sola dentellada. Pese a ser un perro de trabajo y grandes espacios se adapta bien a una vida de piso pequeño y contadas horas de paseo, siempre y cuando le deis un rebaño para cuidar, y por incomprensibles misterios de la mentalidad perruna el niño de la casa es el rebaño en el cual es capaz de volcar una devoción inaudita.

Problemas: sus características fisiológicas, el manto y todo eso, le hacen funcionar como una mopa que anda. Ojo con las nueras, pues. De cachorrito es tan adorable como todos, pero a la que crece y le asoma la pelambre hay que cuidársela con más esmero del usual, porque si no va dejando un reguero de polvo por la casa. De ahí que sea bueno vendérselo, a las nueras (o a las hijas), como un animal muy bonito y que bien cuidado gana todos los concursos que se le ponen por delante, tanto si es de manto blanco como si es de manto negro (también los hay grises, pero son carísimos), que las crías, si el pedigree es bueno, redondean cualquier presupuesto familiar, y que a fin de cuentas las pequeñas pejigueras bien valen lo que entrega a cambio, y que, ni más ni menos, es que ningún pederasta potencial será capaz de acercarse a menos de cinco metros del niño, so pena de acabar seriamente averiado.

Si con esto he logrado daros una idea me quedaré encantado de la vida. En el entretanto, y para que os hagáis una idea de qué cosa es un puli, aquí tenéis las fotos de unos cuantos:






Por si os habéis quedado con las ganas de saber más de los pulis, aquí tenéis un vídeo muy descriptivo de lo que es capaz de hacer un ejemplar bien adiestrado:






4 comentarios:

  1. Como abuelo "casi directamente aludido", que actualmente tiene a su tercer nieto todos los días (excepto fines de semana y fiestas de guardar), por aquello de que su madre (mi hija) ha de trabajar y no quiere que su primer año sus "cachorros" sean conservados en la guardería, te haré un comentario-recomendación "complementario".

    Si tus hijos no pueden tener un perro (elemento adicional al nieto -o los nietos-), recomiendo que seas tú el que te hagas con uno o varios canes, sean de la raza que sean.

    Creo que la convivencia de críos y perros es buena para ambos. Ya la experimenté con mis hijos (entonces con un Pastor alemán) y tengo bastantes anécdotas de ello, y ahora la vivo con mis nietos.

    Acompañado con mis perros (de distinto tamaño y raza: Pastor belga -buenazo y listo, aunque con apariencia de tontorrón-, Fox-terrier -juguetón y guardián-, Coker -listo e incansable-, Schnauzer -madraza y cariñosa-), ya he "criado" a los otros dos nietos (los tres son de mi hija menor).

    Uno con 5 años ya está aprendiendo en el colegio, y el otro con 2 y medio "se socializa" en la guardería, ambos después de haber pasado su primer año a nuestro "cargo" en jornada laboral extendida....

    El que ahora tengo, de 9 meses, ya disfruta tirándole de la barba tanto al abuelo como a la Schnauzer.... Veremos lo que ocurre cuando empiece a moverse por sí solo.....

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  2. Qué envidia me dais. Con vuestra misma edad y ni nietos ni perros que me ladren...

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  3. La verdad es que tengo poca experiencia de perros, ni siquiera de pequeño. Tuve un gato que me salió aviador; yo vivía en un séptimo piso y esta afición le salió cara, pues consumió sus 7 vidas según iba cayendo a una por piso y ya no le quedó margen al final. Después tuve una tortuga escaladora, que igualmente lo pagó caro cuando logró superar la máxima cota de mi terraza y se estrelló, la pobre.
    Después, por influencias conyugales y traumas infantiles asociados, tampoco tuvimos perros; lo compensamos con patos que acompañaron a mi hijo de pequeño. Eran pato y pata, pero, pese a que la abuela les vistió de Donald y Daisy, no les dió por aumentar la prole (a lo mejor es que no sabían o lo hacen de forma muy rara, ya sabéis, los patos fornican con la pata).
    Como eran muy guarros, los dejamos en el río Guadarrama que tenemos al lado y los reemplazamnos por cuatro gallinas ponedoras, muy útiles por cierto; echaban unos buenos huevos, tantos que tuvimos que negociar con el huevero cambiándolos por pollo. Éstas nos duraron más; un buen día les trajimos un gallito joven para alegrarlas los bajos, pero al ser mayoría, el gallito les duró un solo día (enterramos el cadáver al día siguiente). Una de ellas era una gallina gigante, realmente muy obesa, y que resollaba si tenía que correr un poquito, la pobre. Eso sí, ponía unos huevos XXXL; un día llevé uno a la oficina, lo puse en mi mesa de despacho en un atril sobre una frase que decía: "El otro huevo de Kurt". ¡Qué éxito! Yo las hipnotizaba: les tapas la cara con las manos en posición decúbito supino, les acaricias la barriguita y se quedan roques por bastante tiempo. Era todo un espectáculo, que practicaba cuando venía alguien de visita; las dejaba en fila todas fritas. Según fueron muriendo, las enterramos con cruz y todo.
    Ya no tuvimos durante años más animales, pues somos muy viajeros y era un lío con ellos.
    Y ahora, desde hace un par de meses, hemos sido adoptados como amos por un gatito blanco la mar de saleroso, que encima tiene su propia autonomía (tenéis alguna foto en "nuestras galerías", en "fusión de fotos".

    Cambiando de tema y contestando a Alfonso a lo de los pulis, se me ocurre que resultan muy atractivos especialmente para las señoras, viendo alguna de las fotos. Premio al que adivine por qué...

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