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9 de junio de 2013

Profesoras con encanto


Profesoras con encanto. Carmina Ortiz,   por Kurt Schleicher.

Los recuerdos se unen y los encuentros se juntan. Será que es así, o es que es así porque debe ser o es que será porque sí, pero el caso es que este pasado mes de Mayo de 2013 ha resultado particularmente emotivo. Y relacionado con profesoras del Ramiro con encanto, de ayer y también de hoy.

Y es que al Ramiro no hay que asociarlo solamente con profesores bien conocidos, como  Manuel Mindán,  Francisco Viguera, Navarro Latorre, etc., muy buenos profesores, pero a los que el calificativo de “encantadores” no parece que les vaya como anillo al dedo precisamente. Me refiero a profesoras como Helia Escuder, encanto y elegancia personificadas, o Trinidad Jolín, que nos daba Física en 4º con encanto, o Pilar Gálvez, que, como decía Tinín, tenía legión de admiradores, o Carmina Ortiz, la hija del director del Ramiro por entonces, Luis Ortiz Muñoz, que junto con D. Domingo Sánchez daba clases de “idioma moderno”, como se llamaba entonces, en este caso de alemán y francés. Quizás resulte menos conocida para muchos, porque esta variante de “alemán-francés” no fue nunca multitudinaria, pero creo que Nicolás, Ignacio Casas, Carlos Marsá y alguno más la recordarán perfectamente. Y seguro que Carmina, la señorita Ortiz, también tendría legión de admiradores (aunque nos pilló algo más jóvenes que en el caso de Pilar, pues tendríamos entonces solamente unos 12 años); la recuerdo perfectamente como muy alta, muy rubia, muy guapa y extraordinariamente simpática.

 (Un inciso: alguien se estará preguntando por qué me apunté a clases de alemán-francés, oferta del Ramiro muy “sui-géneris” con eso de aprender dos idiomas al mismo tiempo y con la que yo, hablando alemán de nacimiento, tendría una clara ventaja; la razón es simple: al arribar en España a los 5 años, no tenía la menor idea de gramática alemana, y mis padres debieron de pensar que mi alemán estaba bastante “cojo” sin un baño gramatical. Y si encima aprendía francés, pues me las ponían como a Fernando VII…).

  Volvamos a lo del encanto en este florido Mayo. Primero, encontramos a Pilar Gálvez (véase la semblanza http://ramiro53-64.blogspot.com.es/2013/05/el-reencuentro-semblanza-de-pilar.html) y tuvimos una merienda inolvidable en su casa a mediados de ése mes. Después, Manolo Rincón nos invitó a una conferencia que daba en el Ramiro de hoy a los muchachos en puertas de la universidad (ver el artículo correspondiente http://ramiro53-64.blogspot.com.es/2013/05/un-dia-en-el-ramiro-por-manolo-rincon.html), ocasión en que me llevé dos sorpresas: una, el nivel de madurez de los muchachos y muchachas a tenor de las preguntas que hacían, muy razonadas e inteligentes, y otra, que los “catedráticos” (palabra que se asocia a sesudos caballeros de edad avanzada, gordos y calvos) responsables de la excelente formación de estos muchachos eran dos atractivas damas, simpáticas y encantadoras: Rosa Mª Muro (la hija de nuestro querido conserje Muro, ¿recordáis?) de Historia y Mercedes Chozas, de Lengua y Literatura (y además escritora, firmando ahora mismo libros en la feria del ídem).

  Rosa María está puestísima en historias del Ramiro y muy interesada en que no pasen al olvido hechos históricos asociados a él; comentando estos temas, salió a colación que conocía a Carmina Ortiz y me proporcionó amablemente el teléfono. Ni corto ni perezoso, la llamé. Os podéis imaginar que estaba algo nervioso; no se llama todos los días a una profesora al cabo de 53 años; así y todo, Carmina se acordaba de mí, al menos del nombre, pues de la cara ya sería un milagro. Pues ahí que estuvimos charlando animadamente más de media hora, a modo de Fray Luis de León, el del “decíamos ayer…”, y yo percibía al otro lado de la línea una voz juvenil, desinhibida que, como no podría ser de otra manera, sólo podría corresponder a una persona de espíritu joven y extraordinariamente simpática, igual que yo la recordaba. Nos contamos muchas cosas, entre ellas lo de la reciente inauguración de mi exposición de fotografía (véase mi artículo de la nube) y obviamente la invité a visitarla (aunque con pocas esperanzas de que eso pudiera hacerse realidad).

   Una anécdota que yo recuerdo perfectamente (ella no) es que con mis doce años (ella debía tener entonces veintipocos) algún día coincidíamos a la salida del Ramiro en la calle Serrano; uno de ésos días se me ocurrió la infantil idea de retarla a una carrera, pues ella también presumía de buena atleta con sus largas piernas. Total, que nos dimos la salida y echamos a correr por la cuesta; de repente me la encontré a mi lado con las faldas al vuelo y me parece recordar que me ganó. Al terminar, ambos jadeantes, nos echamos a reír sentados no sé si en el suelo o en el primer banco que encontramos. Creo innecesario comentar que esta anécdota dice mucho del carácter juvenil de Carmina, sin perder por ello el menor ápice del respeto que se tiene (¿habrá que decir se tenía?) a una profesora; al día siguiente, volvimos a ser profesora-alumno, aunque yo en mis adentros percibía que había ganado a una amiga.

   Carmina desapareció del Ramiro al poco tiempo, y éste, el tiempo, empezó a correr, a correr y a correr y los recuerdos se hacían largos y largos y más difusos, como siempre, pero su imagen sonriente, rubia, alta y simpática no se me borró nunca de la memoria; debe de ser una de esas “improntas” que se te quedan marcadas.

  Pero… ¡sorpresa! Al cabo de una par de días de aquella primera llamada recibo otra de Carmina anunciándome que tenía ganas de verme a la vez que mi exposición, y que iría con unos amigos. ¡Otro reencuentro emotivo en Mayo! Según voy llegando al Palacio de Godoy, se me acerca un coche bien repleto de personas que me preguntan por el palacio, miro al asiento delantero… ¡y vuelco al corazón! Me acerco y digo: …Eres Carmina, ¿verdad?  Y la señora rubia que me mira con sorpresa y gesto afirmativo… y un cálido y cariñoso abrazo. Inolvidable… Allí estaba, un “par de años” después, pero igualmente alta, de porte elegante, rubia, guapa y extraordinariamente simpática.

  La verdad es que no tuvimos tiempo de hablar mucho de su vida (pues nos dedicamos a ver la exposición con sus amigos, dos parejas también muy agradables), pero comentar que realmente no estuvo en el Ramiro más que dos años dando clase de alemán, ya que su padre la envió al colegio alemán de Concha Espina en Madrid, donde dio clases de español durante la friolera de 38 años.

    Tampoco tengo la intención de que esto sea realmente una semblanza suya, pero sí destacar que en el Ramiro hemos tenido la fortuna de cruzarnos con personas con encanto como ella y que yo he tenido la ídem de encontrarme en tan breve plazo con tanta dama encantadora asociada a nuestro Instituto. Será por lo del mes de Mayo y la primavera, que la sangre altera, pero así ha sido, porque así habrá tenido que ser. Y yo, que acabo de ganar una amiga –otra vez- al cabo de 53 años…¡qué bien!

  Y que este hecho es otra buena razón de estar orgulloso de la pertenencia al Ramiro, como dijo Vicente no hace mucho; no se trata solamente de la bondad de muchos profesores que tuvimos o de la impronta que nos dejaron, sino que además, recordando a algunas de ellas, como es el caso, es que encima tienen esa cualidad, pocas veces ensalzada: encanto.

 Las fotos adjuntas dan buena fe de lo anterior, sin necesidad de más explicaciones...

KS, Junio 2013.




Fotos:  En los jardines del Palacio de Godoy, con Carmina Ortiz, 31 Mayo 2013.

4 comentarios:

  1. Me recuerda a su prima Rocío Ortiz Moreno, que fue madrina del Estudiantes.

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  2. ¡Qué buena anécdota, Kurt, la que mencionas y qué razón tienes con lo del encanto de la Srta. Ortiz! Es una maravilla reencontrar personas con esos estupendos atributos a pesar de... Ya lo dice el refrán: El que tuvo, retuvo...

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  3. Jopé Kurt, todos yus sueños se hacen realidad 50 años después. Como me alegro-

    Manolo

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  4. Me ha encantado esta historia, Kurt!! Qué pasada de reencuentro después de tantos años...

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