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28 de junio de 2012

El prodigio de ser efímero, por Ildefonso Arenas

En los 60's se decía que, en España, pecar contra el sexto sin pagar no era pecado, sino Milagro. Los 60's abarcaron el tramo de nuestras vidas comprendido entre los 14 y los 23, salvo alguna excepción. En ese tiempo debimos instruirnos en infinidad de cosas, todas necesarias para una vida feliz e irreprochable. Tuvimos que aprender a estudiar (en el Ramiro no nos enseñaban específicamente 'a estudiar'; eso, me temo, tuvimos que aprenderlo solos), a comportarnos (en la mesa, de visita, en las aulas, en el deporte, en la vida en general), a servir a la patria (o cuando menos a pelar guardias), a vendernos bien (habilidad absolutamente imprescindible para no ser un paria de por vida), a bailar, a ligar, a comprender que las chicas no son diosas etéreas e inaccesibles, sino seres humanos que comen y cagan igual que nosotros, a trabajar y aceptar la disciplina del trabajo (que no son la misma cosa, lo cual tampoco nos explicaron en el Ramiro), y ya, en lo que se podría decir 'mejorar nota', a dominar virtudes superiores sin las cuales alcanzar un status de triunfador suele ser imposible, tales como mentir, engañar, sobornar, escaquearse, camuflarse, traicionar y pagar los menos impuestos posibles (y ya no digo nada de la suprema suerte del pelotazo). También, y por supuesto, debíamos aprender eso en que todos estáis pensando y que no pienso llamar por su nombre, no sea que alguien me riña. 


En la España de los 60's esa enseñanza específica seguía siendo la tradicional; dicho de otro modo, la que un buen día, usualmente en compañia de otros, con dos mil pelas en el bolsillo (a veces suministradas por un padre comprensivo que muchos años antes debutó del mismo modo) y con una dirección misteriosa escrita por una mano cómplice en un papelajo arrugadillo de tanto manosearlo, nos ponía en situación de ingresar en la ufana cofradía de 'los que ya lo han hecho'. Según mis investigaciones personales, complementadas por la mucha literatura que gira en derredor de tan específico ritual de iniciación, la primera experiencia no resultaba en sí misma desagradable, aunque tampoco placentera en demasía, gracias, en general, al explicable temor de salir de allí con algo que no traíamos al llegar. De ahí que si el que nos diera la dirección nos quería de verdad (rarísima vez era ella, si bien he conocido un par de casos de madres viudas preocupadas, no fuera que se les amariconara el niño), se asegurara previamente (por lo general en persona) de que tan ansiado ritual se celebraría en un lugar de plena confianza y con acuerdo a las más estrictas condiciones de salubridad y seguridad.


Algunos de nosotros, no sé si más o menos afortunados, encontraron caminos alternativos para poder considerarse hombres de pleno derecho. En las docenas de encuestas que he llevado a cabo en relación al asunto (es un exquisito tema literario), no pocos me han explicado historias con todos los visos de ser inventadas, a saber: (1) la prima desvergonzada y complaciente, (2) la vecina quillótrica si no ninfómana, (3) la compañera de facultad desatada, liberada y sin sostén (en las ETS's no había estudiantas como ésas; quizá fuera que los pendones eran todas de letras) y, por último, (4) la amiga compasiva y un punto viciosilla de la madre, todavía de buen ver, que no pocas veces actuaba por inducción maternal sin que tal cosa se supiese hasta muchos años después. Con todos los respetos por quienes me las contaron, casi todas me sonaron a cuento chino, y no por la general inverosimilitud del planteamiento, sino porque la manera de relatarlas, incidiendo excesiva e innecesariamente en los detalles, me hacía sospechar de lo primero que te levanta la ceja cuando te cuentan algo: la desmesura coreográfica. 


También estaba el caso -bastante raro- de los que seguían a rajatabla las instrucciones de la Iglesia, las cuales se canalizaban en un par de incunables que tenéis olvidados y que, para vuestro regocijo, voy a recordaros: 'El Libro del Joven' y 'El Libro de la Joven'; el que no los haya leído se ha perdido un par de piezas de gran valor sociológico, por su gran aportación a la pornografía católica. En mi caso, al menos, pienso que jamás se me olvidarán los delirantes procedimientos operativos recomendados por el autor para desflorar a la señora (tarea que suponía extremadamente árdua, él sabría por qué) en una noche de bodas que, tal y como se describía en las ominosas páginas, debía ser la antesala del Purgatorio. Esos seres fieles a las sagradas enseñanzas llegaban a estrenar al matrimonio, lo cual no me atrevo a calificar, como tampoco sería capaz de calificar a los oriundos de Marte; simplemente, no son de mi especie.


Mucho más verosímil era el caso de la chica con la que se sale desde hace tiempo y con la que un buen día, tras haber alcanzado la temperatura de ignición en algún guateque, en un cine, en un bailongo, en la playa (imprescindible que hubiera mar y fuera verano) o en al asiento trasero del 600 si nuestro imprudente padre nos lo había dejado, nos dejáramos llevar por la calentura y así culminábamos algo que a los dos minutos de perpetrado nos sumía en un mar de agonías espirituales, del tipo ¿se habrá quedado? ¿le habré hecho daño? ¿y a partir de aquí cómo seguimos?, aunque también de las más prosaicas, de la clase ¿y cómo se limpia este manchón de la tapicería del 600? A esas experiencias, que sí eran habituales de verdad, se deben no pocos matrimonios precipitados (el fatídico penalty), cantidad de niños indesados (y a menudo indeseables), infinidad de divorcios a partir de que la Iglesia perdiera la concesión administrativa y, sobre todo, muy prometedoras carreras profesionales arruinadas por la imperiosa necesidad de ponerse a trabajar, a fin de alimentar a una familia en absoluto deseada. En las clases altas no era infrecuente que algunas jóvenes señoritas sufrieran intempestivos ataques de apendicitis (alguna estrella muy admirada por Kurt, Rafael y algunos otros ingenuos debió nacer con un intestino prodigioso, de tres o cuatro apéndices), y en las algo menos altas pronto se hizo popular el fin de semana en Londres para aprovechar las rebajas de Selfridge's y Harrod's, pero lo normal era lo otro, el destrozar un par de vidas, si no unas cuantas más, por culpa de lo espantosamente difícil que resultaba comprar chubasqueirus do pitu en la España de los 60's, o por lo desastrosos en el arte de la retirada que solemos ser casi todos los estrategas españoles.


Los seres efímeros, en cambio, disfrutaban de oportunidades que no estaban al alcance de la mayoría de los humanos. Un ser efímero, ya os lo explico, es un individuo (no forzosamente macho, aunque sí a los efectos de lo que aquí os cuento) moderadamente atractivo, de edad indefinida, situación familiar inexplicada, que vive en un buen hotel, que dispone de sus propios medios de transporte, que anda bien de pasta, que no padece obligaciones laborales en exceso demandosas, y que al cabo de un tiempo usualmente breve desaparecerá sin dejar rastro. Es un tipo de ser altamente valorado en todas las sociedades, aunque todavía más en las provincianas. Contra la totalidad de las mentiras que a lo largo de nuestra vida nos han explicado sobre la mentalidad femenina, es del todo incierto que necesiten amor para caer en tentaciones reprobables. Lo que necesitan es impunidad y un dónde discreto (supongo que a estas alturas bien lo sabéis). Una señorita de provincias, con una vida de soltera irreprochable y ortodoxa (con novio haciendo las milicias muy lejos del lugar -por ejemplo-, con el que casará en cosa de un añito y que mientras llega el día se levanta el ajuar -os recuerdo que estamos en los 60's- con lo que saca en un empleo malejo en una caja de ahorros, o el ayuntamiento, o la diputación, o alguna gran empresa, pero siendo característica esencial de su puesto de trabajo hallarse física y organizativamente cerca del proceloso 'Proceso de Datos' -así se llamaba la informática en los 60's-), era natural que padeciera pensamientos razonablemente turbulentos, pero la sociedad le obligaba a mantenerlos ocultos, y dado que si algo es pequeño es una capital de provincias, sus oportunidades de dar al cuerpo un alegrón sin que se le viniese abajo su proyecto vital eran nulas, pues al conocerse todos con todos sería inevitable que algún alma buena llevara la novedad al ausente -oye, que te los están poniendo como los del Islero de grandes-, y para qué queremos más.

Al efímero perfecto se le trata en el trabajo, se comprueba allí que es un marciano de Madrid o de Barcelona que ha venido a escribir abstrusos programas, que vive en un hotelazo de los grandes, esos de donde se entra y se sale sin que nadie se fije en nadie, y que al mes, o antes si puede, se habrá hecho humo. Para saber todo eso no hay que ponerse en situación de ser criticada, pues para empezar ni siquiera se lo cuenta él a una, sino a otros/otras que son quienes informan a una. Desde ahí todo es fácil. Si una está buena -y las novias de los ausentes para casarse al año siguiente a menudo solían estarlo- es sencillísimo establecer contacto visual, y tras eso el verbal. El resto es rutinario: y qué haces en este pueblo perdido los fines de semana, pues me gustaría saber qué tal son las playas de aquí cerca, pues las hay monísimas, y sabes de alguna donde se coma bien, pues claro, y si no tienes mejor plan, ¿te gustaría enseñarme alguna? Al llegar ahí, cosa que bien se ha podido despachar en un par de cafés, llega también el momento de desenmascararse, pues si se responde pues no sé, me lo tengo que pensar, el efímero correrá el turno, ya que suele haber cola, pero si se contesta ¿por qué no? ya está todo claro. Desde ahí, de la habilidad, del salero, de los fondos y de la experiencia del efímero, y de la perspicacia de su disfrutadora, depende que todo se desarrolle con acuerdo a las ansias de las partes, y por lo general a plena satisfacción de ambas las dos.


He conocido numerosos efímeros a lo largo de mi vida (en 32 años trabajando para multinacionales de la IT, imaginad). Los de los 60's apenas se parecen a los de los 00's (las sociedades se parecen aún menos), pero los principios esenciales no han mutado: los riesgos de que el efímero se enamore, o la provinciana pierda la cabeza, son mínimos (se han dado casos, y suelen ser tan divertidos como sangrientos, al menos en mi caritativa observación, sobre todo si el efímero es casado y con niños), de modo que todo el mundo acaba encantado de la vida.


Adoro la nostalgia de las paellas en la platja d'Alboraia. Supongo que ya imagináis por qué lo digo.


10 comentarios:

  1. Si Alfonso, una buena explicación del "Efímero", que además trabajaba en "proceso de datos".

    Entre los libros estaba uno que puede que hayáis leído muchos. "El libro de la Vida Sexual" del Dr. López Ibor.

    Al menos a mi me lo regaló mi madre, cuando estaba en la franja de edad comentada por tí, y lo leí. Era instructivo desde luego, con muchas fotos y agradable de leer.

    En cuanto a "faroles", en efecto la gente se tiraba muchos y luego veías que mentían.

    No se si te acuerdas de las despedidas de soltero. Solían ser por la calle Echegaray en Madrid o Valverde. Se acordaba con unas señorítas muy alegres un buen tratamiento para el futuro marido y se le llevaba allí con alguna copichuela de más. Y las señorítas hacían el resto, para que aquello fuese más delicioso que la noche de bodas.

    En fin son recuerdos de otros tiempos. Ahora las cosas son de otro modo. Todo es directo y ha desaparecido aquel encanto que tenía lo prohibido...

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    1. El libro de López Ibor era perfectamente consistente con los otros dos. Espero por el bien de los tres piadosos autores que el Infierno sea una coña de los curas.

      No me apesadumbra demasiado que haya desaparecido el encanto de ir de putas por la calle Echegaray para celebrar que a uno le lleven al matadero. En general, la sociedad de hoy en día, y más en lo referente a 'esa clase de cosas', es incomparablemente mejor que la que nos tocó padecer a nosotros. No te harías idea de la envidia que me dan los chicos y los chicas que salen de los institutos comentando con toda naturalidad (hablando a gritos, eso sí; es lo único que no me gusta) a quiénes se piensan cepillar el próximo fin de semana.

      Cualquier tiempo pasado fue muchísimo peor.

      Alfonso el Optimista

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    2. ¡Cuantas buenas películas hubiera hecho Pietro Germi con este material!.

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    3. Más habrían hecho Berlanga & Azcona. Y hasta es posible que Woody Allen. Almodóvar, en cambio, no. Se ha vuelto demasiado trascendente.

      Alfonso

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  2. Delicioso, pero también muy complicado.

    Retomemos lo de las abejitas y las flores.
    En nuestros entrañables años éramos como abejitas volando de flor en flor a ver cuál era el polen que más nos atraía; las flores tenían la particularidad que solían cerrarse cuando nos acercábamos demasiado, sea por las razones que fueren, por estrategias bien concebidas o sencillamente por miedo o represión maternopaternales imbuídas con tinta indeleble en los genes de nuestras prójimas.
    Las abejitas tenían entonces dos opciones: insistir mostrando sus mejores galas (o performances), volando en círculos alredededor con todo género de acrobacias aeronáuticas a cual más arriesgada) o buscar otro campo de flores con mejores aperturas, aún a costa de pagar un cánon por ello. Las decisiones a este respective se lo suelen callar la mayoría y sólo comentan aquello de lo que se sienten orgullosos.
    Al final, lo que suele pasar es que la abejita de nuestro cuento se cuela en alguna más o menos desprevenida flor y si la miel que encuentra le gusta, pues ya se queda. A partir de ahí se suelen invertir las tornas: la florecita coge alas y empieza a perseguir a la incauta abejita (si ésta pretende seguir volando) con todo género de estrategias, siendo la más común la amenaza de cerrarse de nuevo si la abejita insiste en catar otras mieles.
    Y a partir de ahí, los derroteros que tome esta historia ya estará ligada a las teorías de probabilidades o hasta a las leyes de la mecánica cuántica.

    Abejitas, que sóis todos unos abejitas.

    En cuanto a la situación más o menos actual, lo que más han cambiado son las flores, pues las improntas ya no se hacen con tinta indeleble y el resultado suele ser un poco mejor, pudiendo desarrollarse más eso que llaman “el libre albedrío”. Algo hemos ganado, aunque nos llegue ya un poco desfasado en el tiempo...

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    1. Nuestra adolescencia-juventud, a mi me sigue pareciendo una maravilla vista a más de 45 años de distancia. Yo tenía muchísimas amigas (mis padres se asombraban). Mi método de hacer amigas, era darles clase de matemáticas o física. No fallaba y eran amigas para siempre. Disfruté mucho en aquellos años, no muchos tampoco, pues al final me pasó lo de la fábula que cuentas. Me metí demasiado en una flor, se cerró y a preparar la boda...

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    2. A eso se le llama trueque, caradura...

      Ojo, no vayas a cambiar la "a" por la "o" en la cuarta línea. Adivina adivinanza...

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  3. Otra reflexión “on the spot”: tampoco todo lo actual es mejor.- Eso de tratar de conquistar a las florecitas también tenía su aquél y su encanto particular.- Puede hasta tener que ver con la selección natural; nuestros jóvenes congéneres de hoy se ESFUERZAN menos y los músculos de apertura de las flores se han hecho –quizás- demasiado laxos.- Y sin esfuerzo no hay mejora; ¡quién sabe si no se nos hacen “blandos”!
    Hay un cierto placer inherente al propio riesgo y en el placer de la conquista… y si es difícil, pues mejor, si luego se consigue.

    O sea, que nuestros tiempos también contenían aspectos que hoy casi han desaparecido, y que tenían como he dicho, su particular encanto.
    No los rechacemos tampoco de plano, pues…

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    1. Kurt, es que la sabia naturaleza por fin aflora sobre los substratos religiosos que la vienen sepultando desde hace milenios. En las sociedades no contaminadas por machistas creencias monoteístas son las florecillas las que compiten por los abejorros. Éstos, así, desempeñan el papel para el que han sido creados, el de zánganos perezosos que fecundan alguna florecilla de vez en cuando, y el resto del tiempo a descansar, o en todo caso a revolotear de flor en flor aunque sin obligaciones laborales de por medio, sólo por mantener la forma. Se ve que tú nunca llegaste a conocer la verdad de la vida (dejarse conquistar por múltiples florecillas en competición -yo estoy así de buena, pues yo tengo tanta pasta, pues yo te nombraré Jefe de Proyecto del A 480-; de ahí tus prejuicios antediluvianos. En la sociedad de ahora mismo la juventud se comporta con acuerdo a lo dispuesto por la naturaleza en sus leyes evolutivas, de modo que son las que tú llamas florecillas las que se afanan en que les haga caso el varón sobrenatural, vago de solemnidad, que está como un queso y al cual planean mantener toda su vida y darle todos los caprichos. Es una lástima que te lo perdieras, créeme. Doy fé.

      Happy finde

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    2. Ja, ja la segunda reflexión me vino al comentar con mi prima (12 años mayor que yo y por ello de los "50" más que de los "60" o "70") que estábamos hablando de abejitas y florecitas en los calenturientos años juveniles. Me mencionó lo del placer de la conquista y del jueguecito que se llevaban con los abejorros y que así dejaban acercarse solamente al más fuerte … y que ahora las tornas habían cambiado. No creo que sean prejuicios antediluvianos, sino que representa una determinada época que ya pasó.

      Por alusiones, en cuanto a los efímeros, mis experiencias han sido más de “efímero ocasional en el extranjero”; lo que pasa es que si uno se pasa de efímero como era mi caso, lo habitual es no haya mucho tiempo para tejer grandes telas de araña, pero como se retorna al mismo campo de flores, hay veces que ese retorno es la mar de bienvenido.
      Hay ocasiones también que no es necesario ser “efímero”, sino que se ve uno forzado a ser “sopetonero”, o séase, que te las encuentras de sopetón. Y entonces lo hay que tener son reflejos…
      Y es que hay un montón de formas diferentes; unas me las habré perdido, pero otras tienen cada una su propio olor, color y sabor... y se recuerdan también entrañablemente.

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