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27 de junio de 2012

Mi primera visita a un “Striptease”, por Manolo Rincón


Ahora que estamos recordando nuestras diosas, y algunos de nuestros momentos más íntimos de la adolescencia y juventud, quiero contar una experiencia que seguramente casi todos  vosotros habréis pasado, en aquella memorable época. El primer “Striptease”.

La primera vez que oí la palabra “Striptease” fue al Padre Cuellar. Íbamos camino de Niza en nuestro viaje de Preu, y nos advirtió severamente, que ciertos espectáculos muy nocivos como el “Striptease” producían excomunión y no debíamos ir a ellos de ninguna manera. Así que se me pasaron las ganas de saber que era aquello del “Striptease”.

Me enteré por otros compañeros más aventajados que aquel palabro significaba una especie de teatro donde una chica se quitaba ropa poco a poco, al son de la música y entre los aplausos del respetable.

Más información aportaron los tunos que conocimos en Roma, que si habían ido a ver alguno, y nos contaron con cierto lujo de detalles de que iba, poniéndonos los dientes largos como es natural.

En mi primera visita a Londres con 18 añitos, vi que el barrio cercano a Picadilly Circus estaba lleno de establecimientos que por una libra te ofrecían striptease en sesión continua. Me decidí rápido a ver que era aquello, pagué la libra que era una pasta, pero para acceder me pidieron dos más.

Entré en un pequeño teatro, con una barra de bebidas y un pequeño escenario, donde con una sonora música, una guapa rubia de pelo corto y de unos  18 años acababa de quedarse como Dios la trajo al mundo. Que impresión!!!.

He de confesar que era la primera vez que veía tal estampa al natural y no sabía que pensar. Fotos como las de Guedez vi muchas, pero aquello era mucha tela.



Pero rápidamente se abrió el telón y pude disfrutar de una mulatita con melena, que al son de una samba se fue quitando todas sus pertenencias, recreándose en la ropa interior, hasta que nos enseñó sus más íntimos secretos, ante el gozo general del público. (Solo había dos mujeres por cierto de espectadoras). 

Y así una tras otra morenas, llenitas, flacas, rubias y pelirrojas fueron pasando por las tablas. El número de cada una era de 5 minutos cronometrados. Pude ver muchos ligueros, y ropa interior de lo más sugerente, picardías, guiños y gestos más o menos alusivos. Se veía muchas horas de vuelo en las profesionales. Eran otras “diosas”, sin fama pero más reales y cercanas que las del cine.

Cuando ya llevaba 10 o 12 números (más de una hora de sesión), me empecé a aburrir. Cada vez me era menos interesante el espectáculo, hasta que aprovechando la última estampa de una rubita un poco culona me fui a la calle.

Aquella noche me vino en húmedos sueños el espectáculo de nuevo al subconsciente, lo que quiere decir que me afectó por supuesto.

No volví a ver otro teatrillo de ese tipo, hasta que años más tarde llevé a mi novia, que tenía gran curiosidad por saber que era.

Y esta es la historia real de mi primera experiencia en el mundo del “Striptease”. Cada uno puede contar su experiencia e invito a ello. Sin vergüenza por favor.

14 comentarios:

  1. La foto, ¿es de la ocasión, o es ulterior?

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    1. La foto es de la ocasión, pues se podían tomar entonces sin usar flash. No es muy buena, pero ahí queda....

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  2. Somos dos almas gemelas en esto del striptease, debí estrenarme en el mismo o parecido establecimiento del barrio del Soho, aunque más mayor, 1972. El que más me gusto fue el realizado al son de "Valencia, es la tierra de las flores, de la luz y del amoooor...". Luego en 1973, corrían rumores que un local de la Plaza de Santa Ana había llegado el espectáculo a Madrid. La artista era una explosiva mulata pero no se quedaba ni en top-less.
    Como se demostró en Gilda causa más efecto la imaginación que la desnuda realidad

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    1. Absolutamente cierto. Tuve ocasión a comienzos de los 70 de ir a una playa nudista cerca de Perpignan. ¡Qué mala experiencia! Las señoras más bien parecían yetis con sus felpudos y las mamas al hombro. Y como me miraban encima con gesto reprobatorio por no quitarme el calzón, pues salí rápido de allí. Y ya no volví...

      Más puede un "buen bikini + imaginación" que un "cepillo sin imaginación"

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  3. En efecto, el barrio es el Soho, que entonces era bastante cutre. Las músicas que usaban las chicas, solían ser propias de sus países de origen, así que la Valencia que oiste, sería de una valenciana.

    Es cierto que era más el morbo, que la desnuda realidad (nunca mejor dicho) de aquellas diosecillas, pero que eran de carne y hueso.

    Luego vi que era más divertido ir con una chica que solo, a tales espectáculos.

    En Madrid, nada más morir Franco abrieron uno en la Plaza de Santo Domingo, donde se quedaban las chicas en Top Less. Luego pusieron Historias del Striptease, con Susana Estrada, que estaba siempre lleno. El primer "integral", que yo vi en Madrid, fue de Marisa Medina, una presentadora de TV que se pasó al gran negocio de la transición, el Striptease. Por supuesto a todos fui con mi mujer y los divertimos bastante.

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  4. Pues la verdad es que no me acuerdo de mi primer striptease, aunque debió de ser cuando estuve solo en Alemania por primera vez en un intercambio estudiantil; vivía en casa de una familia alemana y el hijo mayor pensó-con cierta lucidez- que aquello de ir a un espectáculo de ésos me gustaría. Lo que sí recuerdo es que tras la función la damisela en cuestión se bajó del escenario para que le tocásemos una pierna y cuando me llegó el turno a mí, las manos se me convirtieron en ávidos pulpos con diferentes objetivos y la chica tuvo que salir corriendo.
    Tengo otro recuerdo a compartir y arrancar sonrisas, que es de lo que se trata.
    Primer viaje a USA (a Seattle, pasando primero por S Francisco). Yo quería conocer “San Francisco by night” y tras asesorarme bien de que no me equivocaría de sitio por la mala fama de aquella ciudad en cuanto a los “del otro lado”, me mandaron a un sitiajo de striptease de chavalas.
    Sorpresas: cola en la puerta, así que de intimidades, poco.- Luego reparé que eran todos japoneses o chinos.- Nos recogió una especie de “guía turística” en ropa interior y nos llevó a una primera sala no muy grande – luego seguirían otras varias. En la puerta nos dio a cada uno una linterna y nos sentamos en sillas adosadas a la pared como si fuese aquello un tablao flamenco. Imaginaos el cuadro: 20 japoneses y uno más todos con linterna en la mano sentaditos en fila de a uno mirando hacia el centro de la habitación; se les veía un poco excitados con sus risitas de conejo. Se apaga la luz. Entran unas cuantas chicas en tropel y se quitan la ropa con cierta rapidez, indicando hacia lo que suele estar tapado; los japoneses, ya excitados del todo, venga enfocar hacia las partes bajas. Y yo preguntándome qué diablos hacía allí; ni encendí la linterna. Una que se me sienta encima y me pide que le de 5 dólares para el liguero; a ver qué pasa, me dije. Una vez que me desprendí del billete, al épsilon siguiente las manos se me volvieron a convertir en tentáculos, pero -¡ay!- la chica me dijo que no, que eso no, que nada de tocar, que solo abrazar o/y iluminar. Frustración total.
    Siguiente sala, ésta ya muy grande; mesas giratorias con chicas en ropa interior poniendo/quitándose ropa en sesión continua. Bueno, vale, pero ya empezaba a estar algo aburrido.
    Después, una sala de cine con peli subida de tono. Ya no me llamaba aquello la atención, pero al menos me interrumpió otra chica que se me sentó en las piernas, con indicaciones de que la abrazase. Mis manitas buscaron de nuevo el pan, pero me volví a encontrar con el “no, no, no” y a un cancerbero grandón en la puerta mirándome con gesto reprobatorio; señal de peligro recibida.
    Siguiente sala: ya no había más y me encontré en la puñetera calle.
    No mucho más tarde, ya en Amsterdam, me llevaron unos cuantos colegas a una casa que ya no sé si continúa existiendo (casa Rosso), del mismo corte, solo que sin linternas y en vez de eso una bien dotada ama de cría que se dedicaba a dar tortazos con sus melonazos a unos cuantos imbéciles que se dejaban (y no sé si también pagaban extras por ello).
    En fin, ése era el panorama aparente por ahí fuera en los 70´s. Así que, una vez satisfecha mi innata curiosidad, aquello ya perdió unos cuantos grados de interés.- Otro día os contaré que a principios de los 80 volvía de un viaje de trabajo, pasé por Bangkok y busqué el local en que se filmó aquél icono de película (Emmanuele) con eso de las gilletes, las bolas y las botellas de coca cola; tuve que salir corriendo cuando una mamá desnaturalizada quiso venderme a su niña y ¡mira qué casualidad! … justamente la que llevaba el bajo vientre lleno de hojas de afeitar. ¡Qué espanto sólo de pensarlo!
    En fin, el exotismo siempre es agradable, pero cuando bordea la gilipollez la cosa tiene menos gracia…

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    1. En Toronto (Canadá), un colega que sabía de la fogosidad de los españoles me llevó a los "Stripteases" locales.

      La entrada era de 5 dólares canadiense a una sala muy grande. En el centro una chica haciendo el "striptease" clásico en un escenario, y abajo un montón de chicas en paños menores y con ligueros y prendas similares de colores sugerentes. Tu elegías una Y se ponía enfrente de ti. Estaba permitido todo menos tocar y hacer fotos. Si lo hacías te echaban.

      La chica tenía la habilidad de casi rozarte con sus más intimas partes mientras se quitaba la poca ropa que tenía encima. Nunca vi algo igual, casi te rozaba con los pelillos del felpudo. Terminado el tiempo te pedía otros 5 $ si querías que siguiese. Si no elegías otra.

      Yo me deleité con unas cuantas rubias muy rubias. Eran todas jóvenes y guapas. Creo que trabajarían de oficinistas y luego se sacaban un sobresueldo así. Por supuesto todo turistas.

      Al cabo de 5 o 6 presentaciones ya me cansé y nos fuimos. Me quedó el arte de aquellas chicas de casi rozarte con sus más íntimas partes y de como enseñaban lo más recóndito de su anatomía hasta cosas totalmente insospechadas. Una lección práctica de anatomía femenina y aparato reproductor. Todo un arte desde luego (esto fue en los 90)

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    2. 1 sesión x unas cuantas rubias x 5 o 6 presentaciones = X (nivel de cansancio) ??

      ¿Recóndito? = ¿Agujero negro? ¿Agujeros de gusano? = Cosmología "especial"

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    3. Hay Kurt. Si todos los días comes jamón de Jabugo te acabas cansando. Esto es igual, sol que pasa más rápido y al final resulta aburrido, pues ya nada nuevo te pueden enseñar las pobre chavalitas. Hay que pensar que se ganan honradamente la vida, pues no había ni prostitución ni nada parecido. Campeones de aguante los Japoneses como siempre. Debían de estar horas absortos en el local.

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    4. Mi primer striptease fue algo más temprano, en los primeros días de abril de 1965, poco antes de cumplir los 18. En Sevilla. Lo recuerdo bien porque fue un día de muchas otras primeras cosas: mi primer viaje de trabajo, mi primer avión, mi primer hotel (bastante bueno, supe después; yo no tenía criterio para juzgar) y la primera cena en un restaurante de pretendidas campanillas. Me llevó allí el jefe de ventas de NCR-Andalucía, pienso que satisfecho por el trabajo que había hecho en las pocas horas que llevaba en Su Delegación. Se llamaba 'El Olivar', o algo así; estaba en una especie de descampado, en una zona que luego supe se llamaba 'La Cartuja' y que años después sería Expo 92. Yo no sabía nada de restaurantes (jamás los había pisado; tascas, sí, y también tabernas, y cafeterías, pero restaurantes, ni uno), de modo que no me extrañó que fuese al aire libre (bajo una pérgola), que en el centro hubiera un a modo de pista de baile y escenario, y que en la barra, que era muy larga, se acodaran unas cuantas señoritas muy vistosas (mi inocencia era total). Recuerdo, porque las primeras veces de cualquier cosa tienden a imprimir carácter, que nada más aparecer el mâitre mi acompañante le preguntó '¿Qué tal está hoy la cosa?', a lo que contestó el otro 'Pos mú bien, Don Enrique. Zin moroh en la cozta'. Así comenzamos a cenar, nosotros y los parroquianos de unas cuantas mesas más. Alegraban la ocasión una especie de cuerpo de baile, dos o tres gitanas de aspecto nutritivo y un gitarrista de aire patibulario. Yo intentaba fijar los detalles como se fijan las chinches a los colchones, para poderlo contar a los amigoides cuando volviese a Madrid. A los postres (supongo que la mariscada no estuvo mal; tampoco tenía criterio) el jefazo me hizo una seña, como recomendando pusiese atención a lo que sucedía en el escenario. Los brochazos que aún recuerdo señalan que una de las bailaoras, la más joven y opulenta, comenzó a quitarse cosas (bata de cola, enaguas, peineta, zapatos, medias, ligas y refajo) hasta quedar en un par de prendas que supongo serían unas bragas y un sostén, también de lunares y a juego con la bata de cola. No pensaba yo que fuese a pasar de ahí, pues creía que los límites de la indecencia eran infranqueables, pero no, de modo que al poco me vi -a muy corta distancia- frente a dos mugróns grosses y vermellos, un culet molt maço i respingó, y -calderón en ré de la guitarra, hasta entonces alegrando la ocasión con los más tristes 'Recuerdos de la Alhambra'- una xkapela de aizkolari. Aplausos -los míos entusiastas y sinceros-, reverencias emocionadas y mutis por el foro. Llegaba el turno de las emociones fuertes -las señoritas de la barra se desacodaban de la barra-, pero el jefe de ventas, tras medirme con ojos muy expertos, debió pensar que para mí serían demasiadas emociones, de modo que pidió la cuenta y al poco estábamos camino de mi hotel en su Seat 1400B, donde me abandonó a mi suerte y a mis pensamientos inevitablemente impuros.

      No tardé mucho en saber que determinados espectáculos, si bien prohibidísimos para el humano común, para los 'al corriente' de por dónde soplaba el aire de Zevilla no estaban tan prohibidos, o no todos los días. Bastaba con ser de la cuerda de quien convenía serlo. De ahí al corolario inevitable sólo había un paso:

      El pecado sólo es pecado para el pobre gilipollas que no tiene dinero. Si se tiene, nada es pecado.

      Fue una de las primeras y más valiosas enseñanzas de mi vida multinacional.

      Alfonso el Cándido

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    5. El restaurante era "La Raza" en el Parque de Maria Luisa?. Tenía fama de que se hacían allí, ese tipo de orgías, solo para unos pocos mortales....

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  5. Me voy de vacaciones pero leído el striptease disfrutado por Manolo y los otros relatados no puedo resistir la tentación de contar mis primeras experiencias con ese tipo de farándula.
    El que recuerdo como primero debió ser en Amsterdam ( de ahí me debe venir mi gusto por esa ciudad a la que vuelvo cada vez que puedo), bueno a lo que iba, en un viaje de “Paso del Ecuador”, ¿Os acordáis de esos eventos?. En mi caso en Obras Públicas, en el año 70 se negociaba con alguna empresa del ramo, Caterpillar fue nuestro mecenas, se negociaba, se le hacía propaganda, llevaban una máquina a la puerta de la Escuela y daban un dinero, que junto con los cines, los bailes y nuestras casa particulares o trabajillos componían la pasta para montarse un “viaje de estudios”.
    El nuestro fue a Paris, Amsterdam y Londres, obviamente a ver obras estructurales o esculturales, no me acuerdo. El caso es que el que mas y el que menos iba con sus ideas fijas:
    Paris: El Barrio Latino y Saint Denis
    Amsterdam: El Red District
    Londres: El Soho
    En París no entramos en nada “verde” porque valía una pasta, tratamos de ligar en el Barrio Latino con tan mala fortuna de que por revueltas estudiantiles estaba acordonado por los antidisturbios y hasta nos sacaron a leches de un antrillo en el que tomábamos una copa.
    En Amsterdam si hubo striptease pero nada especial, en un local muy pequeño, cutre y que también ofrecía cabinas individuales, mucho mirar, poco tocar. Mucho “Manolo” por aquí, “Pepe” por allá. Se nos veía a la legua que éramos guiris.
    En London, nada nuevo, también nos saco la poli del local donde estábamos porque alguíen empezó una pelea y volaban las sillas, igual que en las “pelis” del Kurt Wayne.
    Ahora viene el auténtico, el memorable. En el año 74, ya casado y fiel a mi mujera.
    Vivíamos en Vinaroz (Castellón) donde a la sazón estaba llevando la supervisión de las obras de una fábrica de cemento en Alcanar, con mis amigos alemanes de la KHD.
    En aquella época, épocas pasadas, los contratistas eran como se debe ser y agasajaban a las direcciones de obra de forma corporativa y en equipo y se disfrutaban fiestas y guateques, y así fue.
    Se vendió el hierro, ferralla y estructura, sobrante en la obra y a los chicos se les ocurrió preparar una “Fiesta Romana”, el jefe de obra de la contrata era un cordobés, clásico, culto, leído y mas cachondo que la música de los caballitos.
    Cerro un “albergue de carretera” de la zona, alquiló un chalé cercano a la obra y traslado allí a las posaderas.
    Por otro lado se encargaron las viandas a base de langostinos de Alcanar, angulas del delta del Ebro, conejo (del de monte) a la brasa y cosas así. Y buen vino del Priorato.
    Las posaderas prepararon las viandas en mesa corrida y se dedicaron con todo gusto a darnos de comer al natural, es decir como vinieron al mundo, con los bigotitos de los langostinos haciéndonos cosquillas, el conejito partido y las angulitas sueltas y rizadas.
    Alguno, yo no que era muy serio y recién casado, acabaron vestidos de Nerón con una sábana por traje y corriendo detrás de la posadera correspondiente moste arriba. No recuerdo como acabó, yo como era serio y recién casado me fui a casa antes. Pero lo disfruté.
    ¿Había música?, pues no lo recuerdo. A lo mejor era la de “Valencia es la yierra……”

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    1. Este de Ángel si que me habría gustado vivirlo. Y a Fellini filmarlo.

      Alfonso

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  6. Hay Angel, todo eso ya es pasado. Recuerdo que el Director General de la Empresa en la que yo era Director de Informática y nuevas tecnologías, cuando conseguí el contrato de las Comunicaciones de la Armada (que dio dinero a mogollón a la empresa durante 20 años), cerró un top-less en la calle de Velazquez, y allí fuimos con los clientes (marinos), a celebrarlo. El que quería cogía a la nena que más le gustase y se iba a un reservado. Eso eran tiempos no los de austeridad de ahora...

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